Entradas con la Tag “semana negra”

En la Semana Negra de Gijón tuve ocasión de conocer a  Juan esteban Costaín (Popayán, Colombia, 1979). Su primera novela El naufragio del imperio fue finalista este año del Premio Espartaco a la mejor novela publicada en español en el 2007. El libro no ha sido editado aún en España, esperemos que esta importante nominación anime a sus editores.CIMG2491.jpg picture by Laurenblog

Me gustó encontrármelo porque además de ser muy inteligente y culto es una persona bastante simpática. No quise desaprovechar la oportunidad para hacerle una entrevista, se lo propuse y acepto. Nos encontramos a las cuatro de la tarde del miércoles 16 de julio en un bar junto al Puerto Marítimo, muy cerca al hotel en el que nos alojábamos. Juan Esteban habla despacio pero con seguridad; es de sonrisa fácil pero de carcajada difícil. Se le ve muy cómodo aunque transmite cierta de timidez. No me cabe la menor duda de que él es uno de los autores más interesantes de la actual literatura colombiana. (más…)

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La Semana Negra de Gijón (España) es uno de los eventos literarios más singulares del planeta. El que no lo haya visto dificilmente entenderá a qué me refiero. semananegra-1-1.jpg picture by LaurenblogVoy a contárselos muy por encima. Imagínense una gran feria, no de pueblo, una realmente grande, llena de chiringuitos en los que se vende de todo (desde comida y ropa hasta libros) y enormes atracciones mecánicas que convocan a miles de  personas. Bueno, hasta ahí todo parece normal. Ahora imaginen que en  el centro de esa gran fiesta hay un conjunto de carpas (como de circo) donde se reunen a conversar los escritores invitados. Además este año el Museo      L´iber de Valencia, con Alejandro Noguera a la cabeza, representó en una carpa la histórica batalla de Gaugamela protagonizada por Alejandro Magno. Para ello se usaron más de 4.000 soldaditos de plomo. 

Pacao Ignacio Taibo II es el creador, organizador y el alma de esta singular semana.  El formato es sin duda alucinante y,  hasta donde yo sé, único. Un grupo bastante numeroso de escritores, nunca menos de 15, y pueden llegar a ser más de 20, se sienta formando un círculo en el centro de la carpa. El moderador, por lo general otro escritor, abre la mesa anunciando el tema y dando alguna directriz. Con el asunto en el aire la discusión empieza a fluir. Es una conversación entre escritores en la que el público parece no contar para nada. Sin embargo los espectadores están allí como asistentes privilegiados en una reunión de colegas. Estás mesas redondas suelen durar una hora. Se preguntarán si un formato tan descabellado, con tantos participantes y tan poco tiempo, funciona. Pues sí, yo he estado allí dos años seguidos y sí, funciona, y muy bien. Además el público que asiste a los eventos literarios  es numeroso y se le ve encantado. (más…)

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El novelista mexicano Antonio Sarabia (1944) recibió ayer el Premio Espartaco a la mejor novela histórica publicada en 2007. Este galardón, que se entrega en el marco de la Semana Negra de Gijón, es considerado uno de los más importantes que puede ganar una novela de este género. Paco Ignacio Taibo II declaró durante la rueda de prensa en la que hizo público el fallo de este y otros premios, que, ante todo, se trata de escritores que reciben el reconocimiento de sus colegas. También destacó que en los concursos que entrega anualmente la Semana Negra las consideraciones que toman los jurados para premiar una novela son estrictamente literarias.
Si están pensando en una buena novela para el verano tomen nota: Troya al atardecer de Antonio Sarabia, publicada en España por La Otra Orilla. Les aseguro horas de inmensa felicidad. En seguida una pequeña muestra enviada por el autor para los lectores de Inventario.

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La peste había azotado sin aviso al campamento, encajando sus despiadados dedos puntiagudos en la desprevenida carne de sus víctimas. Aparecieron primero algunos perros tiesos, los pelos erizados, los ojos fijos en la nada y los blancos colmillos a la vista, como intentando alejar a la muerte con un postrer gruñido o, no había manera de saberlo, como pretendiendo retener entre las rígidas mandíbulas el último aliento de vida que se les escapaba. Hedían a muerte y a malos presagios, a ruina y a exterminio. Siguieron varias mulas, tumbadas también sobre el costado, con las rígidas patas tendidas al aire, antes de que sucumbieran los primeros humanos. Las aves de rapiña huían sin atreverse a probar la carne de aquellos cadáveres de pupilas enrojecidas y bocas manchadas de sangre. Después, las piras funerarias se propagaron como aciagas columnas de humo más allá de los cascos, apuntalados por gruesos maderos, de la flota varada en la arena. Pero no importó qué tan lejos se quemaran los cuerpos: a pesar de la brisa que soplaba del mar, el acre olor a carne achicharrada se propagó durante días enteros por entre las hileras de barcos que, encallados con las popas vueltas hacia tierra firme dentro de una inmensa garganta situada entre dos promontorios, se extendían a todo lo largo de la playa.

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