Dos veces William

OspinaWilliam.jpg picture by LaurenblogLa del poeta William Ospina es para mi gusto la mejor traducción de los sonetos de William Shakesperes que se ha publicado hasta ahora en lengua española. Quisiera compartir con ustedes, además de dos de los poemas, un fragmento del prólogo que el mismo Ospina escribió para una edición especial publicada en 1996 por la revista Número de Colombia. El libro se titula Veinte Sonetos de William Shakespeare y tuvo un tiraje de 750 ejemplares numerados a mano. La portada, de una sencillez elegantísima, fue diseñada por el maestro Luis Fernando Rodríguez. Los sonetos completos fueron publicados en Buenos Aires en 2003. La foto es una cortesía del fotógrafo argentino Daniel Mordsinski.

 

UNAS PALABRAS PREVIAS (fragmento)

por William Ospina

 

Tal vez lo que más asombra de los sonetos de Shakespeare es que el hombre más secreto y enmascarado de la historia de inglaterra haya decidido salir a la luz y mostrar su rostro ciento cincuatro veces, y que, acostumbrado a decir: Yo, Ricardo…Yo, Julieta…Yo, Horacio…Yo, Falstaff…Yo, Cleopatra, haya tenido el extraño valor de decir en ellos: Yo, Shakespeare. Este hecho convierte a los sonetos en piezas anómalas, que nos llenan de una compleja esperanza. Todos creemos percibir algo singular, detalles de su vida cotidiana, rastros de esa minuciosa biografía imposible que los siglos han intentado y abandonado ya muchas veces. Ciertos versos nos aproximan a esos momentos que son de todos. Decimos:

Mira, por el Oriente, cuando la luz graciosa…

e imaginamos a Shakespeare compartiendo con alguein el amanecer. Decimos:

¿Por qué tú, que eres música, la escuchas con tristeza?

y los vemos entre el público, escuchando el concierto.

Leemos:

Cuando miro los altos árboles deshojados,

Los que antes resguardaban del calor los rebaños…

y sentimos que es verdad, que aquel hombre estuvo un día viendo volar las últimas hojas de los árboles y sintiendo avanzar los vientos glaciales que bajan de las tierras nórdicas y van aletargando el continente; que él sintió también esos días de nieve sucia y esas largas noches solitarias. Leemos el soneto 29, aquel en donde, en nombre de todos los siglos, habla del “sordo cielo”, y sentimos que más acá del milagro inexplicable de su poesía, fue un humano como otro cualquiera: solitario,colérico, ingenuo, envidioso, descontento, temeroso y admirablente capaz de amor y de admiración(…)

 

29

Cuando, infeliz, postrado por el hombre y la suerte,

En mi triste destierro lloro a solas conmigo;

Y agita al sordo cielo mi grito vano y fuerte,

Y, volviendo a mirarme, mi destino maldigo,

Y sueño ser como otro más rico en esperanza,

Tener su mismo aspecto, gozar sus compañías,

Y envidio el arte de éste, del otro la pujanza,

Hastiado aun de aquello qie me daba alegrías–

Si en estos pensamientos mi desprecio me espanta,

Pienso en ti felizmente, y entonces mi consuelo,

Como una alondra a orillas del día se levanta

Del mundo oscuro, y canta a las puertas del cielo.

Tal riqueza me ofreces, dulce amor recordado,

Que desdeño cambiar con los reyes mi estado.

 

42

Saber que tú la quieres no es mi mayor condena,

Pues también yo la quise y eso bien lo recuerdo.

Que seas suyo es de veras mi más profunda pena,

Pues un amor más hondo y más íntimo pierdo.

Y con todo, ofensores amantes, os excuso:

Tu amor, porque la quiero, hasta su lado llega,

Por mi amor ella ejerce contra mi amor su abuso,

Y  a mi amigo querido por mi amor se le entrega.

Si te pierdo, mi pérdida en ganacias recibo,

Si la pierdo, es mi amigo quien halla lo perdido;

Cuando los dos se encuentran, yo de los dos me privo,

Y por mi amor me dejan a su cruz sometido.

Alegría: él y yo somos uno así,

¡Dulce halago! ella, amándolo, me quiere sólo a mí.

 

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William Ospina poeta, ensayista y traductor, nacido en 1954, en Padua, Tolima, en los Andes colombianos. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en Cali, pero abandonó la carrera para dedicarse a la literatura y al periodismo. Vivió en Europa entre 1979 y 1981, y desde su regreso vive en Bogotá. Ha publicado diez libros de ensayo:
Aurelio Arturo, 1991; Es tarde para el hombre, 1992; Esos extraños prófugos de Occidente, 1994; Los dones y los méritos, 1995; Un álgebra embrujada, 1996; ¿Dónde está la franja amarilla?, 1996; Las auroras de sangre, 1999; Los nuevos centros de la esfera, 2001, Obteniendo en 2003, el Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas por este último libro; La decadencia de los dragones, Alfaguara, 2002; y, América Mestiza, Aguilar, 2004.
Ha publicado tambiénn cuatro libros de poemas:
Hilo de Arena, Colcultura, 1986; La luna del dragón, La Cierva blanca, 1991; El país del viento, (Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura, 1992; y ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?, 1995. Y las novelas:
Ursúa, Alfaguara, 2005. (“La mejor novela del año”, de acuerdo lo manifestado por Gabriel García Márquez) y El País de la canela, Belaqva 2008.

Voces de África, Noémia de Sousa

Hace casi dos noemia_de_sousa-1-1.jpg picture by Laurenblogmeses empecé a publicar una selección de poetas africanos contemporáneos. Hasta el momento han aparecido en Inventario seis autores, una mujer y cinco hombres, todos ellos de lengua frencesa. Ahora le toca el turno a una poeta de lengua portuguesa: Noémia de Sousa. Mientras leo su biografía para transcribir algunos datos veo con rabia que de haberlo hecho ayer esta entrada habría coincidido, si ella aún viviera, con su cumpleaños número ochenta y dos. Noémia de Sousa nació el 20 de septiembre de 1926 en Mozambique. A pesar de ser una de las poetas con mayor reconocimiento en su país, y muy valorada en Portugal y Brazil, casi toda su obra está dispersa en antologías y revistas. Se dice que comenzó a escribir poemas siendo casi una niña, pero dejó de hacerlo de modo abrupto en 1951 cuando tenía apenas 25 años. Según Aldónio Gomes y Fernanda Cavacas, no fue sino hasta 1986, en ocasión de la muerte de Samora Machel, que Noémia de Sousa volvió a escribir por un corto período. En vida sólo llegó a publicar un libro: Sangue Negro (2001). Es curioso porque en la antología de la que tomo el poema, publicada en España en 1975, se lee: “tiene un libro de poemas preparado…en espera de editor”, por lo visto ese editor tardó 26 años en llegar. Murió en Cascais, Lisboa, el 4 de diciembre de 2002 víctima de una prolongada enfermedad. La traducción es de Manuel Cabrera. Me habría gustado publicar también el original, pero a falta de él, les ofrezco otro poema suyo para aquellos que leen en portugués. Sigue leyendo

Las manos y los frutos

lasmanos-1.jpg picture by LaurenblogLa semana pasada recibí desde Brazil la carta de un lector de Inventario que me sugería incluir en el blog textos en portugués. Hace poco menos de un mes encontré en una librería de viejo, de esas que abundan aquí en Lisboa, un libro del poeta potugués Egenio de Andrade (1923-2005) que estoy traduciendo con la idea de publicar poco a poco en este espacio. Es un buen momento para empezar.

No puedo mencionar librerías de segunda mano sin pensar en Barranquilla. Buena parte de mi biblioteca la hice así, visitando a los libreros de la carrera 43, curioseando en los andenes (la mayoría expone sus libros sobre una pedazo de tela), recorrierdo el Paseo Bolivar, perdiendo horas y horas sin encontrar nada y a veces encontrando alguna joya. Mis libreros favoritos eran Marquito, Acendra y el Mono. La última vez que estuve en Barranquilla le compré un libro a cada uno, nada interesante, por pura nostalgia. A excepción de Acendra, de quien puedo dar fe sí lee su mercancía, los libreros de segunda mano de mi ciudad venden libros como venderían mangos. Todos mis amigos pueden contar anécdotas de maravillas compradas a precios ridículos. En más de una ocasión yo misma encontré libros raros, antiguos o dedicados. El que más aprecio es una edición inglesa de Patricia Highsmith THE TALENTED MR. RIPLEY (1955), dedicado por su autora a finales de los setenta a una mujer llamada Lauren. Aquello fue como recibir un mensaje lanzado al mar en una botella. Pienso en las miles de vueltas que dio la vida para que esa novela firmada por Patricia en Londres terminara en un andén de Barranquilla, Colombia, Sur América, y finalmente llegara a mis manos. ¿Quién se atreve a decirme que ese libro no fue dedicado para mí?
En Lisboa todo es bien distinto. Las librerías de viejo no están desperdigadas sobre los andenes de calles concurridas, se encuentran en abundacia, igual en calles principales que en callecitas a las que no llegan turistas, en locales por lo general tan bellos como los libros que exponen. Los libreros lisboetas conocen y aman los libros, por eso no es raro toparse con joyas que cuestan como joyas.
POEMAS, el libro de Eugenio de Andrade que compré aquí, en mi barrio, Chiado (una segunda edición de 1979, diez euros), es una recopilación de siete poemarios. Al primero, Las Manos y los frutos (1945-1948), pertenecen los poemas que vienen a continuación. Sigue leyendo

Traducciones del portugués

Por Antonio Sarabia
¿Qué nos mueve a la traducción? ¿El deseo de compartir con otros de nuestra misma lengua lo que nos conmovió en una ajena? ¿El sentirnos de modo vicario coautores de un texto que admiramos? No lo sé, tal vez en cada traducción haya un poco de ambas cosas. En mi caso influye además la necesidad de mantener el lápiz afilado y el brazo caliente entre las pausas de mis propios escritos. Los poemas que siguen, todos traducidos por mí, son acaso lugares comunes para muchos lectores de habla portuguesa pero como no son muy conocidos fuera de ese ámbito me complace presentar ahora su versión castellana en este blog. Desde luego su elección obedece a una terrible arbitrariedad a su vez regida por el azar: el azar de una lectura, de una afinidad estética o literaria y hasta del afecto instintivo por determinados autores vivos o muertos.
El primero es una deliciosa composición de José Gomes Ferreira (Porto, 1900-1985). Gomes Ferreira aunque nació en Porto, vivió desde muy niño en Lisboa, compuso música y despertó la admiración de sus contemporáneos tanto por sus dones como poeta como por sus compromisos sociales y políticos. Llegó a ser cónsul en Noruega de 1925 a 1929.

VIVIR SIEMPRE TAMBIÉN CANSA.

El sol es siempre el mismo, y el cielo azul
ora es azul, nítidamente azul,
ora es ceniza, negro, casi verde…
mas nunca de color inesperado.

El mundo no se modifica.
Los árboles dan flores,
hojas, frutos, pájaros,
como máquinas verdes.

Los paisajes tampoco se transforman.
No cae nieve escarlata,
ni planean las flores,
la luna no tiene ojos
y nadie va a pintarle ojos a la luna.

Todo es igual, mecánico, exacto.

Y por supuesto los hombres son los hombres.
Eructan, beben, ríen y digieren
sin imaginación.

Y hay barrios miserables, siempre iguales,
discursos de Mussolini,
guerras, orgullos desquiciados,
autos de carreras…

!Y me obligan a vivir hasta la muerte!

¿Qué no sería más humano
morir un pedacito
de cuando en cuando
y recomenzar más tarde
hallando todo nuevo?

¡Ah! Si pudiese suicidarme por seis meses,
morir encima de un diván
con la cabeza puesta en una almohada,
y la confianza y la serenidad que da saber
que me velabas tú, mi amor del Norte.

Cuando alguien viniera a preguntar por mí,
le dirías con esa tu sonrisa
donde arde un corazón en melodía
“matose esta mañana
y no va a resucitar ahora
por una bagatela.”

Y vendrías después, muy suavemente,
a velar por mí, sutil y cuidadosa,
andando de puntillas para no despertar
a la muerte aún pequeñita en mi garganta.

Este otro, un soneto de David Mourão-Ferreira (Lisboa, 1927-1996), me atrajo por la musicalidad y la profunda nostalgia que emana del poema. Mourão-Ferreira estudió Filología Románica y fue profesor emérito de la universidad de Lisboa. En los años sesentas estuvo vinculado a varios programas culturales de radio y de televisión. Llegó a Secretario de Cultura entre el 76 y el 78.

Y A VECES

A veces las noches duran meses
Y a veces los meses son océanos
Y a veces los brazos que apretamos
nunca más son los mismos Y a veces

encontramos de nos en pocos meses
lo que la noche nos hizo en muchos años
Y a veces fingimos que añoramos
Y a veces añoramos que a veces

al tomarles el gusto a los océanos
sólo heces de noches no de meses
al fondo de las copas encontramos

Y a veces sonreímos o lloramos
Y a veces a veces ah a veces
En un segundo se esfuman muchos años.

Quisiera terminar con dos de Marcelo Teixeira (Pinhal do Norte, 1964). Su especialidad es la historia pero se ha dedicado más que nada a la literatura, primero en el programa radiofónico Las Márgenes del Silencio allá en los años ochentas y, actualmente, en su trabajo de editor.

MOVIMIENTO PERPÉTUO

Estas son las cosas más simples
los más conocidos secretos nocturnos, dirás
en vano me escribes poemas, plantas rosas
sé que es de ti de quien hablas al evocarme,
de tu gente, de lo que no soy
de lo que no hago a esta hora.
Es muy cierto, no sé quién eres
los días en que me ocultas la mirada,
o el ardor que me profesan tus manos.
¿Conoces Goa? ¿Monte Albán?
¿Cómo saber en qué cuerpos te extraviaste?
Esas son las sombras de mi canto
los mejores gestos inútiles de estos días
pero no me detengas si te invento;
es por saberte imperfecta en los versos de ayer
que recomienzo cada día tu retrato.

SI TE ABRO LA PUERTA

Si te abro la puerta
no olvides
que todas las noches exigen un sacrificio.

Nada receles
mas no esperes almíbar en la boca
ni armisticio al cuerpo
ni baño en la mañana.

Nada receles
mas no esperes palabras inocentes
acostumbro mentir en los días pares
y faltar a la verdad en los restantes.

Si te abro la puerta
llámame sólo por mi nombre
y sé bienvenida al trono de un reino saqueado.

Ruth Fainlight, la graciosa ironía

De un tiempo a esta parte me encuentro con frecuencia libros de Ruth Fainlight (Nueva York, 1931). El primero lo compré en Gijón el año pasado y se titula Feathers (Plumas). Este libro, bien editado en México por El Tucán de Virginia, tiene para mí una sola debilidad: los poemas fueron traducidos por tres personas. Se nota que no hicieron un trabajo en equipo, sino que se juntaron las traducciones arbitrariamente. El resultado es una mezcla en la que aparecen tres voces que no siempre se corresponden. Lo bueno, es que la editorial publica el original junto a la traducción. Después he ido encontrando de manera misteriosa otros títulos: The Know y Sibyls and Others. Es una autora que me gusta porque suele componer sus poemas con una graciosa ironía. En su voz se siente un compromiso con la historia, y particularmente con la historia de las mujeres. Refiriéndose al poema Papel azúcar-azul Valerie Meyer escribió: “Con humor le quita al poema el estorboso fulgor de la celebridad obtenida por conocer a los célebres.” Estoy totalmente de acuerdo, pero además comparto con la autora esa huella indeleble que deja el encuentro con los personajes que admiramos: yo también estuve en la puerta de Anna Ajmátova y tampoco pude entrar.

PAPEL AZUCAR-AZUL (fragmento)

I

Tratar de describir un color
por comparación y por metáfora
es tan fútil como intentar
tararear las melodías que escucho en mi cabeza.
Sin embargo pensé que todos sabían
lo que significaba papel azúcar-azul.

Papel —azúcar— ese papel espeso, duro,
ligeramente granulado en la superficie, salpicado
de pálido azul marino, que se pega o se dobla hasta hacer
bolsas de azúcar. La siguiente imagen:
mi madre y mi tía con los dedos pegajosos
en la tienda de ultramarinos de la familia.

Después de la escuela, empujando un cucharón de metal
dentro de un peludo costal de yute
a través de la escurridiza humedad,
ellas llenarían esas bolsas, luego harían su tarea.
Ustedes entienden, no hay prueba
de que esto ocurrió en realidad.

Estaba tratando de describir una habitación
en Leningrado (en el 65
ese era aún el nombre de la ciudad), los muros pintados
del color tradicional del siglo diecinueve,
el color al que llamé papel azúcar-azul
frente a una amiga en Nueva York, años más tarde.

II

Era el estudio de los padres de mi guía,
dos educados Peterburgueses
que habían sobrevivido al sitio,
dijo su hija, con los cuerpos demacrados
y unos ojos enormes como los ojos de Ruvlev
en los íconos del Hermitage —“Así
nos veíamos todos” —, y ahora, orgullosamente,
me mostraban libros, álbumes, panfletos
que protegieron durante los años terribles.

Di la vuelta a las páginas de papel delgado o grueso,
pensé en aquellos escritores y artistas
que se fueron a los gulags o a Paris, consciente
de estar tocando reliquias sagradas.

“Aquí está el primer verso publicado de Mandelstam”, Traducía
Galya. “Estos grabados en madera son de Goncharova,
y miren: Blok, Bely, Gumilev.”
“¿El afortunado que se casó con Ajmátova?”
(Así era yo de exhibicionista) “Sí” confirmaron ellos.
“Y este es el libro con la serie de poemas
dedicados a ella por Marina Tsvetaieva”
quien los tituló La Musa, y después dijo:
“Leo como si Ajmátova
fuera la única persona en la habitación.
Leo por la ausente Ajamátova”.
Quien no los escuchó, sino que llevó el manuscrito
en su bolso por años, hasta
que se partió de los pliegues y se desbarató.

III

Tal vez yo no tenía más de doce años cuando,
en el librero de mi tía, hecho de caoba con el frente de vidrio—
cuando limpiaba el polvo de sus intrincadas patas en forma de garras,
las guirnaldas de las hojas se balanceaban envolviendo
las cadenas de torsos femeninos
que surgían de las columnas laterales
como cariátides desnudas, o
como mascarones gemelos de ojos fijos
y rostros severos de implacables Sinos
en la nave de la espera
en la que ese librero (la misma pieza está ahora
en mi departamento de Londres; ese objeto singular,
cuya apariencia y contenido, me temo,
formó mi gusto para todo) se transformó—
encontré lo que sólo puede llamarse
“un delgado tomo”, con pastas blandas,
en una escritura y lenguaje desconocidos.

No recuerdo a la tía Ana traduciendo
una sola línea de sus páginas, ni explicar
jamás cómo logró adquirirlo.
Sin embargo me dijo algunas cosas sobre la mujer
que lo escribió —la primera vez que oí
esas palabras: Anna Ajmátova—
después, me pregunté qué tan importante
pudo ser la coincidencia del nombre para ella,
mi tía, que desde los días de empacar azúcar en bolsas
se veía a sí misma como una artiste manquée.

IV

¿Eres admiradora de Ajmátova?
Era, sin duda, una pregunta capciosa.
Rostros blancos brillando sobre negro
paredes azules y estantes de libros
como bustos de mármol en una biblioteca
los tres me miraban atentos.

“Tú sabes que no hablo ruso. Pero
hay algunas traducciones…”
No podía seguir así. Me sentía ridícula.
“Ahora está enferma”, decía Galya,
“pero sigue en el mundo.
Y qué buena vecina.”

¿Vecina? Era difícil imaginarla
en una situación tan mundana.
Como la seda tensa de un paracaídas
que se colapsa hacia adentro, que se hincha
con los vientos contrarios, las barreras
del tiempo y del espacio cambiaron de forma y de significado.

“¿Oyes ese sonido?” Mi incisiva mirada siguió
a la de Galya hacia el techo. “Ella debe sentirse
mejor hoy, está caminando en su habitación”.
“¿Anna Ajmátova vive arriba?”
Mi atemorizada, incrédula voz
Crujió como el entarimado del piso.

V

Preguntas suspicaces:
como si fuera necesario oír el simple hecho
reiterado una vez más;
implorando que me ayuden de alguna manera
a conocer a la famosa poeta,
a la testigo,
al monstruo sagrado,
a la anciana, mujer moribunda
— o al menos
que me ayuden a verla—
aunque sea sobre el hombro
de alguno de ellos, que pudieran tocar
a su puerta y dejarme ver
incluso si es sólo por un instante—
únicamente entreverla — un vislumbre—
Anna Ajmátova:
mi obsesiva
exigencia sobrepasaba todo pudor.
Pero ellas con firme insistencia, repetían
cada vez que yo preguntaba, que lo que
yo quería era imposible.

IX

Lo que yo quería era imposible. Lo que
yo quería hacía incómoda el resto de mi visita.
Muy pronto Galya y yo
estábamos diciendo adiós a sus padres
—a ese bello estudio tapizado de azul—
y bajando las escaleras.
Los mismos peldaños, etc, etc.
Todos los pensamientos obvios.

Me detuve para ver hacia arriba la fachada gris
(un agraciado edificio, tal como lo recuerdo) y,
creyéndome muy lista, pregunté como si nada
“¿Cuál es tu ventana?” Medio reacia,
medio divertida, ella me dio la respuesta que yo esperaba.

Hubo un tiempo,
en los cuarentas, después de la guerra,
cuando había guardias apostados
afuera de su casa,
y Anna Ajmátova
estaba obligada a aparecer,
mañana y noche, en su ventana,
para confirmar que no se había escapado
o matado.

Aunque me mantuve de pie
por mucho tiempo al día siguiente
en la acera opuesta
y miré fijamente hacia la ventana
esperando ver, detrás
del acucharado encaje de azúcar de la cortina,
la imagen borrosa de un rostro
que pudiera ser el suyo,
nadie estaba ahí.