Hemeroteca de la sección “autores argentinos”
Cuando el año pasado supe que Rayuela, la novela de Julio Cortázar, iba a ser publicada por primera vez en Portugal, me alegré y me entristecí al mismo tiempo. ¿Cómo era posible que una obra maestra como Rayuela hubiese tardado 45 años en ser publicada aquí? Sentí pena por los lectores y escritores portugueses que no habían tenido la oportunidad de conocer a La Maga y a su bebé Rocamadour. Y es que muchos de nosotros, lectors y escritores latinoamericanos, nos enamoramos de Paris, y en Paris, siguiendo las páginas de Rayuela. Cortázar nos enseñó que la novela podía ser “otra cosa”, un cuerpo vivo, espiritual y libre. Conozco colegas que se saben capítulos de Rayuela de memoria y cuando los recitan las chicas caen como moscas a su alrededor. Yo creo que pocas mujeres podrían resistirse al hombre que le susurrara al oído el capítulo 68.
Pocos escritores latinoamericanos despiertan en el público la simpatía de Cortázar. Lo maravilloso es que sus simpatizantes también son sus lectores. Cientos de miles de cortazarianos por el mundo. Y cuando ya creíamos haberlo leído todo de nuestro maestro, aparece un libro con textos inéditos de Julio. Los editores lo han titulado Papeles Inesperados y contiene: 11 relatos; 3 historias de cronopios; una de las cuales reproduzco aquí en el blog; un capítulo del ‘Libro de Manuel’; 11 episodios protagonizados por Lucas; 4 autoentrevistas; 13 poemas; además de ensayos, prólogos y papeles inclasificables.
El libro está disponible en las librerías españolas desde el pasado 2 de mayo. A Colombia llegará el próximo día 15. ¡Qué afortunados somos los lectores hispanos! No quiero ni imaginar cuánto tardará este libro en ser traducido al portugués.
Vialidad (Historias de Cronópios y Famas)
Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto.
Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.
¿No sabe manejar, usted? ¿grita el vigilante.
El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:
¿Usted quién es?
El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.
¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?
Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.
El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse.
Julio Cortazar (1952)
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Esta semana en Los Convidados Antonio Sarabia publica una serie de minificciones entre las que incluye una de mi autoría: El Fantasma. Si desean leerla junto a otras del misno Antonio Sarabia, Julio Cortazar, Luis Fayad, Ednodio Quintero e Izakun Legarza, pueden hacerlo visitando Los Convidados aquí. Se las recomiendo.

(Imagenes diseñadas por Alejrando Gelaz y publicadas en mimificciones.com.ar)
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AMANTES
Una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío (more…)
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Alejandra Pizarnik es la poeta que más ha marcado a mi generación. Para mí encontrame con su voz poética fue fundamental. No recuerdo cómo ocurrió exactamente. Gisela Mejía me contó que hace unos años Alex Ruíz le dijo que él me había recomendado los libros de Alejandra. No dudo que sea cierto. Lo que sí recuerdo es que en la primera lectura de poemas que hice en Barranquilla alguien alzó la mano (tal vez el mismo Alex) para decir que notaba en mi poesía una gran influencia de la Pizarnik. Aquel comentario me encantó y lo agradecí emocionada. Eso fue en 1999. Por aquella época en Barranquilla los jovenes poetas compartiamos lecturas y Alejandra siempre estaba en nuestras conversaciones. Casi todos nos sabíamos algunos de sus poemas de memoria. Me acuerdo también de la antología de tapas fuscias que circulaba de mano en mano. Quedó hecho un asco aquel libro. En Autobiografía Ampliada escribí un poema para celebrar a Alejandra: (more…)
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El pasado enero, durante el Hay Festival de Cartagena, mi amigo Libardo Barros Escorcia entrevistó al novelista argentino Martín Kohan, autor galardonado con el Premio Herralde por su novela Ciencias Morales en el 2007. Esta entrevista es inédita y hoy se publica en Inventario gracias a la generosidad de Libardo.
CÓMO VIVIR NO SABIENDO CUANDO EN VERDAD SE SABE
Por: Libardo Barros Escorcia
Los dispositivos en los que se apuntalan los gobiernos despóticos para sustentar su hegemonía empiezan por el constreñimiento de las libertades sociales gracias a que cuentan de antemano con el consenso cínico de un importante grupo de ciudadanos, lo cual les deja el camino expedito para la institucionalización de un desmedido enriquecimiento de los sectores productivos. Cuando los totalitarismos (de derechas, de centro o de izquierdas) se maximizan desembocan en un deterioro o desaparición de las empresas locales lo cual empobrece a la mayoría de la población, lo que, a su vez, termina desatando una demencial violencia.
En la Argentina de Videla, en el Chile de Pinochet, como en el resto de los gobiernos latinoamericanos, imperó en su momento un despotismo de estado, reciclado en la actualidad, el cual se disfraza con sutiles eufemismos, pero sus efectos son los mismos, ya que además del despojo de sus recursos naturales, se somete a estos países a un chantaje económico diseñado por las multinacionales que exigen ventajosas condiciones como garante de la venta de sus productos. Para lograr su cometido se valen de políticos y administradores locales sostenidos a cambio de un sueldo-soborno, a lo que se agrega una serie de estrategias ideológicas (medios de comunicación, religión, educación y penetración cultural, entre otros) para hacerle ver a la población que sin las alternativas planteadas por ellos la vida no sería posible.
En consecuencia, es una falacia imaginar que un país conformado por hombres y mujeres tan dependientes pueda aspirar a ser libre. Es también, en la mayoría de las veces, mentirosa la “crítica social y política” que se ejerce de manera mercenaria en la prensa regional y un descarado artificio la tarea que llevan a cabo las llamadas instituciones de “control” del Estado.
Estos descontentos han sido expresados cientos de veces, con mayor énfasis durante los últimos treinta años por personas que jamás claudicaron ante la hegemonía de los poderes privados (camuflados en el Estado) y toda su parafernalia, pero aún se sigue viviendo como sino se supiera, como si fuera la primera vez que se oyera y, lo peor, como sino existiera la menor disposición para comprobar su certeza.
Las circunstancias que alimentan la obra de Martín Kohan se enmarcan en la historia reciente de la Argentina, común en gran medida al resto de Latinoamérica. En su amplia producción literaria y ensayística establece unos linderos bien claros al señalar que su obra literaria se ocupa de hechos sociales y políticos, pero sólo desde la resonancia que tienen en las personas, del sentido que ganan en circunstancias específicas. Se aprecia en sus textos una amplia reflexión de la circunstancia humana en realidades concretas, ya que en los momentos más difíciles sale a flote la verdad esencial que sustenta la vida de cada individuo, pese a la sociedad en la que le haya tocado vivir.
Estuvimos en su destacada intervención en el marco del reciente Hay Festival en Cartagena de Indias. Sus ideas me suscitaron algunas dudas que valía la pena requerirle en otro tipo de conversación, a la cual accedió con gusto este amable profesor de Teoría Literaria en la Universidad de la Patagonia y la de Buenos Aires.
Nuestro país, al igual que el suyo en su momento, atraviesa hoy día por una especie de amnesia voluntaria, o peor aun, un cinismo institucional en el cual la sociedad se siente rodeada por todas la violencias y, para colmo de males, harta de la galopante corrupción institucional ¿Cómo asume desde su experiencia esta situación?
Interpretaría que no funciona sólo a nivel político y recae en el funcionario público o el militar. La eficacia de ese mecanismo funciona en todos los niveles sociales. Si fuese sólo una estrategia de la dirigencia política o militar no sería tan grave, porque en última instancia la dirigencia quedaría desencontrada de su propia sociedad. Me parece que en realidad es un mecanismo que está entre la evasión y la autoinculpación y que funciona en todos los estratos sociales; creo que es un dispositivo de autoinocentación.
La situación de la Argentina en los años de la dictadura era evidente, pero la maquillaban y el país tuvo que acudir a muchas argucias ideológicas para sostener el orden. ¿Existió alguna complicidad entre los responsables directos de esta circunstancia y quienes no decían nada, callaban descaradamente?
La sociedad argentina, luego de la dictadura, se presentaba a sí misma como doblemente víctima de todo lo que pasó: de la represión estatal y la lucha armada de los grupos insurgentes. La llamada teoría de los dos demonios. Si había dos demonios había una doble victimidad. La sociedad inerme, neutral, rehén, entregada a estas dos fuerzas malvadas que chocaron sobre su cuerpo doliente. Y eso no fue así, creo yo. En primer lugar porque no se puede equiparar a las dos fuerzas. Me parece que fue la solución más cómoda con la cual la misma sociedad pretendió eludir ese punto donde esa pasividad era complicidad y no solamente victimidad. Lo de la complicidad te lleva a la cuestión de si se sabía o no se sabía. Sobre todo algo más complicado, del saber o no saber. ¿Cómo vivir no sabiendo cuando en verdad se sabe? Esto lo rastreé en mi novela desde situaciones habituales. A mi me interesa, por eso, lo que la literatura puede tocar en lo más concreto de la experiencia. Porque es ahí donde los dispositivos de la represión o de la complicidad funcionaban camuflados en la vida cotidiana. Traducir todas estas abstracciones a una materialidad concreta y por lo tanto diaria de esos mecanismos.
¿Qué escritores han profundizado en esa negación de lo evidente?
Algunos escritores chilenos después de la dictadura de Pinochet. Se vio mucho en Argentina desde mediados de los años ochenta. Sobre esta cuestión nombro a Pilar Calveiro. Sus libros han sido para mí un referente de mucha lucidez sobre esta cuestión. Así mismo, los ensayos de Hugo Besetti. Estos autores, entre otros me han ayudado a entender.
En su reciente exposición afirmaba que cuando comenzó la dictadura Argentina tenía nueve años y, por lo mismo, no había formado parte de ninguna militancia, ni supo de las cosas tal como fueron en su momento . ¿Cómo puede contar entonces algunos hechos tal como sucedieron?
Yo no narro desde la vivencia, por cuestiones lógicas. Ni siquiera hago uso del testimonio. Esa no es mi perspectiva, como dije. Hay otros discursos, el histórico, las memorias, que son más adecuados para esa función. Mi literatura no está centrada en los acontecimientos políticos por carecer de una memoria o una militancia de la que deba dar cuenta. Mi acercamiento a estos materiales es distinto del que escribe desde el discurso testimonial. Mi referencia a los hechos históricos es oblicua, dispersa. Nunca en clave realista. Exploro otros aspectos de las circunstancias sociales. Por la sencilla razón de que son más que eso. Son significaciones sobre la realidad pura de los hechos. Es más importante la significación volcada sobre ellos que la realidad de los hechos. Por eso no concedo importancia a la investigación. Tampoco trabajo sobre mis propias vivencias. Le doy gran importancia a los ecos y las resonancias interiores sin preguntarme de dónde vienen.
Sobre la realidad sociopolítica en la cual se enmarca su libro más reciente, Ciencias morales, ganador de un importante premio, ¿cómo asume su vivencia como bachiller del Colegio Nacional de 1980 a 1985 en la debacle de la dictadura y comienzo de la democracia?
No asumo el tema central, que es la autoridad, el autoritarismo, desde mis vivencias. No le encuentro mucho interés. Lo que busqué trabajar en el colegio de la Patria, el de la tradición, el de los próceres, fue la realidad desde las autoridades, más que el mundo de los estudiantes. El aparato de control, el aparato de disciplina, la imposición del sentido del deber. Ver cómo esos dispositivos rigurosos y fuertemente morales no hacen sino llevar a las formas más perturbadoras de degeneración. Por eso muestro a la preceptora, quien pese a su carácter implacable y represivo, cree que lo hace de la mejor manera según sus funciones y obligaciones.
¿Por qué entonces eligió este colegio y no otro?
Porque hace parte de los mitos de la identidad nacional, y esos mitos son importantes porque movilizan voluntades. Además, la literatura me permite enfrentar mi completo escepticismo contra la tremenda eficacia de la mitología nacional. Y otro mito importante que tenemos los argentinos es creer que estamos destinados a la gloria, pero existe en contra nuestra una cierta conspiración internacional. Esa épica nacional del fracaso, tanto en lo político como en lo deportivo. El mejor ejemplo es Maradona, quien viene a ser el resultado de esos dispositivos y a la vez quien mejor los maniobra. Por el otro lado está la épica de la derrota deseable, como sucedió en la guerra de las Malvinas. A mí me interesan esos temas de la mitología patriótica desde distintos modos.
¿Cuál es entonces el verdadero rostro oculto en todo aquello?
Que al profundizar en el mundo de las autoridades y no el de los estudiantes, que fue el que yo viví, descubrí que detrás de todos aquellos seres implacables y siniestros se revelan unos pobres tipos. Lo cual no quita que no merezcan alguna clase de compasión. Videla tiene un hijo con discapacidad mental. Esto podría servir como material para un cuento, si lo ponemos en una cena en su casa. Videla es un tipo muy rígido moralmente, muy convencido, un asesino, pero es un criminal muy convencido de haber obrado completamente en el terreno del bien. Pero, pese a lo aberrante de su comportamiento, es un pobre tipo. Esto aumenta mi desprecio por la sordidez y la miseria de figuras como él presentes aún en todas las instancias de poder en Latinoamérica. Por eso no deja de ser inquietante saber cómo sería una noche, una cena, en casa de esos tipos.
A pesar de la claridad que siempre hace entre el deslinde de la política y sus libros, no ha dejado de hablar de política, ¿qué tan cerca puede estar la política de la literatura y en qué se sirve la una de la otra?
A mí me interesa cuando la literatura es política precisamente porque es literatura. Porque la literatura hace con los hechos políticos y con el pensamiento político algo distinto de lo que la realidad política suministra, ahí está el plus. La literatura no es la continuación de la política por otros medios. Tampoco la literatura es la ventana desde donde se puede ver la política. La literatura es algo en sí mismo. Cuando aborda una situación lo hace para transformarla. Que descubra las significaciones, los imaginarios, que no detecta la realidad política misma. No estoy hablando de reducir la realidad a la literatura. Se trata de ver cómo la literatura interviene sobre esa realidad. Lo que imaginamos forma parte de nuestra realidad; por lo tanto, la realidad incluye nuestros imaginarios. Todo lo que imaginamos está metido en la realidad con las cosas materiales y concretas. No se puede hacer literatura como si fuese la realidad, porque no lo es. Me interesan los efectos que tiene la ficción sobre la realidad, su mediación. Hago la salvedad de que el récord de investigación sobre mis novelas históricas es de 6 minutos, el día que me apliqué.
¿Cuál cree que sea la dimensión pedagógica que tiene su obra en la sociedad?
No lo pondría en términos de pedagogía. Soy docente, pero la función pedagógica que ejerzo como profesor no la trasfiero a mis libros. No pienso la literatura trasmitiendo un mensaje o trasmitiendo una certeza, sino más bien indagando sobre otras cuestiones, poniendo a circular significados que reboten sobre otros significados. Ideas, criterios, sentidos, que reboten sobre otros sentidos y provoquen cosas que no puedo proveer. No soy dueño de una verdad que trasmito pedagógicamente a través de mis libros, yo sólo detecto algunos sentidos y los pongo en circulación en un texto, y eso sé que va a rebotar en la lectura con otros sentidos y con otras sensibilidades, y yo no gobierno ese efecto. Más bien tengo la expectativa de qué va a pasar con eso en la lectura.
¿Lo piensas como una idea que suscita otras ideas?
Así funciona para mí la literatura. No sé lo que suscito. Es mi forma de vida, en realidad. Es un temperamento, también una forma de ser, tan simple como eso.
Se define, pese a su educación judía, como ateo y antisionista, además, como un escéptico y a la vez un irónico no pacifista. ¿No cree que esta es una actitud cínica frente a la vida?
Es bastante difícil definir mi judaísmo. No me casé con ninguna judía, mis estudios primarios los cursé en un colegio judío, lo cual generó en mí un ateísmo indomable y un antisionismo radical. No comparto, prácticamente en nada la política de Yaveh ni la política del estado de Israel. En cambio, sí colaboré con la gente que se fue a plantar naranjos al desierto del Sinaí. Lo que tengo de judío es el humor, el gusto por su música y otros elementos de su cultura. No escribo desde el judaísmo, ni me considero un judío profesional. Tampoco soy esa especie de cínico posmoderno que descreo de todo, que todo me resbala. Si ironizo de las mitologías nacionalistas, eso es otra cosa.
¿Es usted pacifista…? 
No soy pacifista. No lo puedo ser porque apoyo la violencia revolucionaria. Sé lo que eso significa en esta época que la sola palabra revolución debe ponerse entre comillas. Pero uno puede constatar cómo la clase dominante ofrece una resistencia violenta con la que hay que contar a la hora de querer cambiar ese poder. Creo en la movilización revolucionaria de las masas. En ello percibo una épica, una forma narrativa con la que se puede mediar entre literatura y política. Como para mí no hay una épica de guerra nacional, lo que me interesa es cómo la literatura argentina volvió sobre la guerra de las Malvinas, cómo la despojó de esa épica guerrerista y le inventó una manera diferente de narrarla. Con ello logró el desmoronamiento de esa mitología nacional. En cambio, sí creo en la épica revolucionaria, porque considero que el mundo es injusto y hay que luchar porque sea más justo.
Libardo Barros Escorcia: Doctor en Ciencias Históricas. Profesor de la Escuela Normal Superior La Hacienda y catedrático de Uninorte.
Fotos de Martín Kohan: Libardo Barros Escorcia
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Conocí a María Fasce en el 2007 durante un encuentro de escritores en Matosinhos, Portugal. De cena en cena, de conversación en conversación, se fueron creando lazos de amistad entre nosotras. Eso fue en abril, y por entonces la escritora argentina vivía en Barcelona donde, además de escribir, trabajaba como editora. En diciembre, cuando María me envió su cuento para el blog se encontraba pasando vacaciones en Bogotá junto a su esposo y su hijo. Recientemente supe por ella misma que este año ha dejado Europa para instalarse otra vez en su piso de Buenos Aires.
Aunque María es muy joven ya es considerada una de las mejores narradoras latinoamericanas. Sus libros La Felicidad de las Mujeres (cuentos) y La Verdad según Virgínia (novela) exploran el lado íntimo de las tragedias cotidianas con tanta sutileza que despierta en el lector una curiosidad que sólo puede saciarse con horas de feliz lectura.
María Fasce además de bella, inteligente y talentosa es una persona francamente encantadora.
NIEVES
María Fasce
Cuando me desperté no sentí las piernas. Me pellizqué y esperé a que pasara, como con los calambres. Pero no pasó. Busqué la mancha de humedad en la esquina del techo, la silla con mi ropa de ayer, la guarda azul en el borde de la sábana, las cosas que me eran familiares. Muchas veces, de niño, me despertaba en la noche, o ya de madrugada y tenía que darme el tiempo suficiente para reconocer mi habitación. Dormí en hoteles y en habitaciones de amigos de mis padres en París, en Londres, en Sevilla, en Madrid, y el resto del tiempo, en Barcelona, en un cuarto pequeño con ruidos distintos en cada pared. Hasta que nos mudamos a una casa de campo en Espera. De noche no se oía más que el silencio tachonado de ladridos.
Ahora estaba en mi casa de Buenos Aires. Cada tanto sonaban los neumáticos sobre el asfalto húmedo, y yo ya no era un niño sino un hombre, aunque por el momento no pudiera caminar.
Me tiré al suelo desde la cama, igual que hacía Nieves cuando quería bajarse de la silla y no había nadie para ayudarla. Me puse de rodillas y di así unos pasos, pero era difícil. Entonces me tendí otra vez y empecé a reptar hasta el pasillo.
La casa estaba a oscuras pero afuera ya debía haber comenzado a amanecer. Era difícil saberlo en Buenos Aires sin mirar el reloj, porque no cantaban los gallos. Avancé impulsándome con los codos hasta la alfombra junto a la biblioteca, y allí me quedé dormido.
También había otros ruidos en Espera: los cazadores. Un cazador mató a la madre de Bambi, y yo corría a la cama de mamá para sentirla respirar. Algunas noches los perros se peleaban bajo mi ventana. Dormían en el sofá de la galería, el que mamá había sacado convencida de que adentro del relleno se había escondido un ratón.
“Ya es de día”, dije tironeando la frazada de mamá, y fuimos al colegio por un camino de tierra, salpicando piedras hacia el verde donde crecían los pinos. “Una liebre”, dijo mamá, siempre estaba viendo liebres que yo nunca veía.
Nieves pasó su manito por mi cara. Nunca había conocido a nadie que se llamara Nieves, y tampoco conocía la nieve todavía. Nieves se desmoronaba de pronto, su pequeño cuerpo blanco esperaba en el suelo a que los brazos de su madre la rescataran.
Era mi primer día de clases y el colegio no se parecía en nada al de Barcelona. Por la ventana del aula se veían las ovejas pastando y durante el recreo, en el patio, el olor a abono nos hacía entrecerrar los ojos y taparnos la nariz. Miraba a los demás niños y trataba de imitar el modo en que hablaban, como cantando, y decían peze y motó. También en Barcelona había tenido que aprender a hablar de otro modo. “La madre es argentina”, había dicho Montse y yo dije que no entre furioso y ofendido, que mi mamá no era argentina, porque la maestra lo había dicho como si fuera algo malo. Como si fuera un defecto. Pero lo de Nieves no era un defecto, ella no podía caminar. Su madre la acompañaba al colegio y se quedaba a veces con nosotros, la llevaba en brazos a todas partes, o en cochecito (yo había tenido que dejarlo en Barcelona, antes de la mudanza). Nieves podía elegir los mejores juguetes y hasta tenía una maestra para ella sola.
Esa tarde empezaron los calambres, en el baño. Mamá me bajó del inodoro y me llevó en brazos a la cama. Me dijo que cuando me despertara iríamos a dar un paseo por el campo, y a juntar vinagrillos, que eran unas flores amarillas que tenían un tallo largo y fino, con agua adentro. Pero yo no quería dar paseos, no quería caminar.
Nieves vivía en la casa más bonita de Espera. Una gran casona amarilla con una palmera adelante. Se veía desde cualquier punto del camino y se llegaba a ella a través de los olivares. La veíamos cuando íbamos al colegio y cuando íbamos a la gasolinera, al supermercado, al barrio alto. Yo movía la mano desde la ventanilla y adivinaba la carita de Nieves detrás de su ventana, casi podía ver su vestido azul con flores, la nariz contra el vidrio empañado.
En ninguna otra parte había tantos vinagrillos como en la casa de Nieves. Fue ella la que me enseñó a chuparles el tallo. Nos tirábamos de espaldas sobre los tréboles, a sorber el jugo ácido. “Por eso les dicen vinagrillos”, me dijo. Y que se casaría conmigo si encontraba un trébol de cuatro hojas. Pasé horas contando las hojas de los tréboles. Aún hoy sigo buscando un trébol de cuatro hojas, pero no hay muchos tréboles en Buenos Aires.
Me enseñó a dibujar estrellas fugaces y árboles de Navidad. Los pintaba con cuidado, moviendo la mano brevemente de arriba abajo, sin salirse nunca del contorno. Aprendió a escribir mi nombre: Pablo. La pierna de la P y las de la A larguísimas.
Le regalé tres luciérnagas encerradas en un frasco para que lo usara de velador, pero Nieves no le tenía miedo a la oscuridad. Una tarde llegué a su casa y no estaba esperándome junto a la palmera. Entré y me encontré a su madre en la sala, las piernas debajo del mantel, junto al brasero. Por un momento me pregunté si no había sido así como Nieves había dejado de caminar. El fuego le habría quemado las piernas. Pero entonces recordé sus piernas blanquísimas, las había visto cuando fuimos juntos al baño del colegio. No, debía de haber sido más bien como los calambres que me daban a veces, habría nacido con ellos y nunca habría aprendido a caminar. “Está en el cuarto de juegos”, me dijo su madre. Me asomé y estaba todo a oscuras. Iba a salir cuando sentí el olor a mandarina. Me senté junto a ella y estuve allí, oyéndola respirar, hasta que su madre prendió la luz.
Lo que más le gustaba eran las mandarinas y las zanahorias. Se vestía de color naranja, o de azul, como Cenicienta. Cuando vino a jugar a casa le manché el vestido con témpera pero no se enojó. Vimos Cenicienta y cantó con los pajaritos, y después con los ratones en la parte en que hacen el vestido, que era mi preferida. Antes que llegara la escena del baile la arrastré hasta el cuarto de mamá y le regalé un collar de piedras amarillas que colgaba de una punta del espejo.
Y sin embargo, el día en que vinieron las dos, Lucía bailó. Dio vueltas y vueltas como un tulipán. Yo me quedé mirándola embobado y dije: “Qué bonito bailas, Lucía”. Hubiera querido recuperar mis palabras como un barrilete que se escapa de la mano, pero ya era tarde. Miré a Nieves y supe que la había hecho sufrir. También yo estaba sufriendo, pero qué importaba. Hubiera dado mis piernas por que no llorara. No, eso era fácil, yo no quería caminar. Hubiera dado mis ojos, esos que se abrían cada mañana esperando el momento de verla. Pero lo único que se me ocurrió fue el chupete. Se lo llevé al colegio, la mañana siguiente, y ella lo miró como a una araña. Entonces volví a guardármelo en el bolsillo y lo tiré por la ventanilla del auto de regreso a casa.
A la entrada del colegio habían colgado un gran afiche que anunciaba el Belén Viviente en la Plaza del Ayuntamiento. Fuimos ese sábado con mis padres y los de Nieves. Subimos la cuesta empinada hacia el barrio alto. Yo apoyaba la mano en su cochecito y caminaba despacio, atónito por las antorchas, las ovejas, los burros, los pastores, las lavanderas y la noria girando en la oscuridad.
Papá me alzó en sus hombros para que viera a los Reyes Magos, y al bajarme, se me habían dormido las piernas. Pero se me pasó enseguida, ni siquiera sale en el video que filmó mamá, que fue mejor que el Belén Viviente porque podía verlo miles de veces, detenerme en la cara de Nieves una y otra vez, como hago ahora, tendido en el suelo del pasillo.
Nieves y yo de la mano, asomados a la cabaña del niño Jesús, que tomaba la teta de una Virgen gorda y rosada que yo había visto comprando salchichas en el supermercado, Nieves cantando villancicos “Ande ande ande, la marimorena, ande ande ande que es la Nochebuena”. Nieves comiendo buñuelos de azúcar. Nieves dormida bajo el toldo del cochecito.
Si lo pienso, el tiempo con Nieves es como una única tarde sin siesta. Y sin embargo hicimos tantas cosas. Recogimos aceitunas en los olivares de su casa: ella estaba sentada sobre los tréboles, al lado de las redes y los hombres sacudíamos las ramas con palos para que llovieran las aceitunas. Ella les sacaba las hojas y las guardaba en una bolsa de alpillera. “A que no te comes una oliva cruda”, me dijo y comí tres. Miramos pasar cientos de nubes: nubes pétalo y elefante, nubes vaca y nubes montaña. Y las garzas, volando con las patas juntas. “Parecen bailarinas”, decía Nieves fascinada. A mí no me gustaban, buscaba mariposas blancas y más vinagrillos para distraerla.
Al final del verano nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Nieves se había ido de vacaciones con su familia y ni siquiera pudimos despedirnos. Papá nos llevó a Bariloche, a conocer la nieve. Aplasté un copo contra mi cara y sentí lo mismo que cuando Nieves me tocó, el primer día de clase en Espera: hielo y fuego, y el corazón cabalgando.
La luz de la ventana me dio en los ojos. “Mamá”, grité, “ya es de día”. Pero nadie contestó.
Rodé de lado hasta la biblioteca y me fui encaramando a los estantes hasta quedar de pie frente al portarretratos: mamá y yo años atrás, nuestros peinados y trajes de baño pasados de moda. Cerré los ojos rápidamente y vi la foto que la mamá de Nieves nos sacó ese verano junto a la palmera.
Ahí nomás, en el perchero, estaba mi abrigo. Me costó reconocerlo, parecía demasiado grande, pero me iba perfectamente. Me lo puse y salí a la calle.
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