Entradas con la Tag “cuento”
OBJETO
para la primera página de su enésimo libro el autor quería un espacio en blanco. un espacio que cegase al lector de modo que tuviese que aprender, de nuevo, a comportarse frente a las páginas de un objeto desconocido.
OBJETO
para a primeira página do seu enésimo livro, o autor queria um espaço em branco. um espaço que cegasse o leitor, de modo a que ele tivesse que aprender, de novo, a comportar-se perante as páginas de um objecto desconhecido.
CAJA
Sólo pasados algunos siglos el hombre comprendió que las promesas pueden darse vacías. una caja sin nada adentro. Pero incluso así se les da el mismo nombre: promesas. En fin, dice el hombre para sí mismo, todavía me queda una caja.
CAIXA
só passados alguns séculos o homem compreendeu que as promessas podem ser entregues vazias. uma caixa sem nada dentro. ainda assim, dão-lhe o mesmo nome, promessas. enfim, diz o homem para si mesmo, ainda me resta uma caixa.
TODAVÍA
El hombre, ya muy viejo, guardaba en la caja todo su dinero. un día una mujer tocó a su puerta y lo atrajo hasta un descampado. Ahí dos hombres lo atacaron y lo amarraron de pies y manos. Cuando se soltó ya era de mañana. Al regresar a casa, se dio cuenta de que se habían llevado la caja. El hombre comprendió que incluso sin la caja las promesas son algo que se mantiene. promesas de días mejores, por ejemplo. no siempre creemos en ellas. pero las promesas sobreviven.
AINDA
o homem, já muito velho, guardava na caixa todo o seu dinheiro. um dia, uma mulher bateu à porta e atraiu-o para um descampado. aí, dois homens atacaram-no e prenderam-no de pés e mãos. soltou-se era já manhã. ao regressar a casa, apercebeu-se de que lhe haviam levado a caixa. o homem compreendeu que, mesmo sem caixa, as promessas são algo que se mantém. promessas de dias melhores, por exemplo. nem sempre acreditamos nelas. mas as promessas subsistem.
Luíz Felipe Cristóvão (Torres Vedras, Portugal-1979)
Las traducciones son mías. Para leer otros cuentos breves visite el blog de Luís Felipe aquí
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Me encanta leer diarios y correspondencias de escritores. Asomarme a la vida privada y “real” de aquellos que viven de, y para, la invención de otros mundos. Algunas veces, la historia el autor llega a parecerme más interesante que sus propios libros. Recuerdo, por ejemplo, que al leer las cartas que intercambiaron Scott Fitzgeral y su mujer Zelda entre 1919 y 1940 (Grijalbo Mondadori, 1994), me encontré con una historia muy superior a todas las novelas o cuentos escritos por ninguno de los dos. La verdadera gran novela, a ratos demasiado dolorosa, la escribieron a cuatro manos. La correspondencia se interrumpió trágicamente porque Zelda murió en el hospital Psiquiátrico Highland, durante un incendio que, se ha insinuado, pudo haber provocado ella misma y en el que perdieron la vida nueve mujeres en total.
Otro libro maravilloso que les recomiendo leer es el que recoge las Cartas Poéticas e íntimas de Emily Dickinson (Grijalbo mondadori, 1996). En ellas es imposible distinguir la distancia entre la autora y la persona. Nadie como la pequeña de Amherst supo ser en su vida una absoluta unidad. Sus cartas tienen tanto interés como su poesía y fascinan del mismo modo.
El año pasado la revista francesa Belles Latinas, le pidió a varios escritores latinoamericanos que escribieran una narración autobiográfica con el tema Un día en la vida de… En exclusiva para Inventario tengo la primicia de compartir con ustedes un día en la vida del escritor mexicano Antonio Sarabia. El título de su narración es un homenaje a J.D. Salinger, y a su cuento Un día perfecto para el pez banana. La foto del pez luna, junto a Antono Sarabia, la tomó Daniel Mordsinsli.
UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ LUNA
Hace unos días, cansado de libretas, lápices y ordenadores, acudí a refugiarme al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ahí, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el más grande de Europa y, después de recorrerlo un rato, sentarme a meditar en algún recoveco donde impere la quietud y el silencio. Me siento bien acompañado junto a los versos de Sofía de Mello intercalados a trechos en los amplios corredores que miran al colosal y redondo acuario. Un océano diminuto al que hay que contornar varias veces desde distintos niveles para apreciarlo por entero. Se diría que la placidez y la calma se proyectan hacia nosotros desde la dilatada pecera donde se desplazan con desmayada lentitud numerosos bancos de peces, de distintos tamaños, formas y colores. Yo me dejo seducir por la paz de sus serenos movimientos. Sigo con la vista la gran variedad de tiburones y las enormes mantarrayas aleteando mansamente hacia ninguna parte. Todos flotan leves en esa etérea transparencia en la que la gravedad parece perder toda importancia.
Las variaciones en la temperatura del agua favorecen la creación de distintos ambientes marinos permitiendo así las concentraciones de diversas especies en puntos opuestos del gigantesco embalse. Según la altura y el ángulo en que me encuentre, o el rincón desde el que mire, puedo apreciar las diversas formas de la vida oceánica. Desde las siniestras morenas exhibiendo sus feroces mandíbulas dentadas y las anguilas serpenteando entre las rocas hasta las rayas color arena con el aguijón extendido, inmóviles, camuflándose entre las piedras y corales del fondo.
Entre todos esos seres admirables sobresale la descomunal silueta del pez luna. El único ejemplar de su especie que posee el acuario. Yo lo veo como un pavoroso engendro antediluviano. Me es imposible encontrarle forma de pez, o de luna, a pesar de su blancura. Me parece más bien un lento y amorfo meteorito que atraviesa la inmensa pecera con la pesada majestad de un pálido y rugoso satélite acuático. Él es el emperador del estanque. Su enorme tamaño le hace reinar sin disputa sobre los demás habitantes a quienes parece observar con su enorme ojo fijo, igual a la claraboya de un deforme Nautilus que explorara indiferente su entorno.
Su pausado orbitar me perturba y fascina. ¿A dónde va durante ese constante ir y venir por la pecera? ¿No lo imito yo, no lo imitamos todos nosotros, en nuestro constante gravitar por el mundo? Peces extraviados en un oceanario más amplio, persiguiendo ya no se qué absurdos empeños, dando vueltas y más vueltas para retornar tarde o temprano al punto de partida: el umbroso corredor espiral con los versos de Sofía de Mello grabados en sus muros.
Esta última vez el pez luna, como si leyera mi mente, acercó de pronto su monstruosa cabeza a la vidriera. Se habría dicho que el espectador era él y asomaba lleno de curiosidad a esa otra vida que se extendía en el pasillo. Clavó en mí su repulsivo e insolente ojo negro y me sentí descubierto. ¿Sería esa la primera vez que me observaba o, habiéndome advertido durante mis anteriores visitas, se aproximaba ahora para contemplarme de cerca? ¿Qué pensaría de mi figura torpe, desmedrada, sin aerodinamismo y sin aletas que se mueve sin gracia a ras del suelo? ¿Qué historias se figuraría de mi existencia? ¿Le parecería yo más feo y repelente que él mismo?
Al cabo de unos instantes en los que permanecí paralizado de horror, se dio media vuelta y, mostrándome con desdén su aleta dorsal, prosiguió su interrumpido merodear por la pecera.
Ya no le seguí con la vista. Me apresuré fuera del acuario y no he vuelto a entrar desde entonces. Salí al sol de Lisboa y, bien instalado en su luz, me alejé a toda prisa hacia el cálido y hospitalario ambiente del Farta Brutos, mi restaurante favorito en Bairro Alto. Allí aplaqué mis angustias existenciales pidiendo al amigo Oliveira, el bonachón propietario, que me sirviera sin mayores dilaciones un buen rodaballo a la plancha.
Antonio Sarabia
El blog de Antonio aquí
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Dos lunáticos
Durante unas vacaciones de verano conocí en un bar de Lisboa a un joven que decía que cada noche volaba hasta la luna. Excepto por esa rareza era un tipo más bien simpático. Cuando regresé a Barranquilla le perdí la pista. Cinco años después hice otro viaje a Portugal y me lo volví a encontrar en el mismo bar. Se le veía ensimismado y pálido. Lo saludé tratando de entablar conversación, pero fue inútil. El barman me dijo que de un tiempo a esa parte ya no hablaba con nadie. traté afanosamente de atraer su atención. Nada funcionaba. Entonces recordé su rareza y creí encontrar la clave. Me acerqué a su oreja y aullé como un lobo. Salimos de aquel bar charlando como dos viejos amigos.
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Queridos amigos y amigas, mañana 11 de noviembre Inventario cumple su primer año en la red y quisiera celebrarlo con ustedes. Buscando en la memoria algo para compartir en el pre-aniversario recordé este maravilloso cuento del libro Carroza Para Actores de mi amiga, la escritora cubana, Karla Suárez. Si alguna vez se enamoraron de alguien que conocieron en Internet, si todavía no les pasa pero quieren saber cómo es eso, tienen que leer este relato de amores, encuentros y desencuentros en la red.
Para mí Karla Suárez es una de las mejores narradoras de hispanoamérica. Un buen número de reconocimientos, publicaciones y traducciones han permitido a los lectores de América y Europa conocer su trabajo. A aquellos que no la conozcan les pido que lean este cuento y después hablamos. (La foto de Karla fue tomada por Daniel Mordsinski)
FIN DE SIGLO
Llovía. Anaïs llegó a la acera del bar, miró el reloj y se detuvo. Aún faltaban veinte minutos, así es que tocaba esperar. Trató de cobijarse lo mejor que pudo bajo el paraguas y respiró profundamente. Tenía veinte minutos para calmarse. Lo malo era que llovía y sentía frío en los pies. La gente pasaba muy de prisa sin apenas notarla. Ella debía serenarse aunque el corazón batiera fuerte. Sonrió imaginándose ridícula. ¿A quién se le ocurre pensar en un historia de amor en el último año del siglo? A nadie ciertamente, pero debía calmar su sobresalto. Tenía veinte minutos bajo un paraguas. Debía esperar. (más…)
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Esta semana en Los Convidados Antonio Sarabia publica una serie de minificciones entre las que incluye una de mi autoría: El Fantasma. Si desean leerla junto a otras del misno Antonio Sarabia, Julio Cortazar, Luis Fayad, Ednodio Quintero e Izakun Legarza, pueden hacerlo visitando Los Convidados aquí. Se las recomiendo.

(Imagenes diseñadas por Alejrando Gelaz y publicadas en mimificciones.com.ar)
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