Poemas

Del libro Del tiempo, un paso (Denes, España, 2011) Premio César Simón de la Universidad de Valencia 2011

Reloj sin manecillas

 

Tengo el boleto para un viaje que promete el Jardín como destino,

la costumbre de rondar sobre cenizas para no olvidar el fuego

y la voz de mi madre que me arropó con rumor de palmas en la tarde.

Tengo también el compromiso de estar viva, de preservar lo intocable

para que el mundo siga siendo aquello que no soy.

Pero vivir en redondo como aguja de reloj termina por cansar.

Cuánta ironía: tener que envejecer para al fin recobrar la infancia,

tener que morir para que ya nadie pueda robármela.

 

 

Deseo de nada

 

Todavía es temprano.

Mil noches han caído sobre la tierra,

y otras mil cayeron antes,

pero aún no es tarde.

El viento arropa con tanta fuerza la casa

que se diría una madre enloquecida de amor.

Pero el viento no puede amar.

Tengo miedo.

El mar no está lejos de aquí,

y yo soy esa misma arena sobre la que caen

furiosas, incontenibles y enajenadas las olas.

Más allá, en el centro mismo de la tormenta,

mi ojo busca las razones de tanta rabia.

Tengo ganas de azotar a la noche

hasta verla sangrar.

Deseo hasta el infinito

poseer algo que jamás se entregue.

 

 

El jardín como destino

 

En los umbrales del jardín te espera la más hermosa nada.

No encontrarás al gran ángel negro de alas encendidas

ni saldrá a recibirte el viejo barbón que custodia la casa.

Ahí has de encontrarte con el gran desconocido que fuiste,

con aquel obscuro murmullo que aterrorizó tu niñez,

el mismo canto de sordos que cargaste la vida entera.

No encontrarás girasoles que se inclinen a occidente,

ni azaleas encarnadas que escapen al alba.

Atrás habrán quedado los árboles del Paraíso

con sus ramas desfloradas

erguidas al cielo con orgullosa inocencia

y conocerás la vergüenza de haberte avergonzado un día de tu desnudez.

Si alguna vez llegas a los confines del jardín,

ahí donde todo lo ha quemado el cielo,

donde la materia cumple su único destino,

sabrás que tu vida ha sido como un poema atravesado de tormentos

pero insensible a sus propias palabras.

Y te preguntarás cómo has podido no entender

que tu anhelo de vivir eternamente,

tu miedo animal a la soledad,

no tenía el poder de construir otros mundos.

El jardín es uno solo y a él vas y vuelves sin percatarte.

Y como el alma no siente, sólo sabe,

te sorprenderás al saber que la nada posee tu propio rostro.

 

 

El Regreso

 

Mi madre a los treinta

era una joven de ojos grandes,

agobiados,

cargados de urgencias que yo no comprendía.

Entonces nada me asustaba tanto

como la posible tiniebla de su abandono.

Por eso iba tras ella a todos lados

como un bicho perseguía su luz.

El pueblo,

su campanario y las solteronas arcaicas,

danzarinas de las hogueras de San Juan,

nos parecían tan tristes

que ansiábamos irnos a otra parte.

Claro que todo estaba dispuesto

para obligarnos a permanecer allí.

Por eso mamá

leía para mí historias de otros mundos,

de ciudades lejanas pobladas de héroes y villanos

o de animales que hablaban en nombre de la virtud y el vicio.

Pero cuando llegaba la hora de la cena

ella volvía resignada a la cocina para preparar la mesa,

dejándome casi siempre con el libro en las manos.

Cómo podía saber ella,

pobrecita mamá,

que regresar de aquellos mundos

a mí me llevaría una vida.

 

 

El Danubio

a mi padre y su Danubio, la finca de mis abuelos

 

Lo que pacientes elaboraron los años

no tiene título ahora,

sólo un olor y un sonido lo distingue

del tumulto de lo real y lo notable.

El Danubio que yo conozco

no lo frecuenta el mundo;

es el escenario de los últimos vasos de leche

que tomé gustosa de las ubres;

la cama junto a la cama de mis abuelos paternos,

que anhelaron encaminar su hacienda, y así fue,

tuvieron once hijos

y sembraron tres de ellos en sus jardines.

En El Danubio pude ver el universo,

y me atemorizó la imagen del infinito;

aquella aparición del vacío

que amenazaba con tragarse el mundo.

Todo lo que yo conocí en mis primeros años,

fiel a lo anunciado por mis visiones, desapareció.

Ahora, cumplido el presagio, perdida la niñez,

los amigos tempranos, la casa en que nací,

perdida la calle Felicidad para habitarla,

me siguen quedando El Danubio y su jazmín,

el naranjal, unos corrales,

y un paisaje que se pierde

en el temor de perderse otra vez,

otra vez en lo definitivo.

 

 

Querido Oscar, he aquí el verdadero enamorado

 

Es el verano.

El ruiseñor gimotea en la tarde y su vuelo milagroso

atraviesa la luz como una espina.

Sí, es verano y pronto no habrá canto,

ni tiempo, ni recuerdo, ni gemido.

A lo lejos las acacias bailarán con lentitud la música que el río les ofrece,

y la tarde terminará por tragarse la luz. Abajo,

junto a la ventana de mi cocina, el ruiseñor,

él único que conoce mi nombre desde siempre,

ese pájaro centenario e imposible que endulzó las noches de mi niñez,

ofrecerá su corazón para que yo pueda ver la rosa.

Ingenuo pájaro que escuchó los delirios de mi fiebre

en balde clavará su corazón en el rosal.

Sí, amo esta hora pasajera

y el rosal ensangrentado, pero florecido.

Sí, amo esta estación del tiempo que no pasa,

y el ruiseñor sacrificado en vano.

Inocente ruiseñor junto a la ventana de mi cocina.

¿Para qué sirve el amor?, le pregunto.

Mañana habrá una rosa, me dice,

en el jarrón vacío de hoy.

 

 

Encallar en el Egeo

 

Vi mi rostro reflejado en las aguas del Egeo.

Cada rasgo con su trazo único, apenas mío,

la imagen de una exactitud inquietante.

Esos eran por fin mis ojos. Mi boca. Mi nariz.

Mis pómulos. La inclinación exacta de mi barbilla.

Así estuve atenta días y noches

deseosa de que el reflejo intentara hablarme.

Desde entonces no importa a dónde vaya

en ese mar me quedé yo, temblando entre rocas y olas:

muda, idéntica a la felicidad que nunca tuve.

 

 

Sin entender nada

 

La tarde se agotaba en Rodas,

abril, como toda promesa cumplida, perdía interés

y yo vi correr tus lágrimas hasta el mar.

Sin entender nada

ni tu melancolía ni la migración de las aves

ni el silbido de los barcos ni el rostro envejecido de los capitanes,

cerré los ojos.

Al volver a abrirlos, no sé si yo era distinta

o si el puerto había cambiado

pero los barco anclados embellecieron con la noche.

Tú que mirabas hacia las colinas

no viste mis lágrimas encendiendo las primeras lámparas.

 

 


Del libro La Vocación Suspendida (Point de Lunettes, España, 2008) Premio Martín García Ramos 2007

 

Así pasan los años


Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.

 

La torre de marfil


El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.

 

A la doble que soy


Hay fotografías en las que no me reconozco.
Mi yo cobarde al mirarlas
me obliga a pensar que existo en una sola
y no en la suma de quien soy
con esa otra que me suplanta en la imagen.
Cuesta creer que la desconocida también soy yo
esa mujer suspendida y fea
con un rostro que sin ser mío no es ajeno.
Entender el mundo bien puede ser eso:
aceptar que soy esa a quien desconozco.

 

El dominio

Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo,
desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña.
Se deslizan hacia el olvido de la mirada,
hacia el coro urdido por el silencio, o más allá.
En esta cárcel, mi condena,
la muerte está sentada al otro lado de la salida.
No me abandonará por ahora,
ella seguirá presa en mí, mientras afuera llueve
y el recordado azul del cielo se vuelve agua en los cristales.

 

 

La voz íntima


No sé a dónde dirigirme, ni a dónde encaminar mi desconcierto,
para encontrar respuesta a mi afán de existir.
Ensayo la ficción del advenimiento de la renuncia
y finjo escucharme a mí misma en lo que veo.
Tanto tiempo malgastado en pensar:
cuando la voz se apropia de la mente, es otra quien habla.

 

Cada día en otro tiempo
A Juana Rosa Pita

He venido a la tormenta,
al ruido espantoso de la estación del tren.
Aquí donde vivo nunca llegará el invierno
con sus hábitos curiosos,
ni tendré necesidad de poseer un hogar.
A veces salgo al muelle
y miro cómo rompe el alba sobre las olas,
cómo se funden color sobre color.
Demasiado pronto
el día abjura de su rumorosa vocación
y enmudece para hacerme hablar.
Desprecio el alarde festivo de la noche
y las ramas del roble
agitadas contra la tormenta.
Nada me obliga a la exclusión:
he vencido mi destierro.
La errancia y la proximidad
Para José Luís Rojas

El vuelo de las gallinas no es muy distinto
al vuelo de las horas;
a pesar de los intentos fallidos
nunca aceptan su limitada naturaleza.
La hora es la medida indistinta del día humano,
la gallina cobarde de la inmortalidad divina.
Lo más lejano ocurre con la gracia de lo imposible,
mientras el presente se deshace, fluye.
El tiempo no se mide, se interpreta:
así lo enseña la música.

 

Árbol sobre el mundo


Con el alma que me acompaña en el sendero
por sí sola más látigo que abrigo,
bajo el árbol huyo del sol.

Del tamaño real de lo que imita,
la sombra del árbol es una dádiva del cielo
para no tumbarme a llorar sobre la tierra desnuda.

 

Bogotá, después de una visita a Helena Iriarte


No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y su copia en el espejo
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada
hacia el vagón del metro o el autobús
porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.

 

El hogar, mis lágrimas


En el epílogo de mi historia
deseo volver al hogar,
a ese lugar poblado de mundos
donde los viajes son hacia adentro.
Oigo el sonido de las sombras
que sin alma me golpean
ofreciéndome consuelo en lo que ya se ha ido.
Injusto es mi deseo de vivir
pero de nada me sirve saberlo;
persisto y estoy sola
como una imagen huida del recuerdo.

 

El espejo que huye


En la orilla de las aguas inmemoriales,
junto al abandono de la contemplación,
mi tristeza se desliza hasta tocar lo puro,
lo inmaculado de esas aguas rebeldes
donde el reflejo de mi rostro me observa.
Estoy sola, contemplada por mí misma,
juzgada y condenada a existir ahora,
más triste que nunca en la certeza
de que me he negado el perdón.

 

Ignorada por lo que sé


La muerte me despoja del cuerpo.
En vida, L y su cuerpo son sinónimos;
en muerte, una cosa soy yo y otra mi cuerpo.
Dirán: “Éste es el cuerpo de L”,
como si el cuerpo, que una vez fui yo misma,
y no algo que me representaba o me per¬tenecía,
de repente careciera de importancia.
Cuando esto ocurra, ¿qué podré ofrecer?
la memoria de mi propia carne y con ella
la evocación de un alma arrastrándose a la nada.

 

Tan sólo a lo lejos


El día se niega a la renuncia, demasiado débil para aceptar morir.
¿Cuánto comprenderé antes de verlo fracasar en el calendario?
Tendría que preguntarle al mundo por mí misma, a este día
que aceptará responder por la naturaleza de mi tiempo;
pero no lo haré, le temo al puro aliento de la mortalidad.
Mañana es octubre y aunque insista
pasará tan sólo a lo lejos como yo misma pasaré por el mundo
decidida a no renunciar, todavía.
A través de las grietas de una realidad que ya no es probable,
habla un mundo en su voluntad sibilino;
lo escucho al tiempo que mi cuerpo se turba
con la inesperada presencia de la música.

 

Autoabandono


Apenas ayer tenía cuarenta y nueve años.
Hoy, primera mañana de abril de 1977,
Busqué mi rostro en el espejo,
mi rostro aún más roto
en el espejo roto del baño.
Cuerpo mío inasequible
¡¿por qué sigues terco reflejándote?!
Soy culpable de vivir.
Puedo verte derruido
y en el pasado también fresco y tembloroso,
todo tu peso sobre la liviandad del sueño.
Te vi caminar por entre las dentaduras cariadas
del puerto en la niñez,
correr sobre piernas esparcidas
como por entre robles,
cobijarte en las manos sudorosas de ciudades trajinadas
y dar el pecho a infantes que en vano
buscaban líquidos distintos de la piedad.
Te vi, cuerpo,
descansar el rostro sobre la tumba modesta
que ahora evoca tu propio rostro.
Soy casi un escombro,
una mancha indistinguible
en los espejos de asilos y supermercados.
Sé que estoy viva porque siento dolor;
el cuerpo es una prolongación
absurda y obligada de la mente.

 

Como ayer fue siempre


Separados, pero iguales,
los días avanzan hacía la terca evidencia del calendario,
hacia la diaria justificación de sus nombres.
Como ayer fue siempre;
la luna que venía de más allá,
la oscura evidencia de tu pelo,
tu voz donde el viento,
tu voz don del viento,
la arena contra tu rostro,
el frágil signo de la palabra
que soplaras hace tanto tiempo en mis labios.
Hoy vuelves a mi suerte,
vuelves a donde nunca estoy.

 

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