Queridos amigos y amigas, mañana 11 de noviembre Inventario cumple su primer año en la red y quisiera celebrarlo con ustedes. Buscando en la memoria algo para compartir en el pre-aniversario recordé este maravilloso cuento del libro Carroza Para Actores de mi amiga, la escritora cubana, Karla Suárez. Si alguna vez se enamoraron de alguien que conocieron en Internet, si todavía no les pasa pero quieren saber cómo es eso, tienen que leer este relato de amores, encuentros y desencuentros en la red.
Para mí Karla Suárez es una de las mejores narradoras de hispanoamérica. Un buen número de reconocimientos, publicaciones y traducciones han permitido a los lectores de América y Europa conocer su trabajo. A aquellos que no la conozcan les pido que lean este cuento y después hablamos. (La foto de Karla fue tomada por Daniel Mordsinski)
FIN DE SIGLO
Llovía. Anaïs llegó a la acera del bar, miró el reloj y se detuvo. Aún faltaban veinte minutos, así es que tocaba esperar. Trató de cobijarse lo mejor que pudo bajo el paraguas y respiró profundamente. Tenía veinte minutos para calmarse. Lo malo era que llovía y sentía frío en los pies. La gente pasaba muy de prisa sin apenas notarla. Ella debía serenarse aunque el corazón batiera fuerte. Sonrió imaginándose ridícula. ¿A quién se le ocurre pensar en un historia de amor en el último año del siglo? A nadie ciertamente, pero debía calmar su sobresalto. Tenía veinte minutos bajo un paraguas. Debía esperar.
>Leonardo, ¿estás ahí?, soy yo, Leonardo, acabo de entrar, voy por un cigarro y regreso, dime si estás ahí…
>Leonardo, ¿donde estás? Si no apareces cierro, porque tengo hambre, sólo quería darte las buenas noches, acabo de llegar a casa, ¿estás ahí?
>¡Anaïs! Hola, princesa, te estaba esperando, ¿cómo estás? ¿por qué demoraste tanto esta noche?, estaba hablando con Roberto35 por eso no te respondí enseguida, cierra y nos vamos al privado, estoy feliz :- )))))))
Habían prometido no decir sus verdaderos nombres. Él era Leonardo porque le gustaba la pintura. A ella le gustaban las historias de Anaïs Nin. Hacía ya casi seis meses que se conocían, primero entre conversaciones varias con la gente del chat. Luego, como ocurre casi siempre, poco a poco, fueron prescindiendo de los demás y de los furtivos huéspedes que aparecían cada noche invitando a orgías virtuales, o a encuentros inmediatos. Éste era un canal serio. Leonardo y Anaïs eran ya viejos navegadores, por tanto no tenían la curiosidad de los primeros tiempos. Esa necesidad de responder a cada nuevo nombre. O esa ingenuidad que impide a los inexpertos reconocer si la persona que está del lado de allá de la línea es un adolescente que juega, o un padre de familia que busca amante, o un homosexual, no importa el sexo, que intenta reconocerse. Para ellos ya era fácil. Bastaba entrar, saludar a los viejos conocidos, intercambiar sonrisas digitales y cerrar todas las ventanas para quedarse solos. Conversaban la madrugada entera, aunque al otro día hubiera que volver al cotidiano, y a los despertadores y los ruidos.
>¿Leíste el poema que te mandé?
>Lo tengo en la cartera, anoche lo leí tres veces, es precioso Leonardo, te agradezco tanto, desde que nos conocemos apenas he abierto un libro, y no me arrepiento, claro; anoche estuve a punto de volver a conectarme para decirte lo mucho que me había gustado, pero tú seguramente ya estabas durmiendo.
>Sí, después de tus “buenas noches” sólo me quedan minutos para cerrarlo todo y acostarme, sabía que te gustaría el poema, y no veía la hora de sentirte, lo sabes, paso el día contando los minutos que me separan de la noche, casi casi que tendré que comprar una computadora de esas portátiles, así podría estar todo el tiempo a tu lado, Anaïs, y saber qué piensas cuando caminas por la calle, o qué idea te viene a la cabeza cuando te cepillas los dientes, o muerdes un pedazo de pan, yo qué sé, todo lo que dice el poema es lo que quisiera decirte, pero no tengo palabras, a veces me faltan las palabras.
>No es verdad, Leonardo, tengo cientos de palabras tuyas en la memoria de la computadora, tus palabras me acompañan todo el día, me ayudan a despertar y a tener fuerzas, sabes que antes de la computadora mi vida era una sucesión de horas sin sentido, ahora tengo tus palabras, te tengo a ti que conoces todos mis secretos, tengo tus sueños y tus miedos, ahora sé que sin tus palabras ya no podría continuar, te estoy preparando una sorpresa, ya verás, muy pronto corresponderé al envío del poema con una sorpresa mía, pero no preguntes qué es, es una sorpresa.
Habían prometido no mandarse fotos nunca. Ellos serían ellos mismos sin necesidad de un rostro etiquetado dentro de un montón de bits. Así serían libres de conocerse e incluso de imaginar los gestos que pudieran estar del otro lado de la línea. Sucede siempre así y ellos, por ser viejos navegadores, conocían la psicología que funciona en la red. Ya se habían contado incluso, sus experiencias anteriores. Aquella vez que Leonardo creyó conocer a una y le envió su foto, y ella lo correspondió con fotos diversas, en diferentes lugares o con personas distintas. Y Leonardo pensó que era una mujer muy joven y bonita, quizás demasiado joven, pero interesante. Un poco inconstante, eso sí, unos días muy alegre, otros esquiva, olvidadiza. Hasta que una noche casualmente, viendo un servicio en TV descubrió que las fotos eran de la cantante americana que andaba de moda en esos tiempos. Leonardo, un poco fastidiado, y con la vergüenza de quien ha sido un estúpido, quiso saber y entonces se atrevió a preguntar abiertamente en el chat si alguien conocía a esa mujer. Fue cuando Roberto35 le escribió diciendo que no perdiera el tiempo. A él le había ocurrido una cosa similar hasta que descubrió que la mujer en realidad eran tres personas diferentes. Tres muchachas de la universidad que cuando no tenía gran cosa que hacer se metían en el chat. “Pero esto es un canal serio”, pensaba Leonardo. Y así pensaban todos, “los que eran serios, claro”, decía Anaïs, porque ella también tenía sus historias. Una vez, al inicio, apenas a unos días de la primera conexión, había conocido a Kris. Y con Kris la simpatía fue inmediata, porque ambos compartían una pasión por la misma escritora. Comenzaron hablando de sus libros. Luego Kris quiso saber más de ella. Para Anaïs era un poco chocante eso de estar hablando por medio de una pantalla, pero a la vez era un alivio. Era territorio seguro y entonces habló de ella. Dijo que se sentía sola, que era difícil encontrar personas similares, difícil conversar. Kris le hablaba con la sutileza de un sabio. La hacía estar en calma y dejarse andar en confesiones inocentes, hasta que propuso que en lugar de mandarse fotos, que además no siempre venían bien, era mejor darse cita en algún lugar. A Anaïs el corazón comenzó a latirle. No estaba acostumbrada a salir con desconocidos, aunque Kris de alguna forma no lo era. Entonces se armó de coraje pensando que quizás éste era el hombre de su vida, y no estaba dispuesta a perderlo por sus eternos miedos. La cita fue a las nueve de la noche frente a una heladería, junto al cartel que decía “prohibido estacionarse”. Anaïs llegó primera y lo esperó. Kris llegó después un poco nerviosa por el primer encuentro.
- ¿Anaïs? Yo soy Kris.
Extendió su mano y su mano era de dedos largos y finos. Sus ojos transparentaban una emoción extraña. Su collar hacía juego con el resplandor de las luces de la heladería que llegaban a los ojos tristes de Anaïs.
- Mira, te traje un libro de ella, de nuestra escritora.
- ¿Por qué no me lo dijiste? Yo no sabía que tú… -a Anaïs se le hizo un nudo en la garganta.
- ¿Que soy una mujer?, creí que lo habías entendido desde el principio, creí que para ti también era difícil por eso no hacía falta entrar en detalles. ¿No me habías entendido? Yo no me dedico a engañar, estoy tan sola como tú…
Anaïs dio un brusco giro golpeando sin querer el libro que cayó al piso y ahí se quedó, junto a Kris y al cartel de “prohibido estacionarse”. Fue por eso que decidió no aceptar nunca más citas tan tempranas. Era por eso que a Leonardo no lo había visto nunca. Y era mejor así. Iban conociéndose sin predisposiciones, sin dejarse influir por falsas apariencias. Sabiendo que hay cosas que sólo pueden confesarse cuando tienes la certeza de que no hay nadie que te mira. Nadie que hace una mueca con la boca, o que cambia la vista hacia otro lado. Nadie que va a interrumpirte. Sabes que estás en un lugar seguro y basta marcar la cruz de cierre de programa para que desaparezca el interlocutor que no te gusta. Leonardo contaba de su vida y ella lo iba construyendo. Iba armando los pedazos, cambiándole el color de los ojos, proyectando sus sonrisas detrás de los caracteres que construía la pantalla.
>A ver, déjame adivinar, estás sentada con los pies cruzados sobre la silla y te tomas un café, :-/
>No, estoy sentada normal, y me estoy comiendo una naranja, ¿quieres un pedazo?
si cierras los ojos te doy un pedazo.
>Si cierro los ojos no veo el teclado, :-p , ¿sabes que puse en la pantalla la imagen de Da Vinci que me mandaste?
Alguna vez él se sintió tentado a proponer intercambios de teléfonos. Podrían al menos conocer sus voces y así imaginar el sonido de las palabras escritas. Luego cambió de opinión y no dijo nada. Estaba casi seguro de que la propuesta podría contrariar a Anaïs. La cosas, todas, requieren su tiempo justo. Inútil adelantarse. Una llamada telefónica podía convertirse en costumbre y entonces ya no sería igual. La comunicación no es la misma. Frente al teclado, Leonardo ordenaba las palabras. Tenía un breve espacio de tiempo para pensar y luego escribir sus ideas. Al teléfono estaría emocionado y quizás sólo alcanzaría a decir frases estúpidas. Seguramente a ella le sucedería otro tanto, y no sabía, tal vez el nerviosismo le hacía venir el hipo, o comenzaba a tartamudear. Era arriesgado. De todas formas ambos sabían que era inevitable, que algún día se conocerían personalmente. Y un sexto sentido misterioso les decía que cuando esto ocurriera no notarían nada extraño. Sería como si se hubieran visto de toda la vida.
A veces, antes de apagar la lámpara de noche, Anaïs soñaba con Leonardo durmiendo al lado suyo. Sentía sus “buenas noches” y se abrazaba a la almohada. Luego apagaba la luz, y Leonardo caminaba junto a ella y el hijo de los dos lo llamaba “papá”. Y ella ya no estaba tan sola. Ya no estaba como siempre imaginando historias imposibles. Viendo a las familias caminar por la calle y pensando en su mala suerte. Sabiendo que los años pasan demasiado veloces y que con cada minuto crece la imposibilidad de encontrar una persona. Te conviertes de adolescente en solterona con una morbosa facilidad. Luego los músculos se estiran, la carne se va llenando de grietas, los ojos dejan de brillar. Te vas volviendo un ser anónimo. Los que fueron tus amigos de la juventud han hecho sus vidas y casi nadie tiene tiempo. Anaïs en verdad nunca había tenido muchas amistades. Nunca fue un modelo de belleza, ni líder de ningún grupo. Era un ser normal, lleno de sueños no confesados, como casi todo el mundo.
>Anoche soñé contigo, Anaïs, no quisiera ofenderte, pero conoces todos mis secretos, anoche soñé que me besabas.
>Hace ocho meses que nos conocemos, Leonardo, y hace varios meses que me besas cada noche, es la primera vez que no sé qué decir…
>No quiero que te parezca precipitado, yo también tengo miedo, pero quizás sería conveniente… discúlpame, pero necesito tocar tus manos, yo creo que te amo Anaïs, te has hecho demasiado necesaria…
Esa noche se despidieron más temprano. Decidieron que era mejor pensar. Estaban muy nerviosos. Anaïs daba vueltas por la casa con un cigarro entre los dedos. Revisó su libreta telefónica, pero no encontró ningún número adecuado, nadie a quien poder llamar y pedir consejos. Su único amigo era Leonardo y visto que él era parte del problema, no se le ocurría con quien conversar. Sus compañeras de trabajo pasaban la jornada contándose sus vidas. Hablaban de novios y maridos, de las discusiones en casa, las traiciones ocultas. Contaban cada mínimo detalle, pero ella no se sentía en confianza para compartir su historia. Una vez comentó algo sobre el chat, y alguna la había mirado con una risa irónica, y hasta se atrevió a preguntar cómo era eso de hacer el amor a través de la computadora. Anaïs lógicamente no volvió a tocar el argumento y ninguna sabía de la existencia de Leonardo. “Estoy más sola que un muerto”, pensó encendiendo otro cigarro.
Esa noche Leonardo no durmió. Volvió a la computadora y se dispuso a escribir una larga carta, pero a cada párrafo cancelaba todo y volvía a empezar. Era casi inútil, quedaban realmente muy pocas cosas por explicar. Ella sabía todo de su vida. Sabía que de joven tuvo un matrimonio que duró 2 años y después que su mujer lo abandonó no existieron más historias. Algunas cosas banales, pasajeras, pero nada que lo hiciera estremecerse. Nada que le quitara el sueño. “Estoy más solo que la palabra soledad”, pensó y canceló una vez más la carta. La única cosa que lo reconfortaba de algún modo era haber sido capaz de decirle que la amaba. Esta era su tranquilidad y su agonía. ¿Se puede amar a un ser que aún no se conoce? Casi de seguro, porque ciertamente a Anaïs la conocía más que a cualquier cosa. Mucho más incluso, que a la mujer con quien vivió dos años. Y después de aquellos años verdaderamente habían transcurrido muchos más. Demasiados quizás. Acumulando sueños y barriga. Y escondiéndose detrás de un buró repleto de papeles por llenar.
>Tengo miedo, Leonardo.
>Yo también.
>Si te digo que anoche no pude dormir ¿me crees?
>Yo tampoco dormí Anaïs, y si te digo que no dormiré hasta no verte, ¿me crees?
>Te creo. ¿Dónde nos vemos?
Leonardo escribió la dirección de un bar. Era jueves. Fijaron cita para la noche del sábado. Prometieron no comunicarse el viernes, como hacen los que van al matrimonio. Se dijeron buenas noches y apagaron las computadoras.
Anaïs encendió un cigarro y se miró al espejo. Hacía diez años su cuerpo era distinto. Los ojos tenían más luz, y la piel menos marcas. Cambió la vista y suspiró.
“¿y si lo decepciono? seguramente me cree más joven, o a lo mejor me cree de mi edad, pero no le gusto. Si le resulto fea no será capaz de decirlo, pero no dirá más nunca que me ama. Quizás fue un error no mandarnos fotografías, ni siquiera sé cómo se llama verdaderamente. Tengo miedo. Tengo un miedo que me estoy muriendo. Mañana voy a la peluquería. Me doy de enferma en el trabajo y voy a comprarme un vestido nuevo.”
Leonardo sirvió un trago y se miró al espejo. Necesitaba afeitarse y quizás le vendría bien pasar un día durmiendo para aplacar las ojeras. Hacía un tiempo bastaba aguantar un poco la respiración y la barriga no se notaba tanto. Ahora era imposible.
“¿y si no le gusto? no, no es posible, ella sabe todo de mí, sabe que soy un frustrado y no le importa. Sabe que alguna vez tuve sueños que se desvanecieron con el tiempo, sabe… ¿qué sabe? Quizá se ha hecho alguna idea errada, de pronto la decepciono. Si no le gustó no me lo dirá nunca. Me tomará de la mano, y empezará a hablar de cualquier otra cosa. No, no y no, ya basta, esta vez todo saldrá bien, ya basta, uno no puede estar solo toda la vida. Tengo miedo, tengo mucho miedo.”
El viernes Anaïs no fue a trabajar. Llamó en la mañana y dijo que estaba enferma. Pensó salir a comprarse un vestido, pero desistió. Si Leonardo la quería tenía que verla como era. Pasó el día tirada en la cama aguantándose las ganas de encender la computadora. Por la noche abrió el ropero y se arrepintió de no haber comprado el vestido. Estuvo delante del espejo probándoselo todo, hasta que rompió a llorar con la cama llena de ropas y ella desnuda. Y todo andaba mal. Tuvo ganas de cancelar la cita. Mandar un e-mail urgente diciendo que no podría ir, que algún pariente lejano estaba enfermo y ella tenía que salir de la ciudad. Luego cambió de idea. Tomó una pastilla y pensando se quedó dormida.
Leonardo pasó el día detrás del buró equivocando las planillas. A la hora de almuerzo tomó un trago en el bar y no probó su plato. En casa escribió una poesía, que luego tiró a la basura porque era cursi, y con un lenguaje adolescente. Empezó a afeitarse, se cortó y decidió dejarlo para la mañana del sábado. Bebió un trago y dos y tres. Tuvo miedo que su aliento retuviera el olor del alcohol y entonces decidió hacer treinta abdominales y algunos movimientos de brazos. En el número nueve le faltó el aliento, se dio una ducha y se sentó a tomar otro trago. Encendió la computadora.
>Anaïs, ¿estás ahí? Si estás responde, por favor, tengo algo urgente que decirte.
Roberto35 le dio las buenas noches diciendo que pensaba que Anaïs no estaba conectada. Leonardo comentó cosas sin importancia. Se despidió y cerró. Sirvió otro trago y bebiendo se quedó dormido.
El sábado llovía. Ella se vistió como de costumbre y se miró al espejo. No le gustó mucho la imagen, pero suspiró y encendió un cigarro. Estuvo parada junto a la ventana hasta que éste llegó a su fin. Tomó el paraguas y salió. Él pasó un algodón con alcohol sobre el arañazo que tenía en la cara. Se vistió como de costumbre y miró el reloj, aún era temprano, pero decidió salir antes para tomarse un trago mientras esperaba.
Anaïs llegó a la acera del bar y se detuvo. Aún faltaban veinte minutos, así es que tocaba esperar. Trató de cobijarse lo mejor que pudo bajo el paraguas y respiró profundamente. Tenía veinte minutos para calmarse. Lo malo era que llovía y sentía frío en los pies. Sentía frío adentro. La gente pasaba de prisa y ella miraba los rostros tratando de descubrir al que esperaba. Leonardo observaba la puerta mientras alzaba su vaso. Era el segundo trago y hasta el momento sólo había visto jóvenes sonrientes, como las muchachas de la mesa vecina, o transeúntes que se refugiaban de la lluvia, como la pareja en la barra, o gente estacionada afuera esperando que amainara un poco, como la mujer del paraguas. No quería ver el reloj. El encuentro debía ser así y él sabía que la reconocería inmediatamente. Anaïs sintió que el agua alcanzaba sus zapatos y tuvo ganas de reír. Sabía que Leonardo se sorprendería al llegar y descubrir que ella esperaba. Pensó que seguramente la lluvia era un buen presagio. Él cruzaría la calle lentamente y no tendrían necesidad de preguntar sus nombres. ¿Qué harían? ¿Se abrazaban? ¿Se mirarían largamente? Leonardo pensaba que cuando apareciera su figura en la puerta, él terminaría el trago levantando la vista, ella se acercaría a su mesa, y entonces, ¿qué hacían? Seguramente él haría un gesto al camarero para servir dos tragos más. Entonces se miraban, largamente se miraban.
De las muchachas que estaban en la mesa vecina, una se levantó despidiéndose. La otra quedó sola, miró el reloj y pidió un trago. Anaïs también miró el reloj. Ya habían pasado los veinte minutos y sintió un ligero estremecimiento. Se apartó aún más pegándose a la vidriera del bar. Echó una ojeada a través del cristal. Vio gente que conversaba en la barra, y en el salón algunas parejas, y un señor que bebía solo mirando a la muchacha que fumaba en la mesa vecina. Leonardo no acababa de llegar y ella comenzaba a impacientarse. Él sintió que se estremecía de dolor cuando observó el reloj y comprobó que la muchacha de la mesa vecina esperaba. Suspiró profundamente apartando la vista hacia la puerta, pero en la puerta no aparecía Anaïs. Afuera sólo estaba la señora del paraguas y un muchacho que acaba de aparecer frotándose las manos y dando brinquitos.
Anaïs miró al muchacho con el rabillo del ojo y tragó en seco. Él la observó y se frotó las manos.
- ¿Me puede decir la hora?
Dijo luego de cinco minutos. Anaïs contestó casi sin mirarlo.
- Las ocho y diez.
- ¡Qué mala noche! -dijo él- ¿Usted está aquí hace mucho tiempo?
- Un rato, sí… es que llueve mucho.
- Sí, llueve mucho… - él volvió a frotarse las manos, sacó una cajetilla de cigarros y le ofreció uno a ella. Anaïs agradeció y entonces le vio la cara. No era tan joven, pero tenía una buena figura. Sintió que el corazón le daba un brinco. Le saltaba en pedazos. Cerró los ojos encendiendo el cigarro y sin quererlo se le formó un nudo en la garganta - Disculpe si le pregunto si lleva mucho tiempo, es que estoy un poco retrasado, ¿sabe? No tengo reloj, y tenía que ver a una persona aquí, pero llegué un poco tarde, con esta nochecita tengo miedo perder la cita. ¿Usted también está esperando a alguien?
Anaïs dibujó una sonrisa un tanto idiota.
- ¿Yo? No, imagínese, yo estoy esperando que amaine un poco la lluvia, es que… la noche no está muy buena…
- Sí, tiene razón. -dijo él cambiando la vista- Una noche muy esperada puede destruirse en un instante…
Anaïs intentó sonreír y tragó en seco. Contó hasta diez internamente y trató de tener un comportamiento normal. Miró a la calle, fumó y pasó la vista al interior del bar. Adentro seguían las cosas como antes, sólo que el señor que anteriormente miraba a la muchacha ahora tenía el brazo levantado llamando al camarero. El camarero le trajo un nuevo trago a Leonardo. Él bebió sonriendo internamente. Desde que la muchacha quedó sola había fumado tres cigarros y alternado la vista entre el reloj y la puerta. No quedaban dudas. Anaïs nunca hubiera demorado a la cita. Ella estaría en el momento justo. Y era lógico pensar, conociéndola como la conocía, y sabiendo todos sus miedos, que ella llegaría antes con alguna amiga para relajarse y prepararse al encuentro. Anaïs estaba en la mesa vecina y él no se sentía capaz de dar la cara. Prefería pasar como un tipo cualquiera que va a beber solo. Era su salvación, porque estaba convencido de que él no podría gustarle. Era más bella de lo que había imaginado, y en esos momentos contemplar su belleza era un goce y a la vez una tristeza. Hubiera preferido que Anaïs fuera la mujer que estaba en la barra conversando con un hombre, o incluso aquella señora del paraguas que fumaba con el muchacho fuera del bar. Leonardo terminó el trago de un solo golpe y pidió otro. Anaïs disimuladamente volvió a mirar el reloj.
- ¿Qué hora es?
- Ya las ocho y veinte.
El muchacho hizo una mueca y se frotó los ojos.
- Soy un desgraciado, señora, escogí la peor noche.
Ella tragó el nudo de su garganta y movió los dedos de los pies.
- Dentro de poco parará de llover, ya verá, yo casi casi que me voy caminando.
- Pues yo no, yo esperaré y me pueden dar las seis de mañana aquí, pero esperaré.
Ella sonrió amargamente. Sin dudas Leonardo era el hombre de su vida, sólo que ella no era la mujer de la vida de Leonardo. Lo miró largamente como tratando de conservarlo todo. ¡Cuánto hubiera sido bueno continuar como antes! Ahora ya todo estaba perdido. Anaïs conocía su rostro y no era justo. No valía la pena continuar acumulando ilusiones. El pensamiento vaga siempre muy veloz y ella se vio vendiendo la computadora, deshaciéndose de todo. Aceptando su destino de soledad sin paliativos. Casi tuvo ganas de llorar, y por fortuna llovía porque así las aguas de los ojos se podrían confundir con cualquier cosa. No era justo, pensó. No era justo que el destino le jugara esta malísima pasada.
- Son las ocho y media y parece que ya no llueve tanto, mejor salgo caminando.
- Gracias, señora, por la compañía, digo…
Anaïs sonrió.
- Gracias a ti… por todo.
Él no la entendió muy bien, pero encendió otro cigarro y decidió entrar al bar a beber algo. Se apoyó en la barra, cerca de la caja, desde donde podía observar bien la puerta. Dio una bocanada al cigarro y esperó. Cuando el señor tropezó con él, dio un brinco virando el vaso encima del mostrador.
- Disculpe. -dijo el señor acercándose a la caja- Hoy es un día fatal, ¿lo invito a un trago?
- No se preocupe, no es nada, lo invito yo.
Leonardo sonrió.
- Mejor no, yo ya he bebido bastante, ¿sabe? -se acercó confidencial- le pago el trago y desaparezco, debo desaparecer inmediatamente.
Él no supo qué contestar. El señor pagó y se fue dando tumbos. Unos minutos después la mujer que esperaba sola en la mesa se acercó.
- Disculpe, ¿usted está esperando a Aldo, el agente publicitario?
- Sí.
- Menos mal, temía no reconocerlo… yo trabajo con Aldo, él tiene un problema de familia, y no puede venir, el lunes lo espera en la oficina, se disculpa mucho por el imprevisto, pero el lunes lo espera sin falta, usted no se preocupe que el trabajo está garantizado, y yo hace una hora que estoy esperándolo.
Él suspiró aliviado mirando a la mujer que sonreía.
- Gracias y disculpe por la larga espera, pero ya que estamos aquí ¿me acepta un trago?
>Hola Roberto35, ¿tú sabes si hoy Leonardo se conectó?
>Hola Anaïs, yo estoy hace dos horas, pero Leonardo no ha asomado la cabeza.
>Gracias, le escribiré un e-mail, buenas noches.
“Querido Leonardo, perdóname si no pude ir a la cita, me imagino que te habrás sentido un poco mal, pero es que tengo problemas. Perdóname otra vez, porque cuando envíe este mensaje, tengo que cerrarlo todo e irme. Salgo de la ciudad. Ha muerto un pariente lejano, que no por lejano era menos querido. No sé cuanto tiempo estaré afuera. Perdóname Leonardo, amor mío, nunca te voy a olvidar. Te deseo toda la felicidad del mundo.
Tuya siempre, Anaïs.”
Cuando dio el envío, encendió un cigarro y vio que le entraba un mensaje.
” Anaïs, amor mío. No imagino qué habrás pensado cuando no me viste llegar al bar. Todo ha sido un desastre, parece que la fatalidad me acompañará por siempre. Mi ex mujer, aquella que no veía desde hace tantos años, tuvo un accidente y está hospitalizada, casi al borde de la muerte. Como no tiene parientes, me toca ir para ayudarla. Parto de la ciudad y no imagino por cuánto tiempo. De cualquier forma quiero que sepas que siempre te amaré. Eres lo mejor que me pasado en esta inútil vida. Me llevo todas tus palabras y a ti en mi corazón.
Te amaré siempre, tu Leonardo.”
El prompt de las computadoras continuó parpadeando durante toda la noche.




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Un abrazo inventariado.
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Felicidades por el aniversario.
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11 Noviembre, 2008 a las 10:08 pm
Degusté gratamente el relato, a pesar del certero golpe de cruda realidad impuesto a los personajes que hace que el final resulte luego en cualquier cosa.
Sabes, a mí se me hace ilusión poder hacer realidad el cuento alguna vez, siempre y cuando halle por la web otra versión virtual de Anaïs, una más singular y que pueda darle conmigo otro giro al final de la historia, por supuesto.
Felicidades por el aniversario del blog que ya se viene!
y gracias a Dios por tu preciosa amistad.
Un abrazo…
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12 Noviembre, 2008 a las 12:38 am
Felicidades. Un abrazo en la red.
Izaskun
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Un beso
12 Noviembre, 2008 a las 10:53 am
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12 Noviembre, 2008 a las 3:12 pm
Como bien dices, el relato de esa experiencia virtual es sensacional, como en una novela de suspense tienes en cada linea la tentación de leer el final y como en un drama de película decirle a Anaís… ¡pero porqué no entras al bar…!.
Esas situaciones jamás se darían en la vida real, pero pienso que hay muchos paralelismos, cuantas cosas importantes dejamos escapar por no tener los ojos bien abiertos, por ser inseguros, por ser un poco cobardes…
Gracias Lauren, me ha conmovido, si me das tu permiso, lo enlazo.
Un beso grande.
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desde la perspectiva psicológica, los miedos, que nos acechan a lo largo de la vida, dejando pasar tantas oportunidades tan importantes.. felicidadess
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13 Noviembre, 2008 a las 5:47 am
Gracias por el comentario.
Felicitaciones por el blog.
Luego te escribo ocn más calma, estoy a punto de ser papá.
Saludos
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CARACOLA
Hola!!
La voz parecía salir de una caracola abandonada a la orilla del mar por su propietario.
Llegué a la playa de “Las Arenas” empujado por una sensación de hastío y de cansancio. La vida no había sido fácil, y el hecho de estar en esa playa tampoco satisfacía las necesidades de no-sé–qué, que se esforzaban en mantenerme a la expectativa de que llegara ese no-sé-qué.
La playa, un manto enorme de arena blanca que se extendía hasta los confines de la vista, estaba llena de murmullos, del mar que la lamía, de cantos de sirenas, de los “click click” del choque de las pinzas de los cangrejos.
Me acerqué curioso, tal vez sorprendido de oír esa voz dentro de la caracola. ¿O quizás la voz estaba dentro de mí?, y contesté al saludo
“Hola”
No me contestó enseguida. Volví a pasear por la orilla de aquella inmensa planicie dejando que la blanca espuma formara pompas sobre mis pies descalzos.
El tiempo se había detenido. No existía.
La playa no estaba resultando ser la panacea contra mi sensación de ahogo. Solo me proporcionaba la sensación de un estado virtual dentro de un tiempo y de un espacio que no me pertenecían, que se me escapaban.
Solo, me adentré en su espacio, caminé sobre su arena, salpiqué sobre sus aguas, comí de los frutos de sus árboles, doré mi cuerpo con su sol, y tirité con el relente de sus noches. Y solo estaba cuando por segunda vez pasé por su lado y volví a oír su saludo.
¡Hola!
No había duda. Lo que parecía ser un saludo era un saludo. De nuevo me encontré un tanto ridículo hablándole a una caracola:
¿Hola?
Y tomé la caracola en mis manos, y la acerqué hasta mi oído, la olí, lamí su concha y, todo confundido, no encontré ninguna pista sobre el origen de ese saludo que me hizo sentir curiosidad.
¿A mí? ¿Me saludó realmente a mí, o es una caracola-despertador que funciona solo a determinadas horas y con un hola, y han coincidido mi paso y su requiebro por pura casualidad?
Miré hacia un lado y hacia otro. Nada. Solo sombras huidizas con formas extrañas, bultos de tiempo y de espacio. Voces, solo voces que despiertan la necesidad de un contacto que en su comienzo se esfuma. Palabras suelta, huecas, disconformes, alegres ahora, ahora tristes, necesitadas, a veces gritos de socorro, a veces deseos comprimidos. Miles de voces que se cruzan, y el viento que las transporta, las trae hasta mis oídos, las lleva a otros, y jamás se posan. Mueren en su propia palabra, y se pierden en el eterno juego que confiere la posibilidad del engaño.
Sí, allá al fondo, muy al fondo, se vislumbran torres de caracolas muertas en su encierro. Me acerco lentamente, disfrutando del tacto de la arena. Al cabo hay carteles que anuncian direcciones. “Jóvenes”, dice este, aquel otro “Más de treinta”, grupos de caracolas con mil voces y murmullos que surgen de sus fondos y se entremezclan.
Presto atención y las palabras me suenan huecas. Me alejo tan lentamente como vine, tan lentamente como triste. Paso de nuevo por delante de la caracola que me saludó.
¡Hola, estoy aquí!
¿Hola?, Respondo sin saber a quien, a qué, por qué. Tomo la caracola en mis manos de nuevo, acerco su boca a la mía y pregunto:
“¿Hola?, ¿Hay alguien?
Siiiiii… Y la voz me llega lejana con dejes de amargura.
Soy un sueño, una entelequia, soy la fuerza que me quedó.
¿Qué quiere decir eso?
Soy el resto de mis sueños…
¿Eres acaso una voz de tiempo?, ¿Un sonido perdido? ¿Acaso perteneces a mi onírico mundo? Hablas como el silencio, como la esponja amiga que asume su presencia y la desalada presencia de lo arcano…
No, soy persona.
No, las personas tienen rostro, y mirada, y sonrisa… No, no puedes ser persona, además, las personas no caben en una caracola. Si acaso, pueden caber sus sentimientos, los sentimientos no ocupan espacio aunque lo necesiten todo para cumplirse.
Ya, pero soy persona aunque vivo fuera del tiempo y del espacio, al menos fuera de tu tiempo y de tu espacio. Si estoy en esta caracola es porque soy curiosa.
Es raro lo que me dices. La curiosidad hace que busques en tu propio mundo, en tu propio espacio todas aquellas cosas que te enriquezcan. Yo creo que solo me metería en una caracola si necesitara algo que se me negara en mi mundo.
Y como si me hubiesen oído desde el cielo, y como regalo, y como aceptación de una realidad incontrovertible ¡PLOP! Me encontré dentro de una caracola justo al lado de mi caracola amiga. ¿O debía decir de la caracola habitada por un sueño? ¿O por el sueño del sueño en mi caracola escondido? ¿O por la nostalgia de la lejanía?… No sé. Pero lo que si sé es que de pronto entendí que los “click click” que oía antes no venían de los encuentros de las pinzas de los cangrejos. Entendí, supe, que venían de los esfuerzos de los habitantes de las caracolas por tener un contacto más real dentro de la virtualidad que les confería habitar en la playa. Que ese click click era un claro choque de rústicas conchas contra conchas rústicas en el deseo de contacto más allá del permitido en esa playa.
Y hablamos, Hablamos durante mucho tiempo, escondidos en nosotros mismos. Me habló de su niñez en un país lejano. Le hablé de mis ilusiones. Me habló de sus sueños de niña. Le hablé de mis cuentos. Me habló de sus estancias en tierras de otros. Le hablé de soledad. Me habló de cariño. Le hablé de amor…
¿Qué es eso? Me preguntó mientras una lágrima me resbalaba por la mejilla.
Intenté explicárselo. Mezclé los adjetivos, confundí los fonemas, y al fin, solo pude decirle “Pues es lo que siento por ti”. Para después quedar mudo y confuso y sorprendido por la apabullante realidad del aserto. ¡Era eso! Después de mucho hablar y confidencias y exámenes y divertidas piruetas de lenguaje, todo se resumía a que había quedado enamorado del tiempo inexistente.
Me contestó con una frase que no recuerdo, pero que me trajo a la memoria un viejo poema de amor imposible, interrumpido, de aceptación sí, pero no de entrega.
Al tiempo, y formando ya parte del musical grupo de los click click en vano intento de más acercamiento, le pedí que asomara por un segundo su rostro al sol. Pero no quiso. Le rogué un fortuito encuentro en el éter. Pero no quiso. Mi necesidad me hizo decirle: Te escribiré un cuento, y en él sabrás lo que siento, lo que pienso, cuales son mis fines, que sensaciones me provocas. Ella muy contenta me impulsó en la idea y escribí el cuento, pero no tenía final. Busqué por toda mi concha un final que me valiese, lo busqué en mi círculo, salí a la playa en su búsqueda, nada hallé. Y lo supe. Pero lo supe después de releer el cuento. Lo supe cuando el fondo del cuento no era otro que mis propias ideas de alguien ideal, de ese alguien que posiblemente no exista. De un alguien que te hace soñar, sobre el que viertes todos tus deseos y anhelos, pero sin forma alguna.
Le volví a pedir que se asomara, que me dejara ver su rostro un instante. Lo justo para saber de ella, para darle forma a un cuento de idea. Solo el tiempo de plasmar su imagen en mi retina para que me acompañara en una nueva lectura. No quiso hacerlo. Ahora me veo arrastrando mi concha milímetro a milímetro apartándome de aquella caracola. De vez en cuando lanzo un nuevo grito “asómate” pero ella no quiere, solo contesta con evasivas de miedo, de imparcialidad, de orgullo, de tiempo, de fiebre.
Y yo sabiendo que podría ser lo más bonito de este mundo con que algún dios me hubiese mejorado, pero se quedó en un casi. Así, hoy, ya a varios milímetros de ella, escribo esto para dejarlo a la puerta de su caracola.
Espero que algún día se atreva a salir, aunque no sea yo quien la reclame, y la vea y la lea y sienta lo que yo sentía… en aquella vieja playa… de tiempo…. de espacio…
5 Diciembre, 2008 a las 1:08 am
Acabo de leer muy minuciosamente el cuento de tu amiga la cubana Karla, es sencillamente espectácular. Me gustó mucho. Desde el punto de vista que lo mires es interesante. Esta es la realidad que nos envuelve día a día con la evolución de la tecnología y también se podría tomar como una metáfora de los miedos que aún después de haber desnudado el alma con alguien no nos permiten alcanzar la felicidad con la que tanto hemos soñado…
EL PINTOR.
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