Doce años sin Josep Brodsky

Ayer, 23 de abril, se cumplieron doce años de la muerte del gran escritor ruso Joseph Brodsky. Por la gran admiración que le tengo al autor, no podía dejar que la fecha pasase inadvertida en Inventario. El tiempo corre deprisa. La crónica que publico abajo la escribí hace ya siete años después de una visita a Joseph Brodsky en su última, y por ahora definitiva, morada en el cementerio veneciano de San Miguel.

JOSEP BRODSKY, TODAVÍA NO MÁRMOL

Italia es un sueño que sigue repitiéndose
 durante el resto de la vida.
Anna Ajmàtova

Tomé el tren a las nueve y treinta, en una de las noches más frías del otoño de Viena. Traía la maleta de mi abuela Mercedes, mi London Fog, un ejemplar de Marca de Agua de Joseph Brodsky, dedicado para mí por Álvaro Rodríguez Torres, y un par de botas negras. Cómo definir lo que sentía, ese tren que tomaba iba a Venecia. Y aunque el tren marchaba hacia delante en el tiempo, gastando las últimas horas de octubre de 2001, también retrocedía hasta 1991 cuando desee por primera vez visitar el puerto sobre el Adriático. Esa noche, superpuestos la marcha del tren y mi recuerdo, no viajaba, permanecía frente a la realización de mi deseo. La noche colaboraba a mis sensaciones simulando la nada. El tren se internaba en un túnel que me llevaba sin escalas de Viena a Venecia, de Barranquilla a Venecia. Así, sin tiempo ni espacio, abrí el libro de Brodsky.
En el invierno de 1972 yo era un alma sin peso y Joseph Brodsky llegaba por primera vez a Venecia, acompañado de su maleta y vestido en su propia London Fog. Ambos nos dirigimos a una cafetería; ambos, Brodsky y yo, esperábamos a una veneciana; ambas venecianas llegarían retrasadas, y en el espacio de nuestra espera percibíamos la marca imborrable de Venecia. De Venecia lo primero que uno siente es su olor. El mar se le viene a uno de golpe y lo sacude. Para mí, su olor es el de la lluvia sobre el mar, el del agua marina mojada por el agua celeste.
La vista, que es avasalladora, porque aminora con su fuerza la percepción de nuestros otros sentidos, no interviene mayormente si uno llega en tren a Venecia. La estación de Venecia tiene el encanto de lo bien conservado, y si no encontráramos, tan pronto nos bajamos del tren, la Mc en rojo y amarillo nos parecería estar llegando a una estación del siglo XVIII. Desde la estación del tren uno no ve a Venecia si, como el poeta ruso, llega en invierno y de noche. Tampoco verá la ciudad si es otoño y amanece envuelta en una espesa bruma.
El retraso de mi amiga, la poeta Silvia Favaretto, empezaba a inquietarme, y justo cuando me disponía a moverme de sitio, temiendo haberle entendido mal, apareció ella, vestida en impecable negro, sonreía entre alegre y apenada. Desde el Vaporetto vi por primera vez la ciudad. Mis sentidos pasaron pronto a ser suave acompañamiento. La vista en Venecia, actua como el dedo de un fotógrafo, el cuerpo se transforma en cámara. Instalada en la habitación del palazzo sentí la ciudad detenida en ofrecida belleza. A diferencia de otras ciudades en las que uno presiente se está perdiendo un acontecimiento irrepetible, a Venecia uno puede recorrerla como a un álbum de fotografías, intemporal dentro de múltiples temporalidades. Cuando antes del viaje leía Marca de Agua, me gustaba pensar que como Brodsky visitaría Venecia, ahora que he vuelto siento nostalgia pues mi viaje es ya el pasado y el pasado es padre de la vida como el agua es su metáfora.
Brodsky volvió todos los inviernos con dos o tres excepciones debidas a ataques cardiacos propios o ajenos. La muerte, que con frecuencia nos impide los retornos, le devolvió para siempre a la ciudad. San Michele es el nombre de la isla cementerio de Venecia, allí fui con Silvia para visitarlo. Mi viaje a San Michele no empezó esa mañana del 31 de octubre; había empezado unos meses atrás cuando el poeta Alvaro Rodriguez Torres descubrió que Joseph Brodsky había sido enterrado en Venecia. Él, que tal vez lo escuchó en la radio, y sabía de mi amistad con la poeta veneciana, me envió el dato por email. Yo, a mi vez, le escribí a Silvia Favaretto contándole de nuestra gran admiración por el poeta ruso, y le pedía visitara la tumba llevándole una flor blanca. Para nosotros simbolizaba un homenaje no sólo a Brodsky sino también a Anna Ajmátova, nuestra amada Anna, y en ellos a toda la poesía rusa. Bogotá- Barranquilla, Barranquilla, Venecia, el homenaje incluiría una ciudad más, un poeta más.
Silvia me respondió que aunque ella lo ignoraba pronto descubriría en qué isla se encontraban reposados los despojos del poeta ruso, y, por supuesto, prometía llevar la flor. Transferida la respuesta vía email a Bogotá, Alvaro Rodríguez le escribió al poeta Jorge Bustamante en México contándole de nuestra»intriga internacional». Con Bustamante en Morelia, mejor que con nadie, se completaba nuestro arrojado homenaje. Jorge vivió en Rusia y es uno de los mejores traductores de la poesía rusa al español. Blok, Ajmátova, Sologub, Mandelstan y otros grandes poetas le deben bellísimas traducciones. Pero sobre todo yo, que no leo en ruso, le debo a Bustamante mis primeros acercamientos a esa maravillosa poesía de alma triste.
Todos estabamos emocionados, esperábamos que Silvia escribiera, enviando incluso una foto, sobre su visita a Brodsky. Los afanes diarios entre la universidad, el trabajo y los viajes, le impidieron a Silvia completar lo planeado. Así que esa mañana del 31 de octubre, ella y yo veríamos por primera vez la tumba y colocaríamos la flor blanca. Pero, ¿cómo encontraríamos la tumba de Brodsky? Desembarcamos en una isla casi sobre poblada y sin dirección. Una isla bellísima adornada por lápidas de mármol, bóvedas que ostentan nombres de duques, marqueses y marquesas, bellísimos ángeles y vírgenes que osaron mirar hacia atrás y en sus rostros quedó detenida para siempre la tristeza, paredes con largas inscripciones en latín que hablan al unísono de la furia de Dios y su misericordia. Belleza y silencio. Nos deslizamos entre árboles apenas vestidos de hojas, caminos cada vez más solitarios. A veces nos deteníamos frente a la tumba de un hermoso adolescente, los italianos adornan sus tumbas con fotografías estampadas en porcelana.
Una hermosa música se escucha
mientras el invierno despierta alrededor
está claro que en el puerto de la vida
la muerte es la única soberana (…). El poema de Anna Ajmátova, la traducción de Bustamante, se me vino a la boca; lo escuché como si de otros labios saliera, como si se completara letra por letra en aquellos difuntos. La isla de san Michele tiene tal encanto que uno podría elegirla como residencia inmediata. Uno podría como el personaje de Thomas Mann, Gustav Aschenbach, sumergirse en la agradable monotonía de la isla y elegir la muerte en Venecia. Después de caminar muchísimo, y casi a orillas de la resignación, nos topamos con una guía, una mujer muy joven. Silvia le preguntó por Brodsky, ella amablemente nos regaló un mapa. Sí, allí estaba la tumba, cuidada y llena de flores, en la lápida su nombre en caracteres latinos y cirílicos y las fechas pertinentes. Sobre la lápida un buen número de conchas marinas, treinta y tres, ¿traídas hasta allí para conmemorar la infancia del poeta a orillas del Báltico?
Si San Petesburgo es la Venecia del norte, Barranquilla es la Venecia efímera de América del Sur. Nací en la calle Felicidad, entre Cuartel y Líbano, en la casa de mis abuelos paternos Mercedes y Antonio. La noche de mi nacimiento llovió, abril aguas mil. Cuando llueve en Barranquilla la ciudad se transforma de terrestre a fluvial. Uno puede ver como automóviles y buses son arrastrados por las fuertes corrientes de aguas negras. No hay elementos insólitos bajando por las corrientes. De pequeña vi a mi abuela arrojando el colchón de Israel, un empleado suyo enfermo y muerto de cáncer en la garganta. Vi pasar frente a mi casa: mesas, camas, espejos, cuadros, todo un mobiliario. Mi abuela vio pasar al primer muerto en un arroyo, un médico que se ahogó dentro de su automóvil. Para mí el agua ha sido fascinación y miedo. Crecí frente a un canal efímero. El acontecimiento más importante de mi infancia fue mi primera comunión. Yo habría querido llevar el cabello largo y ensortijado, en cambio mi cabello era liso y me lo cortaron formando un círculo alrededor de la cabeza. Pero aún así fue el día más feliz de mi infancia. Esa mañana llovió. Llegué a la catedral con mi vestido blanco ribeteado por el negro de las aguas. Frente a la tumba de Brodsky sentí en el aire esa mezcla de nobleza y vigor que se respira ante el monumento de un héroe conocido. Brodsky es la imagen de la serenidad en medio de la desgracia, de la gracia en medio de la tortura. ¿Acaso es posible en nuestro tiempo un heroísmo que no incluya la resignación? Bogotá-Barranquilla, Barranquilla- Venecia, Barranquilla- Bogotá, Bogotá- Morelia, Morelia- Venecia. Alvaro- Lauren, Lauren- Silvia, Lauren- Alvaro, Alvaro -Jorge, Jorge- Silvia, Todos-Brodsky. El mar debajo, fina playa, todavía no mármol.

Un lugar alucinante

El jueves pasado estuve de visita en Évora, en el Alentejo portugués, y conocí uno de los lugares más impactantes que haya visto jamás: La Capilla de Huesos. Es un lugar tan extraño y misterioso que cuesta trabajo imaginarse su origen. Se sabe que fue construida dentro del Convento de San Francisco para la meditación de los monjes, pero ¿a quién se le ocurrió la idea de revestir por completo paredes y columnas con huesos humanos? El ambiente de la capilla no puede ser más siniestro. Aunque me esfuerce con las palabras no lograré transmitirles lo que pálidamente pueden decirles las fotos (les recomiendo hacer click sobre las imágenes, se sorprenderán con los detalles).

LA CAPILLA

La Capilla de los Huesos era un espacio de oración y meditación sobre la efímera condición humana, construida por los frailes franciscanos a finales del siglo XVI. Para “decorarla” fueron necesarios más de cinco mil esqueletos sacados de los túmulos de las iglesias y cementerios de Évora. Sobre la puerta de la entrada, en mármol, al estilo clásico, está la célebre inscripción dirigida a los visitantes:

NOS, LOS HUESOS QUE AQUÍ ESTAMOS, POR LOS VUESTROS ESPERAMOS.

La capilla se compone de tres naves, con las paredes y columnas completamente revestidas de huesos humanos lo que le da al ambiente una penumbra trágica de cripta. Frente al altar, a la derecha, en un túmulo de mármol reposan los cuerpos de dos o tres frailes fundadores del convento franciscano. Frente al altar podemos ver también el túmulo del Obispo D. Jacinto Carlos Silvera, quien fue asesinado por los soldados de Napoleón, durante las invasiones francesas en 1808.

  
                                                                                      LA LEYENDA DE LA CAPILLA DE LOS HUESOS

Al fondo de la capilla, a la derecha, colgados de la pared hay dos cuerpos momificados (un adulto y un niño), con carne, piel y músculos. Los cuerpos fueron descubiertos en unas excavaciones hechas en La Capilla en el siglo XVIII. Sin embargo, existe una leyenda que dice que los cuerpos son de un padre y su hijo. Según la historia, que hace parte de la tradición oral eborense, un niño golpeaba a su madre, maltratándola. El padre era cómplice, consintiendo las malas acciones del hijo. La pobre mujer, en el momento de su muerte, les deseó la siguiente desgracia: “Que la tierra de vuestras sepulturas no los deshaga”. Y así, padre e hijo, después de muertos quedaron momificados, porque la tierra no quiso consumirlos, cumpliéndose la maldición por las malas acciones que practicaron en vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL POEMA
Un soneto sin firma cuelgan de la columna derecha junto al pequeño altar. Me cuenta en una carta mi amigo Ricardo Bada que el poema se le atribuye al Padre António da Ascenção Teles. La traducción, que agradezco mucho, también es de Ricardo.

¿Dónde vas, caminante acelerado?
Párate, no prosigas adelante:
Ninguna ocupación más importante
Que esta que aquí a tu vista han presentado.

Recuerda cuántos son los que han pasado.
Cavila en que tendrás fin semejante.
Que para meditar, causa es bastante
Que todos los demás en esto han dado.

Pondera, que influido de esa suerte,
Entre del mundo ocupaciones tantas,
Tan pocas veces piensas en la muerte.

Pero si la mirada aquí levantas,
Párate, que en ocupación tan fuerte,
Cuanto más te detengas, adelantas.