Hace un par de meses, durante una agradable noche del verano Lisboeta, Antonio Sarabia me propuso responderle a la cuestión: “si te vieras obligada a renunciar ya sea a leer o a escribir ¿qué decidirías?” Después de responder en un sentido y otro, y de quedarme ante la encrucijada de no querer renunciar a nada, le dije que en mi vida ambas actividades son inseparables e imprescindibles aunque, siendo absolutamente sincera, tiendo a inclinarme hacia la lectura.
Hoy, 10 de noviembre, tengo en mis manos la edición española de la última novela de Antonio Sarabia, “Troya al Atardecer”. También tengo una nueva respuesta para su autor: “me quedo con la lectura, y con el enorme privilegio de la trascripción. Como “Pierre Menard, autor del Quijote”, el personaje de Borges, redescubro que escribir es la forma más apasionada de leer.” Esta es una verdad que había olvidado aquella noche cuando el mismo Antonio me hizo la pregunta. Pero hoy, al preparar el blog me he dado cuenta de que el placer que me produce la trascripción de la prosa de Antonio Sarabia, y de otros textos de autores a los que admiro, me sería suficiente, junto con la lectura, para vivir una vida feliz.
“Troya al atardecer” se ha convertido, sin que me lo esperara, en uno de mis libros favoritos. Está escrito con maestría y rigor, en cada frase respira la poesía, el argumento que el autor inserta en la historia de Homero es apasionante. Todo el que haya leído “La Iliada” tendrá la sensación de que Antonio ha rellenado los silencios de Homero. Silencios, que además, no sabíamos que existían. Al lado de la mezquindad y el orgullo de Menelao, Ulises, Paris y los otros personajes homéricos, surgen de la tropa los verdaderos héroes, los hombres que han de decidir de forma misteriosa el futuro de Troya. El final de la novela me conmovió hasta las lágrimas, algo que hacía muchos años no me pasaba. Para todos ustedes un fragmento del capítulo 6 y la invitación a que disfruten de toda la felicidad que ofrece el libro entero.

Lo que ya nunca se mencionaba entre los seguidores de Menelao, rey de Esparta, era que Timalco tenía, o una vez tuvo, como preferían verlo algunos, un hermano gemelo llamado Lisandro. Tan parecido a él que a sus mismos padres les costaba trabajo discernir a uno del otro. Al nacer habían sido presentados lado a lado, dos criaturas idénticas, ante el consejo de ancianos. Al ser aprobados por ellos (a los deformes o débiles se les lanzaba a un precipicio desde lo alto del monte Taigeto), su padre inmoló una cabra rogando a la diosa Atenea, portadora también de la égida, que los tomara bajo su protección, y su madre se apresuró a bañarlos en vino para templarles el cuerpo. Desde muy niños se les hizo dormir en diferentes lugares del bosque para quitarles el miedo a la soledad y a la noche. Nadie supo jamás que eran capaces de presentirse y encontrarse en lo oscuro para así vencer juntos los infantiles terrores a los que se intentaba se sobrepusieran solos. Poco antes de la salida del sol tornaban a donde se les había dejado a esperar que su padre viniera a recogerlos. Éste nunca se dio cuenta del engaño. Así crecieron los dos, inseparables, adivinándose el uno al otro y continuando tan indistinguibles como dos gotas de agua. Habían nacido en día cuarto, como Heracles, pregonaba orgulloso su padre, y por lo tanto estaban destinados a servir a los demás y a consumar grandes hazañas. Su entrenamiento militar comenzó, como el de todos los niños de la región, desde los cinco años de edad. A los siete se les confió al pedónomo, el encargado de inculcarles las rígidas normas de la disciplina espartana a golpes de látigo. A los once, abandonaron una misma mañana el hogar paterno para integrarse al cuartel donde se les moldearía como hombres. Ahí les obligaron a cambiar el cómodo camastro de la morada familiar por dos lechos que se hicieron ellos mismos con carrizos arrancados al río Eurotas. Ahí les acostumbraron a andar descalzos para encallecer los pies, y desnudos para curtir sus cuerpos contra las inclemencias del tiempo. Los músculos se les endurecieron con el continuo ejercicio y la práctica del pugilato y la lucha. Se habituaron a la frugalidad y al ayuno. Desarrollaron la astucia necesaria para robar cuando el hambre apretaba, cosa que se les permitía sin reservas, aunque eran castigados con ferocidad si se les atrapaba o se les descubría culpables. Aprendieron a leer y a escribir a través de cantos y poemas que enaltecían la intrepidez y el valor de su pueblo. Se les enseñó a servirse de las armas, a ocultarse, a tender emboscadas, a curar a los compañeros heridos. A danzar también, con los arreos de guerra puestos, para acostumbrarse al tamaño y al peso. Timalco se hizo experto en los ardides de la caza, tan parecidos a los de la guerra, mientras Lisandro excedía en los juegos y concursos de atletismo en los que conquistaba a menudo el laurel de vencedor. Con la salvedad de que no era lo mismo luchar en el gimnasio que enfrentarse a la carga de un jabalí enloquecido, matar a un lobo hambriento, o eludir a una leona que cree amenazados sus cachorros. Ahí, de eso estaba convencido Timalco, entre los altos arbustos, en el bosque, en las hondas cavernas, se cultiva mejor la rapidez de pensamiento, la sangre fría y la presencia de ánimo que luego se volverán indispensables en el fragor de la batalla. Sin embargo, independientemente de sus respectivas aficiones, ambos hicieron méritos en las continuas escaramuzas entabladas contra los estados vecinos y ascendieron a un tiempo en la jerarquía militar. Su entrega y fidelidad les ganaron, además, la confianza de sus jefes. Al rey Tindareo le recordaban a los dioscuros, como el pueblo había dado en llamar a sus dos hijos mellizos, Cástor y Pólux, muertos poco antes por unos primos hermanos en una riña intrascendente. El monarca los afectó a la guardia del palacio y, muy particularmente, al séquito de su hija, Helena.

 

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Un comentario en “Troya al Atardecer y Antonio Sarabia”
  1. Anonymous (8 comments) dijo:

    Hola Lauren, soy Santiago Gamboa. Dale un fuerte abrazo a Antonio por su novela, que espero leer pronto. Enhorabuena y éxitos.

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