Una disculpa a Susan Sontag

El viernes de la semana pasada mientras celebrábamos en Lisboa el matrimonio de un querido amigo, una señora, deconozco su nombre, interrumpió la cena para preguntar a quienes estábamos en la mesa (un cineasta, dos novelistas, un editor, una pintora, dos poetas y varios periodistas) cómo se llamaba la escritora que vivió muchos años con la fotógrafa Annie Leibovitz. susanSontag-2.jpg picture by LaurenblogYo sé cómo se llama, le dije, es la autora del libro Sobre Fotografía y su novela En América es uno de mis libros favoritos. Entonces comenzaron los murmullos en la mesa, todos sabíamos por quién preguntaba, pero nadie recordaba el nombre. Es la autora de Cuestión de Énfasis, tiene una novela muy famosa, El Amante del Volcán. Sí, sí, sí, todos sabíamos de quién se hablaba, pero no podíamos recordar su nombre. La del mechón de pelo blanco, aportó alguien más. Antonio Sarabia dijo que nuestro amigo Daniel Mordsinski había sido el único fotógrafo presente durante su entierro en Paris. ¿Qué hora es? preguntó Antonio, más de las 11, imposible llamar a Daniel a esa hora. Todos seguíamos intentando recordar su nombre. Entre más tiempo pasaba, peor me sentía conmigo misma: es una de mis autoras favoritas, incluso tengo un libro dedicado por ella para mí. Eso sucede, me dijo Antonio. Y, de repente, alguien lo verbaliza: se llama Susan Sontag. Claro que es Susan Sontag (todos parecemos aliviados), y yo me pregunto cómo fue posible que lo olvidara ¿me estaré haciendo vieja? No, todavía no. No tengo excusa. Nada me queda más que pedirle una disculpa pública, donde quiera que ella esté espero que la acepte. 

La de Susan Sontag (Nueva York, 16 de enero de 1933 – Nueva York, 28 de diciembre de 2004) es una de la plumas más lúcidas de la lengua inglesa. Sus ensayos tocan una gran variedad de temas, pintura, fotografía, literatura y actualidad. El prólogo que reproduzco más abajo, acompaña la publicación en Inglés, en 1994, de Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo. Es una lectura sagaz y penetrante que invita a conocer una de las obras cumbres de la lengua española. Si ya la leyeron les encantará recordarla, si no la han leído, por favor, no lo dejen para mañana, se están perdiendo un libro maravilloso. No les cuento más, que sea la misma Sontag la que hable.

PEDRO PÁRAMO 



”Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”. Con las oraciones iniciales de Pedro Páramo de Juan Rulfo, al igual que con el comienzo de Michael Kohlhaas, la novela corta de Kleist, y de La marcha depedro.jpg picture by Laurenblog Radetzky, la novela de Joseph Roth, nos sabemos en manos de un narrador magistral.

Estas frases cautivadoras, que por su concisión y franqueza atraen al lector hacia el libro, tienen una suerte de bruñido, de algo ya dicho, como el comienzo de un cuento de hadas.

Pero la diáfana apertura del libro es apenas la primera jugada. En efecto, Pedro Páramo es una narración mucho más compleja de lo que hace suponer su inicio. La premisa de la novela -una madre muerta que lanza a su hijo al mundo, la busca de un hijo en pos de su padre- se convierte en una estancia coral en los infiernos. La narración se ubica en dos mundos: la Comala del presente, hacia la que viaja Juan Preciado (el “yo” de las primeras oraciones), y la Comala del pasado, el pueblo de los recuerdos de su madre y de la juventud de Pedro Páramo.

La narración alterna la primera y la tercera personas, el presente y el pasado. (Las grandes narraciones no sólo están contadas en pretérito, sino que versan sobre el pretérito). La Comala del pasado es un pueblo de gente viva. La Comala del presente está habitada por los muertos, y los encuentros de Juan Preciado cuando llega a Comala son con ánimas. Páramo es la llanura árida, la tierra yerma. No sólo el padre al que busca está muerto, sino todas las demás personas del pueblo. Como están muertos, no tienen nada que expresar sino su esencia.



“Hay muchos silencios en mi vida -dijo Rulfo alguna vez-. Y también en lo que escribo. ”

Rulfo ha recordado que albergó Pedro Páramo en su interior muchos años antes de que supiera cómo escribirla. Más bien redactaba cientos de páginas que después desechaba: alguna vez calificó su novela como un ejercicio de eliminación. “La práctica de escribir los cuentos me dio disciplina -señaló-, y me hizo darme cuenta de que era necesario desaparecer y dejar que mis personajes fueran libres de hablar como quisieran, lo que causó, al parecer, una falta de estructura. Sí hay estructura en Pedro Páramo, pero es una estructura hecha de silencios, de hilos sueltos, de escenas cortadas, en la que todo ocurre en un tiempo simultáneo que es un no tiempo”.



Pedro Páramo es un libro legendario de un escritor que, en vida, también se convirtió en leyenda. Rulfo nació en 1917, en un pueblo del estado de Jalisco; llegó a la Ciudad de México cuando tenía quince años, estudió Derecho en la universidad y comenzó a escribir, aunque no a publicar, a finales de los años treinta. Sus primeros relatos aparecieron en revistas en los años cuarenta, y en 1953 vio la luz una colección de cuentos. Se tituló El llano en llamas. Dos años después apareció Pedro Páramo. Los dos libros establecieron la originalidad y autoridad de una voz sin precedente en la literatura mexicana. Callado (o taciturno), cortés, quisquilloso, docto y sin pretensión alguna, Rulfo fue una suerte de hombre invisible que se ganaba la vida con medios completamente ajenos a la literatura (durante años fue vendedor de neumáticos), que se casó y tuvo hijos y que pasó casi todas las noches de su vida leyendo (“viajó en los libros”) y escuchando música. También fue enormemente célebre y venerado por sus colegas. Es raro que un escritor publique sus primeros libros cuando ya media los cuarenta años, y más raro aún que esos primeros libros sean reconocidos de inmediato como obras maestras. Y es más raro todavía que tal escritor nunca publique otro.

Una novela titulada La cordillera fue anunciada por el editor de Rulfo durante muchos años, desde principios de los sesenta, pero el autor la dio por destruida pocos años antes de su muerte en 1986.

Todos le preguntaban a Rulfo por qué no publicaba otro libro, como si la meta de la vida de un escritor fuera seguir escribiendo y publicando. En realidad, la meta de la vida de todo escritor es producir un gran libro -es decir, una obra perdurable-, y es lo que hizo Rulfo. No merece la pena leer un libro una vez si no merece la pena leerlo muchas veces. García Márquez ha señalado que después de descubrir Pedro Páramo (que con La metamorfosis de Kafka fue la lectura más influyente de sus primeros años como escritor) podía recitar extensos pasajes de memoria, y que a la postre llegó a recordarlo enteramente: tanto lo admiraba y quería saturarse de él.



La novela de Rulfo no es sólo una de las obras maestras de la literatura universal en el siglo XX, sino uno de los libros más influyentes del siglo; en efecto, sería difícil exagerar su influencia en la literatura en castellano durante los últimos cuarenta años. Pedro Páramo es un clásico en el sentido más cabal del término. En retrospectiva, parece un libro que tenía que haber sido escrito. Ha influido profundamente en la producción de la literatura y continúa resonando en otros libros. La nueva traducción de Margaret Sayers Peden, la cual cumple la promesa que le hice a Rulfo cuando nos conocimos en Buenos Aires poco antes de su muerte: que Pedro Páramo se publicaría en una versión en inglés precisa y sin cortes, es un importante acontecimiento literario. (1994)

Tomado del libro Cuestión de Énfasis uno de los últimos trabajos de Susan Sontag, publicado en español por el sello Alfaguara. Se trata de una recopilación de ensayos sobre cuestiones literarias y artísticas que marcaron la centuria pasada. La foto de Susan Sontag es de Annie Leibovitz y la imagen de la portada de la edición a la que se refiere el texto.

Emily Dickinson, poeta universal

La biografía de Emily Dickinson (Amhers, Nueva Inglaterra, 1830-1886) está llena de rarezas y silencios. Sobre ella escribió Jorge Luis Borges: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amhers buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía.” En esos años de encierro voluntario, elección que tomó muy joven, Emily construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal. Fue inteligente, rebelde y culta, así nos la enseña su escritura

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LA BÓVEDA DEL JUICIO FINAL

Tengo la impresión de que, a pesar de vivir en una sociedad que suele ser ingrata, cada vez somos más conscientes de la importancia de tomar posiciones positivas para con nuestro medio ambiente. Es como si por fin nos estuviéramos dando cuenta de que el planeta Tierra es nuestra casa, y de que estamos muy cerca de quedarnos literalmente sin techo. El cambio climático es un tema de conversación común y ha venido reemplazando a pasos agigantados a la típica plática sobre política que solían entablar los desconocidos en los lugares públicos. Ya no tiene uno que llegar a viejo para decir “el mundo ha cambiado, todo está cada vez peor”. Incluso los jóvenes nos percatamos de que las cosas yo no son como solían ser.

En mi pueblo, Fundación (Colombia), hace tanto calor que se le conoce popularmente como “la sucursal del infierno”, pero hasta hace apenas algunos años, después de media noche y hasta las seis de la mañana, bajaba tanto la temperatura que usábamos frazadas de lana para dormir. Este enero estuve allí y me encontré durmiendo por primera vez en mi vida desarropada, sufriendo un calor asfixiante que a ninguna hora del día ni de la noche da tregua. No hace falta ser un especialista para entender de qué se trata el calentamiento global. No hay duda, el planeta está cambiando en nuestras narices. En los lugares donde la nieve solía ser perpetua, ahora es ocasional. Unos ríos se secan y otros se desbordan. Los bosques arden solos. En muchas partes la agricultura y la ganadería salvajes han arrasado con lo que antes eran los pulmones del planeta. Grandes extensiones de tierras desarborizadas e infértiles están obligando a sus antiguos explotadores a emigrar en busca de nuevas formas de supervivencia. Porque, aunque parezca sorprendente, hay más migraciones en el mundo a causa del cambio climático que de la violencia. Vivimos amenazados por catástrofes que, como en los tiempos del Arca de Noé, podrían arrasar con la vida. Jonh Steinbeck escribió en su novela Las Uvas de la Ira:

“Carretadas, caravanas, sin hogar y hambrientos, veinte mil, cincuenta mil y doscientos mil (…). Corriendo a encontrar algún trabajo para hacer –levantar, empujar, tirar, recoger, cortar –cualquier cosa, cualquier carga con tal de comer–. Los críos tienen hambre. No tenemos dónde vivir. Como hormigas corriendo en busca de trabajo y, sobre todo, de tierra (…).
Los hombres, que han creado nuevas frutas en el mundo, son incapaces de crear un sistema gracias al cual se pueda comer. Y este fracaso cae sobre el Estado como una gran catástrofe (…). Y en los ojos de la gente hay una expresión de fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira que va creciendo. En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo y algún día llegará la vendimia.”

El párrafo de Steinbeck parece una crónica periodísticas reciente, y aunque se refiere a las grandes migraciones de los años 30 hacia California durante la época de la Gran Sequía, también puede leerse como un retrato de las relaciones del hombre con la naturaleza. No en balde el libro comienza con una sequía y termina con una inundación. Parece que hacen falta desastres naturales como los recientes huracanes, terremotos y tsunamis para convencernos de cuánto determinan nuestra suerte las fuerzas de la naturaleza. Estamos viviendo un momento histórico en el que ya no basta con tomar conciencia de los estragos que hemos cometido en el planeta, eso ya está muy hablado. Ahora se hace necesario que todos tomemos medidas para al menos frenar los perjuicios. No se trata de reparar, en eso hay consenso de parte de la comunidad científica, porque los daños en el medio ambiente son irreversibles y sus consecuencias difíciles de prever.

Las Uvas de la Ira de Steinbeck relata el éxodo de la familia Joad durante la Gran Recesión económica norteamericana. La crisis que llegó acompañada al valle del Mississippi por una sucesión de sequías y vientos violentos, terminó por anular las posibilidades agrícolas de amplias zonas, obligando a millares de familias como los Joad a abandonar sus tierras. Hay que decir además que aquel suelo, en la novela y en la realidad, tampoco era apto para sostener una agricultura mínimamente intensiva, por lo que de cierta manera el campo estaba cobrando el precio del abuso.

Los Joad se ven empujados por las fuerzas de la naturaleza a la ruina y el hambre. Por ello deben malvender sus pocos bienes y emprender una huida a través de un país inmenso con el único objetivo de sobrevivir. Huyeron de la miseria para encontrarse en el camino, y en California, con aún más miseria y desarraigo. La historia norteamericana dice que 300.000 personas vivieron en carne propia historias similares a la de los Joad. Lo triste es que casi setenta años después de la publicación de la novela, en Mississippi los cultivos de algodón sigan siendo un quebradero de cabeza tanto para los gobiernos como para los movimientos ecologistas. Es notable el énfasis que hace Steinbeck en su libro con respecto a la importancia del medio ambiente en el destino de lo humano. Por ello es considerado un precursor del interés por la ecología y uno de los fundadores ‘del espíritu verde en los Estados Unidos’. Pensemos que los primeros grupos ecologistas surgirían en ese país tres décadas después de la aparición de Las Uvas de la Ira.

Hace poco me enteré por la prensa de una noticia que me sorprendió gratamente: se ha creado en Noruega una versión moderna y vegetal del Arca de Noé. El proyecto es conocido popularmente como la Bóveda del Juicio Final y es desde ya el mayor banco de semillas del mundo (pretende albergar en unos años 4,5 millones de variedades). La Bóveda Global de Semillas, nombre oficial del proyecto, fue inaugurada el pasado febrero en una de las islas Svalbard muy cerca del Polo Norte. El moderno edificio, construido casi completamente bajo tierra en la cima de una montaña de arenisca, cuenta con tecnología suficiente para mantener a buen recaudo de cualquier cataclismo el patrimonio vegetal de la humanidad.
Pensemos que por ahora la Tierra es el único planeta completamente apto para la vida humana, animal y vegetal. Nuestra propia Bóveda del Juicio Final. Como tal debemos verla y custodiarla, porque ¿dónde más podríamos conservarnos sanos y salvos a nosotros mismos?

THE SUMMER DAY
(Mary Oliver)

Who ever made the World?
Who made the swan, and the black bear?
Who made the grasshopper?
This grasshopper, I mean
the one who is eating sugar out of my hand,
who is moving her jaws back and forth instead of up and down
who is gazing aroud with her enormous and complicated eyes.
Now she snaps her wings open, and flotas Hawai.
I dont´n know exactly what a prayer is.
I do know how to pay attention, how to fall down
into the grass, how to kneel down in the grass,
how to be idle and blessed, how to stroll through the fields,
which is what I´ve been doing all day.
Tell me, what else should I have done?
Doesn´t everthing die at last, and too soon?
Tell me, what is it you plan to do
whit your one wild and precious life?

EL DÍA DE VERANAO
(Traducción de Daniel Pupko)

¿Quién creo el mundo?
¿Quién dio forma al cisne, al oso negro?
¿Quién hizo a la cigarra?
Me refiero a esta cigarra,
la que se lanzó fuera del pasto,
la que ahora come azúcar de mi mano,
la que mueve las fauces abiertas de atrás para adelante y no de arriba a bajo,
la que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta sus brazos pálidos y lava su rostro con cuidado.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierva,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que he hecho todo el día de hoy.
Dime, ¿qué más debí haber hecho?
¿No es verdad que todo al final de muere… y tan pronto?
Dime, ¿qué planeas hacer con tu vida
preciosa, salvaje, única?

Ruth Fainlight, la graciosa ironía

De un tiempo a esta parte me encuentro con frecuencia libros de Ruth Fainlight (Nueva York, 1931). El primero lo compré en Gijón el año pasado y se titula Feathers (Plumas). Este libro, bien editado en México por El Tucán de Virginia, tiene para mí una sola debilidad: los poemas fueron traducidos por tres personas. Se nota que no hicieron un trabajo en equipo, sino que se juntaron las traducciones arbitrariamente. El resultado es una mezcla en la que aparecen tres voces que no siempre se corresponden. Lo bueno, es que la editorial publica el original junto a la traducción. Después he ido encontrando de manera misteriosa otros títulos: The Know y Sibyls and Others. Es una autora que me gusta porque suele componer sus poemas con una graciosa ironía. En su voz se siente un compromiso con la historia, y particularmente con la historia de las mujeres. Refiriéndose al poema Papel azúcar-azul Valerie Meyer escribió: “Con humor le quita al poema el estorboso fulgor de la celebridad obtenida por conocer a los célebres.” Estoy totalmente de acuerdo, pero además comparto con la autora esa huella indeleble que deja el encuentro con los personajes que admiramos: yo también estuve en la puerta de Anna Ajmátova y tampoco pude entrar.

PAPEL AZUCAR-AZUL (fragmento)

I

Tratar de describir un color
por comparación y por metáfora
es tan fútil como intentar
tararear las melodías que escucho en mi cabeza.
Sin embargo pensé que todos sabían
lo que significaba papel azúcar-azul.

Papel —azúcar— ese papel espeso, duro,
ligeramente granulado en la superficie, salpicado
de pálido azul marino, que se pega o se dobla hasta hacer
bolsas de azúcar. La siguiente imagen:
mi madre y mi tía con los dedos pegajosos
en la tienda de ultramarinos de la familia.

Después de la escuela, empujando un cucharón de metal
dentro de un peludo costal de yute
a través de la escurridiza humedad,
ellas llenarían esas bolsas, luego harían su tarea.
Ustedes entienden, no hay prueba
de que esto ocurrió en realidad.

Estaba tratando de describir una habitación
en Leningrado (en el 65
ese era aún el nombre de la ciudad), los muros pintados
del color tradicional del siglo diecinueve,
el color al que llamé papel azúcar-azul
frente a una amiga en Nueva York, años más tarde.

II

Era el estudio de los padres de mi guía,
dos educados Peterburgueses
que habían sobrevivido al sitio,
dijo su hija, con los cuerpos demacrados
y unos ojos enormes como los ojos de Ruvlev
en los íconos del Hermitage —“Así
nos veíamos todos” —, y ahora, orgullosamente,
me mostraban libros, álbumes, panfletos
que protegieron durante los años terribles.

Di la vuelta a las páginas de papel delgado o grueso,
pensé en aquellos escritores y artistas
que se fueron a los gulags o a Paris, consciente
de estar tocando reliquias sagradas.

“Aquí está el primer verso publicado de Mandelstam”, Traducía
Galya. “Estos grabados en madera son de Goncharova,
y miren: Blok, Bely, Gumilev.”
“¿El afortunado que se casó con Ajmátova?”
(Así era yo de exhibicionista) “Sí” confirmaron ellos.
“Y este es el libro con la serie de poemas
dedicados a ella por Marina Tsvetaieva”
quien los tituló La Musa, y después dijo:
“Leo como si Ajmátova
fuera la única persona en la habitación.
Leo por la ausente Ajamátova”.
Quien no los escuchó, sino que llevó el manuscrito
en su bolso por años, hasta
que se partió de los pliegues y se desbarató.

III

Tal vez yo no tenía más de doce años cuando,
en el librero de mi tía, hecho de caoba con el frente de vidrio—
cuando limpiaba el polvo de sus intrincadas patas en forma de garras,
las guirnaldas de las hojas se balanceaban envolviendo
las cadenas de torsos femeninos
que surgían de las columnas laterales
como cariátides desnudas, o
como mascarones gemelos de ojos fijos
y rostros severos de implacables Sinos
en la nave de la espera
en la que ese librero (la misma pieza está ahora
en mi departamento de Londres; ese objeto singular,
cuya apariencia y contenido, me temo,
formó mi gusto para todo) se transformó—
encontré lo que sólo puede llamarse
“un delgado tomo”, con pastas blandas,
en una escritura y lenguaje desconocidos.

No recuerdo a la tía Ana traduciendo
una sola línea de sus páginas, ni explicar
jamás cómo logró adquirirlo.
Sin embargo me dijo algunas cosas sobre la mujer
que lo escribió —la primera vez que oí
esas palabras: Anna Ajmátova—
después, me pregunté qué tan importante
pudo ser la coincidencia del nombre para ella,
mi tía, que desde los días de empacar azúcar en bolsas
se veía a sí misma como una artiste manquée.

IV

¿Eres admiradora de Ajmátova?
Era, sin duda, una pregunta capciosa.
Rostros blancos brillando sobre negro
paredes azules y estantes de libros
como bustos de mármol en una biblioteca
los tres me miraban atentos.

“Tú sabes que no hablo ruso. Pero
hay algunas traducciones…”
No podía seguir así. Me sentía ridícula.
“Ahora está enferma”, decía Galya,
“pero sigue en el mundo.
Y qué buena vecina.”

¿Vecina? Era difícil imaginarla
en una situación tan mundana.
Como la seda tensa de un paracaídas
que se colapsa hacia adentro, que se hincha
con los vientos contrarios, las barreras
del tiempo y del espacio cambiaron de forma y de significado.

“¿Oyes ese sonido?” Mi incisiva mirada siguió
a la de Galya hacia el techo. “Ella debe sentirse
mejor hoy, está caminando en su habitación”.
“¿Anna Ajmátova vive arriba?”
Mi atemorizada, incrédula voz
Crujió como el entarimado del piso.

V

Preguntas suspicaces:
como si fuera necesario oír el simple hecho
reiterado una vez más;
implorando que me ayuden de alguna manera
a conocer a la famosa poeta,
a la testigo,
al monstruo sagrado,
a la anciana, mujer moribunda
— o al menos
que me ayuden a verla—
aunque sea sobre el hombro
de alguno de ellos, que pudieran tocar
a su puerta y dejarme ver
incluso si es sólo por un instante—
únicamente entreverla — un vislumbre—
Anna Ajmátova:
mi obsesiva
exigencia sobrepasaba todo pudor.
Pero ellas con firme insistencia, repetían
cada vez que yo preguntaba, que lo que
yo quería era imposible.

IX

Lo que yo quería era imposible. Lo que
yo quería hacía incómoda el resto de mi visita.
Muy pronto Galya y yo
estábamos diciendo adiós a sus padres
—a ese bello estudio tapizado de azul—
y bajando las escaleras.
Los mismos peldaños, etc, etc.
Todos los pensamientos obvios.

Me detuve para ver hacia arriba la fachada gris
(un agraciado edificio, tal como lo recuerdo) y,
creyéndome muy lista, pregunté como si nada
“¿Cuál es tu ventana?” Medio reacia,
medio divertida, ella me dio la respuesta que yo esperaba.

Hubo un tiempo,
en los cuarentas, después de la guerra,
cuando había guardias apostados
afuera de su casa,
y Anna Ajmátova
estaba obligada a aparecer,
mañana y noche, en su ventana,
para confirmar que no se había escapado
o matado.

Aunque me mantuve de pie
por mucho tiempo al día siguiente
en la acera opuesta
y miré fijamente hacia la ventana
esperando ver, detrás
del acucharado encaje de azúcar de la cortina,
la imagen borrosa de un rostro
que pudiera ser el suyo,
nadie estaba ahí.