Entradas con la Tag “Literatura hispanoamericana”
Cuando el año pasado supe que Rayuela, la novela de Julio Cortázar, iba a ser publicada por primera vez en Portugal, me alegré y me entristecí al mismo tiempo. ¿Cómo era posible que una obra maestra como Rayuela hubiese tardado 45 años en ser publicada aquí? Sentí pena por los lectores y escritores portugueses que no habían tenido la oportunidad de conocer a La Maga y a su bebé Rocamadour. Y es que muchos de nosotros, lectors y escritores latinoamericanos, nos enamoramos de Paris, y en Paris, siguiendo las páginas de Rayuela. Cortázar nos enseñó que la novela podía ser “otra cosa”, un cuerpo vivo, espiritual y libre. Conozco colegas que se saben capítulos de Rayuela de memoria y cuando los recitan las chicas caen como moscas a su alrededor. Yo creo que pocas mujeres podrían resistirse al hombre que le susurrara al oído el capítulo 68.
Pocos escritores latinoamericanos despiertan en el público la simpatía de Cortázar. Lo maravilloso es que sus simpatizantes también son sus lectores. Cientos de miles de cortazarianos por el mundo. Y cuando ya creíamos haberlo leído todo de nuestro maestro, aparece un libro con textos inéditos de Julio. Los editores lo han titulado Papeles Inesperados y contiene: 11 relatos; 3 historias de cronopios; una de las cuales reproduzco aquí en el blog; un capítulo del ‘Libro de Manuel’; 11 episodios protagonizados por Lucas; 4 autoentrevistas; 13 poemas; además de ensayos, prólogos y papeles inclasificables.
El libro está disponible en las librerías españolas desde el pasado 2 de mayo. A Colombia llegará el próximo día 15. ¡Qué afortunados somos los lectores hispanos! No quiero ni imaginar cuánto tardará este libro en ser traducido al portugués.
Vialidad (Historias de Cronópios y Famas)
Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto.
Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.
¿No sabe manejar, usted? ¿grita el vigilante.
El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:
¿Usted quién es?
El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.
¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?
Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.
El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse.
Julio Cortazar (1952)
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 Eva Durán, escritora y periodista colombina residente en Alemania, me envió este bello poema inédito para que lo compartiera con los lectores de Inventario. Es un texto estremecedor y valiente en su contenido. La mirada de una poeta posada sobre la mayor tragedia del siglo XX. Aquí tenemos al poema como verdadero vehículo de comunicación. En él se nota la exigencia estética y se oyen fuertes los reclamos de una mujer frente a la contradicción irresoluta de lo humano. Para Eva Durán el lenguaje es una tabla de salvación. Sus lectores también podemos asirnos a sus palabras.
(Por pedido expreso de mi amiga Eva Duran, el poema fue borrado hasta próximo aviso)
Web site/// http://laciudaddelaspalabras.blogspot.com/
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En la Semana Negra de Gijón tuve ocasión de conocer a Juan esteban Costaín (Popayán, Colombia, 1979). Su primera novela El naufragio del imperio fue finalista este año del Premio Espartaco a la mejor novela publicada en español en el 2007. El libro no ha sido editado aún en España, esperemos que esta importante nominación anime a sus editores.
Me gustó encontrármelo porque además de ser muy inteligente y culto es una persona bastante simpática. No quise desaprovechar la oportunidad para hacerle una entrevista, se lo propuse y acepto. Nos encontramos a las cuatro de la tarde del miércoles 16 de julio en un bar junto al Puerto Marítimo, muy cerca al hotel en el que nos alojábamos. Juan Esteban habla despacio pero con seguridad; es de sonrisa fácil pero de carcajada difícil. Se le ve muy cómodo aunque transmite cierta de timidez. No me cabe la menor duda de que él es uno de los autores más interesantes de la actual literatura colombiana. (more…)
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La Semana Negra de Gijón (España) es uno de los eventos literarios más singulares del planeta. El que no lo haya visto dificilmente entenderá a qué me refiero. Voy a contárselos muy por encima. Imagínense una gran feria, no de pueblo, una realmente grande, llena de chiringuitos en los que se vende de todo (desde comida y ropa hasta libros) y enormes atracciones mecánicas que convocan a miles de personas. Bueno, hasta ahí todo parece normal. Ahora imaginen que en el centro de esa gran fiesta hay un conjunto de carpas (como de circo) donde se reunen a conversar los escritores invitados. Además este año el Museo L´iber de Valencia, con Alejandro Noguera a la cabeza, representó en una carpa la histórica batalla de Gaugamela protagonizada por Alejandro Magno. Para ello se usaron más de 4.000 soldaditos de plomo.
Pacao Ignacio Taibo II es el creador, organizador y el alma de esta singular semana. El formato es sin duda alucinante y, hasta donde yo sé, único. Un grupo bastante numeroso de escritores, nunca menos de 15, y pueden llegar a ser más de 20, se sienta formando un círculo en el centro de la carpa. El moderador, por lo general otro escritor, abre la mesa anunciando el tema y dando alguna directriz. Con el asunto en el aire la discusión empieza a fluir. Es una conversación entre escritores en la que el público parece no contar para nada. Sin embargo los espectadores están allí como asistentes privilegiados en una reunión de colegas. Estás mesas redondas suelen durar una hora. Se preguntarán si un formato tan descabellado, con tantos participantes y tan poco tiempo, funciona. Pues sí, yo he estado allí dos años seguidos y sí, funciona, y muy bien. Además el público que asiste a los eventos literarios es numeroso y se le ve encantado. (more…)
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El novelista mexicano Antonio Sarabia (1944) recibió ayer el Premio Espartaco a la mejor novela histórica publicada en 2007. Este galardón, que se entrega en el marco de la Semana Negra de Gijón, es considerado uno de los más importantes que puede ganar una novela de este género. Paco Ignacio Taibo II declaró durante la rueda de prensa en la que hizo público el fallo de este y otros premios, que, ante todo, se trata de escritores que reciben el reconocimiento de sus colegas. También destacó que en los concursos que entrega anualmente la Semana Negra las consideraciones que toman los jurados para premiar una novela son estrictamente literarias.
Si están pensando en una buena novela para el verano tomen nota: Troya al atardecer de Antonio Sarabia, publicada en España por La Otra Orilla. Les aseguro horas de inmensa felicidad. En seguida una pequeña muestra enviada por el autor para los lectores de Inventario.
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La peste había azotado sin aviso al campamento, encajando sus despiadados dedos puntiagudos en la desprevenida carne de sus víctimas. Aparecieron primero algunos perros tiesos, los pelos erizados, los ojos fijos en la nada y los blancos colmillos a la vista, como intentando alejar a la muerte con un postrer gruñido o, no había manera de saberlo, como pretendiendo retener entre las rígidas mandíbulas el último aliento de vida que se les escapaba. Hedían a muerte y a malos presagios, a ruina y a exterminio. Siguieron varias mulas, tumbadas también sobre el costado, con las rígidas patas tendidas al aire, antes de que sucumbieran los primeros humanos. Las aves de rapiña huían sin atreverse a probar la carne de aquellos cadáveres de pupilas enrojecidas y bocas manchadas de sangre. Después, las piras funerarias se propagaron como aciagas columnas de humo más allá de los cascos, apuntalados por gruesos maderos, de la flota varada en la arena. Pero no importó qué tan lejos se quemaran los cuerpos: a pesar de la brisa que soplaba del mar, el acre olor a carne achicharrada se propagó durante días enteros por entre las hileras de barcos que, encallados con las popas vueltas hacia tierra firme dentro de una inmensa garganta situada entre dos promontorios, se extendían a todo lo largo de la playa.
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Publicado por: admin in entrevistas
De un tiempo a esta parte a mi al rededor solo se habla de Noela.
ANTONIO SERRANO CUETO ENTREVISTA A ANTONIO SARABIA A PROPÓSITO DE “PRIMERAS AVENTURAS DE NOELA DUARTE”
1. ¿Cómo surge la idea de escribir un libro “a seis manos”? Tarea fácil no es, y mucho menos cuando los autores residen en distintos países. Sin embargo, has confesado que ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de tu carrera de escritor.

En el principio no está el verbo sino la amistad. El verbo viene después y hay que sentirse bien arropado dentro del verbo de los demás. Es decir, la relación con Fajardo y Ovejero viene de muy lejos. Está llena de afecto, admiración, respeto mutuo y una gran complicidad. Sin estos elementos fundamentales, la tarea habría resultado imposible. No solo tienes que conocer y apreciar el estilo literario de los autores con quienes te vas a asociar, tienes que gustar de antemano de él y aceptar que cualquier cosa que se les ocurra es válida dentro del trabajo de conjunto.
2. ¿Quién es Noela Duarte? Muchos lectores pueden preguntarse si realmente existió esta extraordinaria mujer. Lauren Mendinueta y tú mismo la presentáis en vuestros blogs plena de realismo, pero al mismo tiempo con un perfil muy literario.
Digamos que Noela Duarte existe. La protagonista del libro nace de un personaje independiente que rebasa largamente al que hemos recreado entre los tres. Tiene una historia personal, una biografía que no ha sido agotada ni mucho menos, por lo que apenas hemos empezado a contar en “Primeras noticias de Noela Duarte”. ¿El personaje de la novela ha sido creado por nuestra imaginación?: sí. ¿Existe de manera independiente más allá de nuestra imaginación?: también.
3. La protagonista de la novela es una mujer moderna, profesional del periodismo y destacada fotógrafa. La historia transcurre además en la segunda mitad del s. XX. ¿Hay en Noela algún tipo de reivindicación feminista?
La verdadera feminista, para mí, es en primer lugar, una mujer orgullosa de su sexo y de su calidad de mujer, no una de tantas despistadas que andan por la vida negando su propia naturaleza y queriendo imitar la del hombre. Eso me parece un desperdicio y una lástima. En ese sentido, Noela Duarte es una real hembra: inteligente, sensible, arrojada, independiente, hermosa e intensamente femenina. Sus atributos, en cuanto mujer, no son ni mejores ni peores que los del hombre, sólo diferentes. Y ella los hace valer como tales.
4. ¿Que valores destacaría en Noela Duarte?
El personaje femenino con quien más me gusta comparar a Noela Duarte es la Porcia shakespeariana de El Mercader de Venecia. Es la heroína que más admiro desde la adolescencia. Creo que ambas comparten muchos atributos. Volviendo un poco a lo del feminismo, Porcia es un personaje mucho más atrayente y admirable que todos los protagonistas masculinos de El Mercader de Venecia. Sin embargo, no deja de ser mujer. A Porcia la mueve el amor por un hombre. A Noela la mueven multitud de diferentes razones pero el resultado es el mismo. Triunfan en lo que hacen.
5. En la infancia de Noela Duarte está presente la música, sobre todo por el trabajo de su padre en la orquesta. ¿Qué protagonismo tiene la música en la novela? Eric Clapton, Oswaldo Duarte, Carlos Esquívez… ¿Hay un homenaje en este libro a la música de guitarra?
Los tres autores tenemos una gran debilidad por la música. Fajardo y yo, en particular, por la música latinoamericana. Somos fanáticos de los boleros y de la música tropical. Noela es medio cubana, su padre se ganaba la vida tocando en una banda y el apellido Duarte tiene una gran tradición en la música cubana. Ernesto “Tito” Duarte fue un famoso multiinstrumentalista y Rafael Duarte es un mítico pianista y compositor de boleros. Es natural que el factor música aparezca, tan ligado a la vida de Noela, aparezca en el libro. En cuanto al hecho de que Oswaldo, el padre de Noela tocara la guitarra y Carlos Esquívez también, me parece más bien una coincidencia.
6. ¿Qué representa este libro en su carrera literaria?
Es una primicia en cuanto trabajo colectivo y un apunte de qué tan lejos se puede llegar en la colaboración con otros autores. He dado a leer la novela a algunos amigos que se supone nos conocen bien, tanto a nosotros en lo personal como a nuestro estilo literario en particular, y han sido incapaces de identificar con certeza quién de los tres escribió tal o cual episodio. En ese sentido “Primeras noticias de Noela Duarte” es un experimento exitoso. El Internet y los medios de comunicación masiva nos permitieron trabajar juntos y sin trabas. A pesar de que Fajardo está en París, Ovejero en Bruselas y yo en Lisboa la comunicación fue siempre excelente. Cada uno podía enterarse al instante de lo que hacía el otro o consultar cualquier duda. Pienso que otros autores seguirán nuestros pasos. Puede volverse una forma habitual de colaboración en el futuro.
7. Finalmente, enumera para los lectores tres motivos por los que han de leer este libro.
Hombre, sólo voy a enumerar uno: es buenísimo.
El libro Pimeras Aventuras de Noela Duarte se presnta mañana 12 de junio en la Feria del Libro de Madrid en el pavellón de Círculo de Lectores a las 20 h.
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El pasado enero, durante el Hay Festival de Cartagena, mi amigo Libardo Barros Escorcia entrevistó al novelista argentino Martín Kohan, autor galardonado con el Premio Herralde por su novela Ciencias Morales en el 2007. Esta entrevista es inédita y hoy se publica en Inventario gracias a la generosidad de Libardo.
CÓMO VIVIR NO SABIENDO CUANDO EN VERDAD SE SABE
Por: Libardo Barros Escorcia
Los dispositivos en los que se apuntalan los gobiernos despóticos para sustentar su hegemonía empiezan por el constreñimiento de las libertades sociales gracias a que cuentan de antemano con el consenso cínico de un importante grupo de ciudadanos, lo cual les deja el camino expedito para la institucionalización de un desmedido enriquecimiento de los sectores productivos. Cuando los totalitarismos (de derechas, de centro o de izquierdas) se maximizan desembocan en un deterioro o desaparición de las empresas locales lo cual empobrece a la mayoría de la población, lo que, a su vez, termina desatando una demencial violencia.
En la Argentina de Videla, en el Chile de Pinochet, como en el resto de los gobiernos latinoamericanos, imperó en su momento un despotismo de estado, reciclado en la actualidad, el cual se disfraza con sutiles eufemismos, pero sus efectos son los mismos, ya que además del despojo de sus recursos naturales, se somete a estos países a un chantaje económico diseñado por las multinacionales que exigen ventajosas condiciones como garante de la venta de sus productos. Para lograr su cometido se valen de políticos y administradores locales sostenidos a cambio de un sueldo-soborno, a lo que se agrega una serie de estrategias ideológicas (medios de comunicación, religión, educación y penetración cultural, entre otros) para hacerle ver a la población que sin las alternativas planteadas por ellos la vida no sería posible.
En consecuencia, es una falacia imaginar que un país conformado por hombres y mujeres tan dependientes pueda aspirar a ser libre. Es también, en la mayoría de las veces, mentirosa la “crítica social y política” que se ejerce de manera mercenaria en la prensa regional y un descarado artificio la tarea que llevan a cabo las llamadas instituciones de “control” del Estado.
Estos descontentos han sido expresados cientos de veces, con mayor énfasis durante los últimos treinta años por personas que jamás claudicaron ante la hegemonía de los poderes privados (camuflados en el Estado) y toda su parafernalia, pero aún se sigue viviendo como sino se supiera, como si fuera la primera vez que se oyera y, lo peor, como sino existiera la menor disposición para comprobar su certeza.
Las circunstancias que alimentan la obra de Martín Kohan se enmarcan en la historia reciente de la Argentina, común en gran medida al resto de Latinoamérica. En su amplia producción literaria y ensayística establece unos linderos bien claros al señalar que su obra literaria se ocupa de hechos sociales y políticos, pero sólo desde la resonancia que tienen en las personas, del sentido que ganan en circunstancias específicas. Se aprecia en sus textos una amplia reflexión de la circunstancia humana en realidades concretas, ya que en los momentos más difíciles sale a flote la verdad esencial que sustenta la vida de cada individuo, pese a la sociedad en la que le haya tocado vivir.
Estuvimos en su destacada intervención en el marco del reciente Hay Festival en Cartagena de Indias. Sus ideas me suscitaron algunas dudas que valía la pena requerirle en otro tipo de conversación, a la cual accedió con gusto este amable profesor de Teoría Literaria en la Universidad de la Patagonia y la de Buenos Aires.
Nuestro país, al igual que el suyo en su momento, atraviesa hoy día por una especie de amnesia voluntaria, o peor aun, un cinismo institucional en el cual la sociedad se siente rodeada por todas la violencias y, para colmo de males, harta de la galopante corrupción institucional ¿Cómo asume desde su experiencia esta situación?
Interpretaría que no funciona sólo a nivel político y recae en el funcionario público o el militar. La eficacia de ese mecanismo funciona en todos los niveles sociales. Si fuese sólo una estrategia de la dirigencia política o militar no sería tan grave, porque en última instancia la dirigencia quedaría desencontrada de su propia sociedad. Me parece que en realidad es un mecanismo que está entre la evasión y la autoinculpación y que funciona en todos los estratos sociales; creo que es un dispositivo de autoinocentación.
La situación de la Argentina en los años de la dictadura era evidente, pero la maquillaban y el país tuvo que acudir a muchas argucias ideológicas para sostener el orden. ¿Existió alguna complicidad entre los responsables directos de esta circunstancia y quienes no decían nada, callaban descaradamente?
La sociedad argentina, luego de la dictadura, se presentaba a sí misma como doblemente víctima de todo lo que pasó: de la represión estatal y la lucha armada de los grupos insurgentes. La llamada teoría de los dos demonios. Si había dos demonios había una doble victimidad. La sociedad inerme, neutral, rehén, entregada a estas dos fuerzas malvadas que chocaron sobre su cuerpo doliente. Y eso no fue así, creo yo. En primer lugar porque no se puede equiparar a las dos fuerzas. Me parece que fue la solución más cómoda con la cual la misma sociedad pretendió eludir ese punto donde esa pasividad era complicidad y no solamente victimidad. Lo de la complicidad te lleva a la cuestión de si se sabía o no se sabía. Sobre todo algo más complicado, del saber o no saber. ¿Cómo vivir no sabiendo cuando en verdad se sabe? Esto lo rastreé en mi novela desde situaciones habituales. A mi me interesa, por eso, lo que la literatura puede tocar en lo más concreto de la experiencia. Porque es ahí donde los dispositivos de la represión o de la complicidad funcionaban camuflados en la vida cotidiana. Traducir todas estas abstracciones a una materialidad concreta y por lo tanto diaria de esos mecanismos.
¿Qué escritores han profundizado en esa negación de lo evidente?
Algunos escritores chilenos después de la dictadura de Pinochet. Se vio mucho en Argentina desde mediados de los años ochenta. Sobre esta cuestión nombro a Pilar Calveiro. Sus libros han sido para mí un referente de mucha lucidez sobre esta cuestión. Así mismo, los ensayos de Hugo Besetti. Estos autores, entre otros me han ayudado a entender.
En su reciente exposición afirmaba que cuando comenzó la dictadura Argentina tenía nueve años y, por lo mismo, no había formado parte de ninguna militancia, ni supo de las cosas tal como fueron en su momento . ¿Cómo puede contar entonces algunos hechos tal como sucedieron?
Yo no narro desde la vivencia, por cuestiones lógicas. Ni siquiera hago uso del testimonio. Esa no es mi perspectiva, como dije. Hay otros discursos, el histórico, las memorias, que son más adecuados para esa función. Mi literatura no está centrada en los acontecimientos políticos por carecer de una memoria o una militancia de la que deba dar cuenta. Mi acercamiento a estos materiales es distinto del que escribe desde el discurso testimonial. Mi referencia a los hechos históricos es oblicua, dispersa. Nunca en clave realista. Exploro otros aspectos de las circunstancias sociales. Por la sencilla razón de que son más que eso. Son significaciones sobre la realidad pura de los hechos. Es más importante la significación volcada sobre ellos que la realidad de los hechos. Por eso no concedo importancia a la investigación. Tampoco trabajo sobre mis propias vivencias. Le doy gran importancia a los ecos y las resonancias interiores sin preguntarme de dónde vienen.
Sobre la realidad sociopolítica en la cual se enmarca su libro más reciente, Ciencias morales, ganador de un importante premio, ¿cómo asume su vivencia como bachiller del Colegio Nacional de 1980 a 1985 en la debacle de la dictadura y comienzo de la democracia?
No asumo el tema central, que es la autoridad, el autoritarismo, desde mis vivencias. No le encuentro mucho interés. Lo que busqué trabajar en el colegio de la Patria, el de la tradición, el de los próceres, fue la realidad desde las autoridades, más que el mundo de los estudiantes. El aparato de control, el aparato de disciplina, la imposición del sentido del deber. Ver cómo esos dispositivos rigurosos y fuertemente morales no hacen sino llevar a las formas más perturbadoras de degeneración. Por eso muestro a la preceptora, quien pese a su carácter implacable y represivo, cree que lo hace de la mejor manera según sus funciones y obligaciones.
¿Por qué entonces eligió este colegio y no otro?
Porque hace parte de los mitos de la identidad nacional, y esos mitos son importantes porque movilizan voluntades. Además, la literatura me permite enfrentar mi completo escepticismo contra la tremenda eficacia de la mitología nacional. Y otro mito importante que tenemos los argentinos es creer que estamos destinados a la gloria, pero existe en contra nuestra una cierta conspiración internacional. Esa épica nacional del fracaso, tanto en lo político como en lo deportivo. El mejor ejemplo es Maradona, quien viene a ser el resultado de esos dispositivos y a la vez quien mejor los maniobra. Por el otro lado está la épica de la derrota deseable, como sucedió en la guerra de las Malvinas. A mí me interesan esos temas de la mitología patriótica desde distintos modos.
¿Cuál es entonces el verdadero rostro oculto en todo aquello?
Que al profundizar en el mundo de las autoridades y no el de los estudiantes, que fue el que yo viví, descubrí que detrás de todos aquellos seres implacables y siniestros se revelan unos pobres tipos. Lo cual no quita que no merezcan alguna clase de compasión. Videla tiene un hijo con discapacidad mental. Esto podría servir como material para un cuento, si lo ponemos en una cena en su casa. Videla es un tipo muy rígido moralmente, muy convencido, un asesino, pero es un criminal muy convencido de haber obrado completamente en el terreno del bien. Pero, pese a lo aberrante de su comportamiento, es un pobre tipo. Esto aumenta mi desprecio por la sordidez y la miseria de figuras como él presentes aún en todas las instancias de poder en Latinoamérica. Por eso no deja de ser inquietante saber cómo sería una noche, una cena, en casa de esos tipos.
A pesar de la claridad que siempre hace entre el deslinde de la política y sus libros, no ha dejado de hablar de política, ¿qué tan cerca puede estar la política de la literatura y en qué se sirve la una de la otra?
A mí me interesa cuando la literatura es política precisamente porque es literatura. Porque la literatura hace con los hechos políticos y con el pensamiento político algo distinto de lo que la realidad política suministra, ahí está el plus. La literatura no es la continuación de la política por otros medios. Tampoco la literatura es la ventana desde donde se puede ver la política. La literatura es algo en sí mismo. Cuando aborda una situación lo hace para transformarla. Que descubra las significaciones, los imaginarios, que no detecta la realidad política misma. No estoy hablando de reducir la realidad a la literatura. Se trata de ver cómo la literatura interviene sobre esa realidad. Lo que imaginamos forma parte de nuestra realidad; por lo tanto, la realidad incluye nuestros imaginarios. Todo lo que imaginamos está metido en la realidad con las cosas materiales y concretas. No se puede hacer literatura como si fuese la realidad, porque no lo es. Me interesan los efectos que tiene la ficción sobre la realidad, su mediación. Hago la salvedad de que el récord de investigación sobre mis novelas históricas es de 6 minutos, el día que me apliqué.
¿Cuál cree que sea la dimensión pedagógica que tiene su obra en la sociedad?
No lo pondría en términos de pedagogía. Soy docente, pero la función pedagógica que ejerzo como profesor no la trasfiero a mis libros. No pienso la literatura trasmitiendo un mensaje o trasmitiendo una certeza, sino más bien indagando sobre otras cuestiones, poniendo a circular significados que reboten sobre otros significados. Ideas, criterios, sentidos, que reboten sobre otros sentidos y provoquen cosas que no puedo proveer. No soy dueño de una verdad que trasmito pedagógicamente a través de mis libros, yo sólo detecto algunos sentidos y los pongo en circulación en un texto, y eso sé que va a rebotar en la lectura con otros sentidos y con otras sensibilidades, y yo no gobierno ese efecto. Más bien tengo la expectativa de qué va a pasar con eso en la lectura.
¿Lo piensas como una idea que suscita otras ideas?
Así funciona para mí la literatura. No sé lo que suscito. Es mi forma de vida, en realidad. Es un temperamento, también una forma de ser, tan simple como eso.
Se define, pese a su educación judía, como ateo y antisionista, además, como un escéptico y a la vez un irónico no pacifista. ¿No cree que esta es una actitud cínica frente a la vida?
Es bastante difícil definir mi judaísmo. No me casé con ninguna judía, mis estudios primarios los cursé en un colegio judío, lo cual generó en mí un ateísmo indomable y un antisionismo radical. No comparto, prácticamente en nada la política de Yaveh ni la política del estado de Israel. En cambio, sí colaboré con la gente que se fue a plantar naranjos al desierto del Sinaí. Lo que tengo de judío es el humor, el gusto por su música y otros elementos de su cultura. No escribo desde el judaísmo, ni me considero un judío profesional. Tampoco soy esa especie de cínico posmoderno que descreo de todo, que todo me resbala. Si ironizo de las mitologías nacionalistas, eso es otra cosa.
¿Es usted pacifista…? 
No soy pacifista. No lo puedo ser porque apoyo la violencia revolucionaria. Sé lo que eso significa en esta época que la sola palabra revolución debe ponerse entre comillas. Pero uno puede constatar cómo la clase dominante ofrece una resistencia violenta con la que hay que contar a la hora de querer cambiar ese poder. Creo en la movilización revolucionaria de las masas. En ello percibo una épica, una forma narrativa con la que se puede mediar entre literatura y política. Como para mí no hay una épica de guerra nacional, lo que me interesa es cómo la literatura argentina volvió sobre la guerra de las Malvinas, cómo la despojó de esa épica guerrerista y le inventó una manera diferente de narrarla. Con ello logró el desmoronamiento de esa mitología nacional. En cambio, sí creo en la épica revolucionaria, porque considero que el mundo es injusto y hay que luchar porque sea más justo.
Libardo Barros Escorcia: Doctor en Ciencias Históricas. Profesor de la Escuela Normal Superior La Hacienda y catedrático de Uninorte.
Fotos de Martín Kohan: Libardo Barros Escorcia
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Conocí a María Fasce en el 2007 durante un encuentro de escritores en Matosinhos, Portugal. De cena en cena, de conversación en conversación, se fueron creando lazos de amistad entre nosotras. Eso fue en abril, y por entonces la escritora argentina vivía en Barcelona donde, además de escribir, trabajaba como editora. En diciembre, cuando María me envió su cuento para el blog se encontraba pasando vacaciones en Bogotá junto a su esposo y su hijo. Recientemente supe por ella misma que este año ha dejado Europa para instalarse otra vez en su piso de Buenos Aires.
Aunque María es muy joven ya es considerada una de las mejores narradoras latinoamericanas. Sus libros La Felicidad de las Mujeres (cuentos) y La Verdad según Virgínia (novela) exploran el lado íntimo de las tragedias cotidianas con tanta sutileza que despierta en el lector una curiosidad que sólo puede saciarse con horas de feliz lectura.
María Fasce además de bella, inteligente y talentosa es una persona francamente encantadora.
NIEVES
María Fasce
Cuando me desperté no sentí las piernas. Me pellizqué y esperé a que pasara, como con los calambres. Pero no pasó. Busqué la mancha de humedad en la esquina del techo, la silla con mi ropa de ayer, la guarda azul en el borde de la sábana, las cosas que me eran familiares. Muchas veces, de niño, me despertaba en la noche, o ya de madrugada y tenía que darme el tiempo suficiente para reconocer mi habitación. Dormí en hoteles y en habitaciones de amigos de mis padres en París, en Londres, en Sevilla, en Madrid, y el resto del tiempo, en Barcelona, en un cuarto pequeño con ruidos distintos en cada pared. Hasta que nos mudamos a una casa de campo en Espera. De noche no se oía más que el silencio tachonado de ladridos.
Ahora estaba en mi casa de Buenos Aires. Cada tanto sonaban los neumáticos sobre el asfalto húmedo, y yo ya no era un niño sino un hombre, aunque por el momento no pudiera caminar.
Me tiré al suelo desde la cama, igual que hacía Nieves cuando quería bajarse de la silla y no había nadie para ayudarla. Me puse de rodillas y di así unos pasos, pero era difícil. Entonces me tendí otra vez y empecé a reptar hasta el pasillo.
La casa estaba a oscuras pero afuera ya debía haber comenzado a amanecer. Era difícil saberlo en Buenos Aires sin mirar el reloj, porque no cantaban los gallos. Avancé impulsándome con los codos hasta la alfombra junto a la biblioteca, y allí me quedé dormido.
También había otros ruidos en Espera: los cazadores. Un cazador mató a la madre de Bambi, y yo corría a la cama de mamá para sentirla respirar. Algunas noches los perros se peleaban bajo mi ventana. Dormían en el sofá de la galería, el que mamá había sacado convencida de que adentro del relleno se había escondido un ratón.
“Ya es de día”, dije tironeando la frazada de mamá, y fuimos al colegio por un camino de tierra, salpicando piedras hacia el verde donde crecían los pinos. “Una liebre”, dijo mamá, siempre estaba viendo liebres que yo nunca veía.
Nieves pasó su manito por mi cara. Nunca había conocido a nadie que se llamara Nieves, y tampoco conocía la nieve todavía. Nieves se desmoronaba de pronto, su pequeño cuerpo blanco esperaba en el suelo a que los brazos de su madre la rescataran.
Era mi primer día de clases y el colegio no se parecía en nada al de Barcelona. Por la ventana del aula se veían las ovejas pastando y durante el recreo, en el patio, el olor a abono nos hacía entrecerrar los ojos y taparnos la nariz. Miraba a los demás niños y trataba de imitar el modo en que hablaban, como cantando, y decían peze y motó. También en Barcelona había tenido que aprender a hablar de otro modo. “La madre es argentina”, había dicho Montse y yo dije que no entre furioso y ofendido, que mi mamá no era argentina, porque la maestra lo había dicho como si fuera algo malo. Como si fuera un defecto. Pero lo de Nieves no era un defecto, ella no podía caminar. Su madre la acompañaba al colegio y se quedaba a veces con nosotros, la llevaba en brazos a todas partes, o en cochecito (yo había tenido que dejarlo en Barcelona, antes de la mudanza). Nieves podía elegir los mejores juguetes y hasta tenía una maestra para ella sola.
Esa tarde empezaron los calambres, en el baño. Mamá me bajó del inodoro y me llevó en brazos a la cama. Me dijo que cuando me despertara iríamos a dar un paseo por el campo, y a juntar vinagrillos, que eran unas flores amarillas que tenían un tallo largo y fino, con agua adentro. Pero yo no quería dar paseos, no quería caminar.
Nieves vivía en la casa más bonita de Espera. Una gran casona amarilla con una palmera adelante. Se veía desde cualquier punto del camino y se llegaba a ella a través de los olivares. La veíamos cuando íbamos al colegio y cuando íbamos a la gasolinera, al supermercado, al barrio alto. Yo movía la mano desde la ventanilla y adivinaba la carita de Nieves detrás de su ventana, casi podía ver su vestido azul con flores, la nariz contra el vidrio empañado.
En ninguna otra parte había tantos vinagrillos como en la casa de Nieves. Fue ella la que me enseñó a chuparles el tallo. Nos tirábamos de espaldas sobre los tréboles, a sorber el jugo ácido. “Por eso les dicen vinagrillos”, me dijo. Y que se casaría conmigo si encontraba un trébol de cuatro hojas. Pasé horas contando las hojas de los tréboles. Aún hoy sigo buscando un trébol de cuatro hojas, pero no hay muchos tréboles en Buenos Aires.
Me enseñó a dibujar estrellas fugaces y árboles de Navidad. Los pintaba con cuidado, moviendo la mano brevemente de arriba abajo, sin salirse nunca del contorno. Aprendió a escribir mi nombre: Pablo. La pierna de la P y las de la A larguísimas.
Le regalé tres luciérnagas encerradas en un frasco para que lo usara de velador, pero Nieves no le tenía miedo a la oscuridad. Una tarde llegué a su casa y no estaba esperándome junto a la palmera. Entré y me encontré a su madre en la sala, las piernas debajo del mantel, junto al brasero. Por un momento me pregunté si no había sido así como Nieves había dejado de caminar. El fuego le habría quemado las piernas. Pero entonces recordé sus piernas blanquísimas, las había visto cuando fuimos juntos al baño del colegio. No, debía de haber sido más bien como los calambres que me daban a veces, habría nacido con ellos y nunca habría aprendido a caminar. “Está en el cuarto de juegos”, me dijo su madre. Me asomé y estaba todo a oscuras. Iba a salir cuando sentí el olor a mandarina. Me senté junto a ella y estuve allí, oyéndola respirar, hasta que su madre prendió la luz.
Lo que más le gustaba eran las mandarinas y las zanahorias. Se vestía de color naranja, o de azul, como Cenicienta. Cuando vino a jugar a casa le manché el vestido con témpera pero no se enojó. Vimos Cenicienta y cantó con los pajaritos, y después con los ratones en la parte en que hacen el vestido, que era mi preferida. Antes que llegara la escena del baile la arrastré hasta el cuarto de mamá y le regalé un collar de piedras amarillas que colgaba de una punta del espejo.
Y sin embargo, el día en que vinieron las dos, Lucía bailó. Dio vueltas y vueltas como un tulipán. Yo me quedé mirándola embobado y dije: “Qué bonito bailas, Lucía”. Hubiera querido recuperar mis palabras como un barrilete que se escapa de la mano, pero ya era tarde. Miré a Nieves y supe que la había hecho sufrir. También yo estaba sufriendo, pero qué importaba. Hubiera dado mis piernas por que no llorara. No, eso era fácil, yo no quería caminar. Hubiera dado mis ojos, esos que se abrían cada mañana esperando el momento de verla. Pero lo único que se me ocurrió fue el chupete. Se lo llevé al colegio, la mañana siguiente, y ella lo miró como a una araña. Entonces volví a guardármelo en el bolsillo y lo tiré por la ventanilla del auto de regreso a casa.
A la entrada del colegio habían colgado un gran afiche que anunciaba el Belén Viviente en la Plaza del Ayuntamiento. Fuimos ese sábado con mis padres y los de Nieves. Subimos la cuesta empinada hacia el barrio alto. Yo apoyaba la mano en su cochecito y caminaba despacio, atónito por las antorchas, las ovejas, los burros, los pastores, las lavanderas y la noria girando en la oscuridad.
Papá me alzó en sus hombros para que viera a los Reyes Magos, y al bajarme, se me habían dormido las piernas. Pero se me pasó enseguida, ni siquiera sale en el video que filmó mamá, que fue mejor que el Belén Viviente porque podía verlo miles de veces, detenerme en la cara de Nieves una y otra vez, como hago ahora, tendido en el suelo del pasillo.
Nieves y yo de la mano, asomados a la cabaña del niño Jesús, que tomaba la teta de una Virgen gorda y rosada que yo había visto comprando salchichas en el supermercado, Nieves cantando villancicos “Ande ande ande, la marimorena, ande ande ande que es la Nochebuena”. Nieves comiendo buñuelos de azúcar. Nieves dormida bajo el toldo del cochecito.
Si lo pienso, el tiempo con Nieves es como una única tarde sin siesta. Y sin embargo hicimos tantas cosas. Recogimos aceitunas en los olivares de su casa: ella estaba sentada sobre los tréboles, al lado de las redes y los hombres sacudíamos las ramas con palos para que llovieran las aceitunas. Ella les sacaba las hojas y las guardaba en una bolsa de alpillera. “A que no te comes una oliva cruda”, me dijo y comí tres. Miramos pasar cientos de nubes: nubes pétalo y elefante, nubes vaca y nubes montaña. Y las garzas, volando con las patas juntas. “Parecen bailarinas”, decía Nieves fascinada. A mí no me gustaban, buscaba mariposas blancas y más vinagrillos para distraerla.
Al final del verano nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Nieves se había ido de vacaciones con su familia y ni siquiera pudimos despedirnos. Papá nos llevó a Bariloche, a conocer la nieve. Aplasté un copo contra mi cara y sentí lo mismo que cuando Nieves me tocó, el primer día de clase en Espera: hielo y fuego, y el corazón cabalgando.
La luz de la ventana me dio en los ojos. “Mamá”, grité, “ya es de día”. Pero nadie contestó.
Rodé de lado hasta la biblioteca y me fui encaramando a los estantes hasta quedar de pie frente al portarretratos: mamá y yo años atrás, nuestros peinados y trajes de baño pasados de moda. Cerré los ojos rápidamente y vi la foto que la mamá de Nieves nos sacó ese verano junto a la palmera.
Ahí nomás, en el perchero, estaba mi abrigo. Me costó reconocerlo, parecía demasiado grande, pero me iba perfectamente. Me lo puse y salí a la calle.
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Esta semana tengo el privilegio de publicar un relato que comenzó como carta. Al final, para alegría de nosotros, sus lectores, el autor fue “engatusado” y convirtió la carta en cuento. Varias circunstancias se unen para que la aparición de “Gatomaquia” sea memorable. La primera, que el texto esté dirigido y dedicado a Álvaro Mutis y a Carmen, su mujer. La segunda que el autor del cuento es uno de los más grandes escritores mexicanos, Antonio Sarabia. Y la tercera que, gracias a la generosidad de Antonio, el cuento se publica por primera vez en Inventario. La historia, aunque fantástica, es verídica según afirma el autor. El mismo Antonio me contó que por tratarse de gatos, y recordando el afecto de los Mutis por estos animales, decidió relatarles su curiosa experiencia en una carta que envió desde Paris a México después de unas vacaciones junto al mar. Pienso que la publicación de este cuento epistolar es una buena manera de unirme a los homenajes que mi compatriota ha recibido durante la semana pasada en México. Mil felicitaciones por sus 75 años, otras mil por sus libros que no tienen edad y pertenecen al legado de la gran literatura escrita en lengua castellana.
Gracias a Antonio Sarabia por el cuento y a Daniel Mordzinski por la foto.
GATOMAQUIA
Para Álvaro y Carmen Mutis este cuento que comenzó siendo carta.
Ya sé por qué, en otros tiempos, el mero atisbo de un gato negro en el camino hacía retroceder al más pintado. Sé también por qué, en el Japón, se les creía capaces de mutarse en mujeres y por qué, en muchos cuentos árabes, los genios se presentan a menudo en forma de gatos. Se engañan, diría yo, son los gatos, más bien, los que se trocan en genios para aparecerse. Porque esos sedosos canallas insumisos son todo lo que de ellos se afirma, más lo que aparentan ser y lo que en realidad son, cosa ésta que nadie logrará averiguar nunca con certeza. A mí, hasta hace poco, sólo me inspiraban una desconfianza instintiva nacida sin duda del supersticioso temor que me inspira su facultad de penetrar con los ojos ahí donde la oscuridad ciega mi mirada miope. Me mortificaba también el insaciable onanismo que les hace venir, cuando les da la gana, a restregarse a nuestras piernas para acariciarse a sí mismos con una lasciva incontinencia que, bien mirada, posee todos los agravantes legales de una violación diminuta.
El hecho es que durante mis últimas vacaciones en Puerto Vallarta, en la costa mexicana de Jalisco, mi hijo Bruno, quien por su edad no está al tanto de mis anteriores objeciones, se amistó con un felino famélico de pelambre gris a rayas amarillas que ya había entrevisto yo cazando ratones por los jardines que bordean la playa del lugar, y lo introdujo sin más preámbulo en la cocina de la casa para hacerle beber un poco de leche en una escudilla que mi mujer improvisó para el caso.
Este gato, al que prefiero llamar portuario y no porteño para mantener a prudente distancia ciertas susceptibilidades sudamericanas capaces de encontrar alguna viciosa alegoría en esta crónica, empezó a maullar pidiendo más leche y más comida hasta que mi esposa y yo juzgamos que se le había dado suficiente y decidimos echarlo de la casa.
El felino se marchó de mala gana, a todas luces descontento de lo que debe haber considerado una imperdonable tacañería de los humanos, sólo que minutos más tarde se presentó otro, éste de un negro alquitrán y, pese a no estar invitado, reclamó con minuciosos frotamientos, ronroneos y maullidos el mismo trato que el gato precedente. Al irse vino uno color miel y después, al partir el anterior, otro más, rojizo y manchado de oscuro. Así se fueron turnando, uno tras otro, alrededor de una media docena de gatos a cual más hambriento y exigente.
Hasta aquí el relato no parece relacionarse con las supersticiones del principio. Todo podría reducirse a una suerte de chismografía gatuna en la que el primero avisó al segundo y así sucesivamente hasta que entre todos agotaron nuestras existencias de leche y carne molida. Hubo que proveerse de más, desde luego, porque el episodio se repitió invariable durante los días siguientes: los gatos visitándonos uno a uno, sin jamás presentarse dos al mismo tiempo. Este hecho, tan peculiar de por sí, debió abrirme los ojos a la singularidad del evento pero lo cierto es que, en un principio, no recelé nada anormal.
Una tarde, poco después de la puesta de sol, hora en que los gatos solían iniciar su interminable ronda de visitas, observé por casualidad a uno de ellos introducirse tras un macizo de flores y, casi al instante, vi reaparecer otro de distinto color. Me aproximé a registrar el seto y no pude hallar rastros del primero por más que exploré entre el follaje. Me rasqué la cabeza perplejo. Ni modo que se escurriera mientras yo estaba observando. Se había desvanecido, sin más, ante mis ojos atónitos. Ya sé que de noche todos los gatos son pardos pero éste era el rojizo con manchas oscuras, imposible confundirlo con el gris de rayas amarillas que advertí deslizándose tras las bugamvilias.
Esta constatación me llenó la cabeza de dudas. Recordé, consternado, la bien documentada connivencia entre gatos y magos. Se me ocurrió que, después de tantas generaciones de servir como mascotas a nigromantes y hechiceros, bien podían haber aprendido algunos trucos. Una sospecha me cruzó entonces por la mente. Una sospecha que, por lo descabellada, no participé ni a mi mujer ni a mi hijo. Me vino a la memoria que si bien es cierto que en una época los adoraron en Egipto, también es cierto que en otra, posterior, los inventariaron en París. Esa preocupación de los franceses por determinar su exacto número me proporcionó la clave del enigma: ¿cómo es que, a pesar de las constantes visitas vespertinas del clan felino a nuestra casa jamás les habíamos visto juntos?
Llegué a la conclusión de que estábamos siendo embaucados (literalmente engatusados) por un solo felino insaciable mostrándose a voluntad bajo diferentes aspectos. Por eso cuando Bruno, seducido por los ronroneos de aquel tramposo atigrado, insistió en adoptarlo, yo me opuse temiendo adquirir una voraz tribu de mutantes camuflándose bajo una sola apariencia, o viceversa. Sin embargo, Lorenza, mi esposa, se alió con su deseoso vástago y, a pesar de mis protestas y objeciones, decidieron llevárselo consigo.
Por suerte el gato pareció anticipar sus intenciones, no por afectuosas menos aviesas. Estoy convencido de que prefirió la soleada costa del Pacífico a los duros fríos invernales de la glacial Europa, sobre todo si se puso a considerar la pertinaz lluvia a la intemperie sobre los tejados parisinos. El caso es que desapareció como por ensalmo, sin prevenir a nadie ni dejar pista alguna sobre su posible paradero.
Lo que no se explican ni mi mujer ni mi hijo, a quienes jamás puse al tanto de mi descubrimiento, es que al irse ese gato ningún otro haya vuelto a poner pata en el hogar a pesar de la mañosa escudilla desbordante de leche que colocaron como señuelo ante la puerta. A Bruno le decepcionó esa falta de fidelidad felina pero a fin de cuentas aprendió algo importante: el hombre propone y el gato dispone. Tendrá que conformarse con el perrazo que ya poseemos en París.
Yo guardé el secreto de aquel gato de Puerto Vallarta, empeñado en vivir sus siete vidas en forma simultánea, alternando sus pelambres de acuerdo con su humor o sus necesidades, hasta el día en que agotará por completo los disfraces con una muerte única. En eso no difiere de los escritores que conozco, capaces todos de llevar, a través de una abigarrada multitud de personajes inventados, una existencia plural y aventurera desde la precaria certidumbre de una sola vida.
De vuelta en París, me ocurre a veces acariciar al perro mientras pienso con nostalgia en aquel enigmático felino mexicano. Cada quien tiene los animales que merece, y yo, a pesar de los gatos de Mutis, del mítico Teodoro W. Adorno de Cortázar y del Zorba de Sepúlveda, no estoy descontento de mi perro. El gato, si la memoria no me engaña, fue, junto con la serpiente, el único animal que no se dolió por la muerte de Buda.
París, Abril de 1995
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Hace un par de meses, durante una agradable noche del verano Lisboeta, Antonio Sarabia me propuso responderle a la cuestión: “si te vieras obligada a renunciar ya sea a leer o a escribir ¿qué decidirías?” Después de responder en un sentido y otro, y de quedarme ante la encrucijada de no querer renunciar a nada, le dije que en mi vida ambas actividades son inseparables e imprescindibles aunque, siendo absolutamente sincera, tiendo a inclinarme hacia la lectura.
Hoy, 10 de noviembre, tengo en mis manos la edición española de la última novela de Antonio Sarabia, “Troya al Atardecer”. También tengo una nueva respuesta para su autor: “me quedo con la lectura, y con el enorme privilegio de la trascripción. Como “Pierre Menard, autor del Quijote”, el personaje de Borges, redescubro que escribir es la forma más apasionada de leer.” Esta es una verdad que había olvidado aquella noche cuando el mismo Antonio me hizo la pregunta. Pero hoy, al preparar el blog me he dado cuenta de que el placer que me produce la trascripción de la prosa de Antonio Sarabia, y de otros textos de autores a los que admiro, me sería suficiente, junto con la lectura, para vivir una vida feliz.
“Troya al atardecer” se ha convertido, sin que me lo esperara, en uno de mis libros favoritos. Está escrito con maestría y rigor, en cada frase respira la poesía, el argumento que el autor inserta en la historia de Homero es apasionante. Todo el que haya leído “La Iliada” tendrá la sensación de que Antonio ha rellenado los silencios de Homero. Silencios, que además, no sabíamos que existían. Al lado de la mezquindad y el orgullo de Menelao, Ulises, Paris y los otros personajes homéricos, surgen de la tropa los verdaderos héroes, los hombres que han de decidir de forma misteriosa el futuro de Troya. El final de la novela me conmovió hasta las lágrimas, algo que hacía muchos años no me pasaba. Para todos ustedes un fragmento del capítulo 6 y la invitación a que disfruten de toda la felicidad que ofrece el libro entero.
Lo que ya nunca se mencionaba entre los seguidores de Menelao, rey de Esparta, era que Timalco tenía, o una vez tuvo, como preferían verlo algunos, un hermano gemelo llamado Lisandro. Tan parecido a él que a sus mismos padres les costaba trabajo discernir a uno del otro. Al nacer habían sido presentados lado a lado, dos criaturas idénticas, ante el consejo de ancianos. Al ser aprobados por ellos (a los deformes o débiles se les lanzaba a un precipicio desde lo alto del monte Taigeto), su padre inmoló una cabra rogando a la diosa Atenea, portadora también de la égida, que los tomara bajo su protección, y su madre se apresuró a bañarlos en vino para templarles el cuerpo. Desde muy niños se les hizo dormir en diferentes lugares del bosque para quitarles el miedo a la soledad y a la noche. Nadie supo jamás que eran capaces de presentirse y encontrarse en lo oscuro para así vencer juntos los infantiles terrores a los que se intentaba se sobrepusieran solos. Poco antes de la salida del sol tornaban a donde se les había dejado a esperar que su padre viniera a recogerlos. Éste nunca se dio cuenta del engaño. Así crecieron los dos, inseparables, adivinándose el uno al otro y continuando tan indistinguibles como dos gotas de agua. Habían nacido en día cuarto, como Heracles, pregonaba orgulloso su padre, y por lo tanto estaban destinados a servir a los demás y a consumar grandes hazañas. Su entrenamiento militar comenzó, como el de todos los niños de la región, desde los cinco años de edad. A los siete se les confió al pedónomo, el encargado de inculcarles las rígidas normas de la disciplina espartana a golpes de látigo. A los once, abandonaron una misma mañana el hogar paterno para integrarse al cuartel donde se les moldearía como hombres. Ahí les obligaron a cambiar el cómodo camastro de la morada familiar por dos lechos que se hicieron ellos mismos con carrizos arrancados al río Eurotas. Ahí les acostumbraron a andar descalzos para encallecer los pies, y desnudos para curtir sus cuerpos contra las inclemencias del tiempo. Los músculos se les endurecieron con el continuo ejercicio y la práctica del pugilato y la lucha. Se habituaron a la frugalidad y al ayuno. Desarrollaron la astucia necesaria para robar cuando el hambre apretaba, cosa que se les permitía sin reservas, aunque eran castigados con ferocidad si se les atrapaba o se les descubría culpables. Aprendieron a leer y a escribir a través de cantos y poemas que enaltecían la intrepidez y el valor de su pueblo. Se les enseñó a servirse de las armas, a ocultarse, a tender emboscadas, a curar a los compañeros heridos. A danzar también, con los arreos de guerra puestos, para acostumbrarse al tamaño y al peso. Timalco se hizo experto en los ardides de la caza, tan parecidos a los de la guerra, mientras Lisandro excedía en los juegos y concursos de atletismo en los que conquistaba a menudo el laurel de vencedor. Con la salvedad de que no era lo mismo luchar en el gimnasio que enfrentarse a la carga de un jabalí enloquecido, matar a un lobo hambriento, o eludir a una leona que cree amenazados sus cachorros. Ahí, de eso estaba convencido Timalco, entre los altos arbustos, en el bosque, en las hondas cavernas, se cultiva mejor la rapidez de pensamiento, la sangre fría y la presencia de ánimo que luego se volverán indispensables en el fragor de la batalla. Sin embargo, independientemente de sus respectivas aficiones, ambos hicieron méritos en las continuas escaramuzas entabladas contra los estados vecinos y ascendieron a un tiempo en la jerarquía militar. Su entrega y fidelidad les ganaron, además, la confianza de sus jefes. Al rey Tindareo le recordaban a los dioscuros, como el pueblo había dado en llamar a sus dos hijos mellizos, Cástor y Pólux, muertos poco antes por unos primos hermanos en una riña intrascendente. El monarca los afectó a la guardia del palacio y, muy particularmente, al séquito de su hija, Helena.
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