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La biografía de Emily Dickinson (Amhers, Nueva Inglaterra, 1830-1886) está llena de rarezas y silencios. Sobre ella escribió Jorge Luis Borges: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amhers buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía.” En esos años de encierro voluntario, elección que tomó muy joven, Emily construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal. Fue inteligente, rebelde y culta, así nos la enseña su escritura

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Lucía Estrada es una de las más talentosas poetas colombianas de hoy, y también una de mis favoritas. Su primer poemario titulado Fuegos Nocturnos apareció en Medellín en 1997. Entonces la poeta tenía 17 años y sorprendió con un libro sereno, reflexivo, que para nada se identificaría con la voz de una adolescente. Uno de mis poemas favoritos de ese libro se titula El Círculo del Poema:

Cada poema abre otro silencio,
recorre las estancias últimas
de la palabra
para volver al todo.

Se precipita en el vacío
después de circular
de mano en mano,
de labio en labio
hasta que no queda ningún vestigio
de la sangre que acuñó su moneda.

Cada poema
un desafío al ojo atento
en el instante justo
de la caída.

Tres años después de Fuegos Nocturnos, en el año 2000, Lucía Estrada publica en San José de Costa Rica Noche Líquida. La renuncia a intitular cada poema consigue que el libro se pueda leer como una sola pieza. Cada uno de sus poemas nocturnos está cargado de una iluminación. Leamos un fragmento:

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La poesía es la representación de la vida exterior. El impulso poético se organiza en el texto, de no ser así se devuelve como un piedra. Blanca Varela (1926-) es una poeta que ha sabido organizar su fuerza creadora en concordancia con su experiencia vital. La suya no es una poesía evocadora, así nos lo confirma su libro Concierto Animal (1999). Ella prefiere apoyarse en la percepción, en la reproducción, no como el ojo que ofrece al cuerpo el alcance de su campo, sino como una lámpara que expulsando de sí rayos de luz interviene rasgando la niebla que la rodea.
Esta representación de la vida en un presente que aparenta desconocer su pasado, hace que sea posible sentir que la existencia está constituida de una materia tan libre que no se diferencia del espíritu. En Concierto Animal el nacimiento es un estado permanente, atravieso la afilada vagina / que me guía de la ceguera a la luz. Y aunque la poeta propone el nacimiento como un transito a la iluminación no desconoce cuan doloroso es vivir. La imagen de una afilada vagina consigue trasmitirnos la violencia del parto al que estamos convocados permanentemente.
Blanca prefiere Morir cada día un poco más, no hasta conseguir la muerte absoluta, pues quien reconoce que muere cada día, sabe que la muerte se tiene en el cuerpo a plenitud desde el día mismo del nacimiento. La suya parece ser más bien la búsqueda de quien trata de darle a su espíritu un cuerpo. Leamos el poema Morir cada día más :

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Por Antonio Sarabia
¿Qué nos mueve a la traducción? ¿El deseo de compartir con otros de nuestra misma lengua lo que nos conmovió en una ajena? ¿El sentirnos de modo vicario coautores de un texto que admiramos? No lo sé, tal vez en cada traducción haya un poco de ambas cosas. En mi caso influye además la necesidad de mantener el lápiz afilado y el brazo caliente entre las pausas de mis propios escritos. Los poemas que siguen, todos traducidos por mí, son acaso lugares comunes para muchos lectores de habla portuguesa pero como no son muy conocidos fuera de ese ámbito me complace presentar ahora su versión castellana en este blog. Desde luego su elección obedece a una terrible arbitrariedad a su vez regida por el azar: el azar de una lectura, de una afinidad estética o literaria y hasta del afecto instintivo por determinados autores vivos o muertos.
El primero es una deliciosa composición de José Gomes Ferreira (Porto, 1900-1985). Gomes Ferreira aunque nació en Porto, vivió desde muy niño en Lisboa, compuso música y despertó la admiración de sus contemporáneos tanto por sus dones como poeta como por sus compromisos sociales y políticos. Llegó a ser cónsul en Noruega de 1925 a 1929.

VIVIR SIEMPRE TAMBIÉN CANSA.

El sol es siempre el mismo, y el cielo azul
ora es azul, nítidamente azul,
ora es ceniza, negro, casi verde…
mas nunca de color inesperado.

El mundo no se modifica.
Los árboles dan flores,
hojas, frutos, pájaros,
como máquinas verdes.

Los paisajes tampoco se transforman.
No cae nieve escarlata,
ni planean las flores,
la luna no tiene ojos
y nadie va a pintarle ojos a la luna.

Todo es igual, mecánico, exacto.

Y por supuesto los hombres son los hombres.
Eructan, beben, ríen y digieren
sin imaginación.

Y hay barrios miserables, siempre iguales,
discursos de Mussolini,
guerras, orgullos desquiciados,
autos de carreras…

!Y me obligan a vivir hasta la muerte!

¿Qué no sería más humano
morir un pedacito
de cuando en cuando
y recomenzar más tarde
hallando todo nuevo?

¡Ah! Si pudiese suicidarme por seis meses,
morir encima de un diván
con la cabeza puesta en una almohada,
y la confianza y la serenidad que da saber
que me velabas tú, mi amor del Norte.

Cuando alguien viniera a preguntar por mí,
le dirías con esa tu sonrisa
donde arde un corazón en melodía
“matose esta mañana
y no va a resucitar ahora
por una bagatela.”

Y vendrías después, muy suavemente,
a velar por mí, sutil y cuidadosa,
andando de puntillas para no despertar
a la muerte aún pequeñita en mi garganta.

Este otro, un soneto de David Mourão-Ferreira (Lisboa, 1927-1996), me atrajo por la musicalidad y la profunda nostalgia que emana del poema. Mourão-Ferreira estudió Filología Románica y fue profesor emérito de la universidad de Lisboa. En los años sesentas estuvo vinculado a varios programas culturales de radio y de televisión. Llegó a Secretario de Cultura entre el 76 y el 78.

Y A VECES

A veces las noches duran meses
Y a veces los meses son océanos
Y a veces los brazos que apretamos
nunca más son los mismos Y a veces

encontramos de nos en pocos meses
lo que la noche nos hizo en muchos años
Y a veces fingimos que añoramos
Y a veces añoramos que a veces

al tomarles el gusto a los océanos
sólo heces de noches no de meses
al fondo de las copas encontramos

Y a veces sonreímos o lloramos
Y a veces a veces ah a veces
En un segundo se esfuman muchos años.

Quisiera terminar con dos de Marcelo Teixeira (Pinhal do Norte, 1964). Su especialidad es la historia pero se ha dedicado más que nada a la literatura, primero en el programa radiofónico Las Márgenes del Silencio allá en los años ochentas y, actualmente, en su trabajo de editor.

MOVIMIENTO PERPÉTUO

Estas son las cosas más simples
los más conocidos secretos nocturnos, dirás
en vano me escribes poemas, plantas rosas
sé que es de ti de quien hablas al evocarme,
de tu gente, de lo que no soy
de lo que no hago a esta hora.
Es muy cierto, no sé quién eres
los días en que me ocultas la mirada,
o el ardor que me profesan tus manos.
¿Conoces Goa? ¿Monte Albán?
¿Cómo saber en qué cuerpos te extraviaste?
Esas son las sombras de mi canto
los mejores gestos inútiles de estos días
pero no me detengas si te invento;
es por saberte imperfecta en los versos de ayer
que recomienzo cada día tu retrato.

SI TE ABRO LA PUERTA

Si te abro la puerta
no olvides
que todas las noches exigen un sacrificio.

Nada receles
mas no esperes almíbar en la boca
ni armisticio al cuerpo
ni baño en la mañana.

Nada receles
mas no esperes palabras inocentes
acostumbro mentir en los días pares
y faltar a la verdad en los restantes.

Si te abro la puerta
llámame sólo por mi nombre
y sé bienvenida al trono de un reino saqueado.

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LAUREN MENDINUETA, LA VOCACIÓN SUSPENDIDA… Y REANUDADA
Por Antonio Sarabia

Cuando conocí a Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) una de las primeras preguntas que le hice fue si, en alguna parte de su pretigioso currículum vitae, existía una estadística sobre posibles suicidios entre sus lectores. A ella le hizo gracia la broma. Lauren es una mujer alegre, risueña, afable, afectuosa, simpática. Nada en su comportamiento habitual permite suponer la a duras penas contenida descarga emocional que nos desgarra en su obra. Su estilo es reflexivo, sobrio, conciso, desnudo de adornos que no estén vinculados a los grandes arquetipos elementales. Pero cada uno de sus versos nos sacude, nos estremece, con el suave y eléctrico trepidar de una tristeza, una desolación, un abandono que viene de muy atrás, de muy hondo, de muy lejos, y que remueve dentro de nosotros, como rozando las íntimas cuerdas de un diapasón ancestral, la evidencia de nuestro propio desamparo ante las insidias del tiempo, del desamor, de la soledad, del desarraigo y de la muerte.
Esto se hace aún más evidente en su más reciente trabajo, La Vocación Suspendida, que fue presentado el sábado 26 de abril durante la entrega del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos al que ella se hizo acreedora el año pasado. En él, la poeta llega a dudar del sentido de su propia vocación, sobre todo en el doloroso poema final. Sin embargo, es la escritura misma del poemario en el que la pone en entredicho lo que la alienta a reactivarla.
En el último párrafo de su magnífico prólogo, Jon Juaristi, quien presentó el libro en la ceremonia de Albox, escribió:
La vocación suspendida es un poemario orgánico, cerrado, completo: una teoría del “dolorido sentir”, tensa hasta el desgarramiento y, a la vez, contenida. Lo suficientemente contenida como para permitir una lectura analítica y serena, que no es poca virtud y maestría. Lauren Mendinueta se revela aquí como una de las voces más individualizadas de su generación. Una voz extraordinariamente madura, dueña de sus recursos, que ha sabido edificar una tradición a su medida, sin dejarse dominar por ella, sometiéndola a lo que debiera ser el proyecto de todo poeta auténtico: la creación de un personaje dotado de una vida moral autónoma. En la obra de esta joven autora latinoamericana, con una evidente vocación universal –no ya suspendida, sino activada por su residencia lisboeta-, se encuentran algunas de las claves de lo que será la mejor lÌrica del siglo XXI, en el que la poesía renueva su vigencia ancestral”.
Enhorabuena, Lauren, por tu nuevo poemario. Permítenos adjuntar, más abajo, una breve selección de los poemas que contiene. Seguro que lo agradecerán tus lectores.

ASÍ PASAN LOS AÑOS

Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.

BOGOTÁ, DESPUÉS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE

No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autobús porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
Pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.

OLVIDO DE MÍ

Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.

LA TORRE DE MARFIL

El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.

EPITAFIO EN LOS DÍAS HABITUALES

Me pregunto cuál es la defensa de esta terca pasión,
por qué no fui costurera, vendedora de cigarros, bailarina o actriz.
Sobreviví por costumbre como las aves del cielo,
nunca estimé la moda tanto como a los nenúfares en su limbo,
visité catedrales y amé la inmovilidad de los cementerios.
Magnífico hubiera sido elegir otras tareas
y no esta vocación suspendida
a la que la mente, de la mano del oficio, me arrastró.

LA VOCACIÓN SUSPENDIDA
A Pierre Klossowski, in memoriam

No es honesto detenerme tratando de justificar con ideas
lo que es vida en la vocación,
ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica
y la punta de la realidad.
¿Cómo entender la pasión exclusiva por un oficio
que lo remplaza todo, que todo lo justifica en su complacencia?
Si escribo puede ser que alguna vez devele una verdad
por las rutas adonde me arrastra mi sangre.
Soy libre porque estoy presa en el engaño que supone todo misterio.

POÉTICA

Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra.

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Ayer, 23 de abril, se cumplieron doce años de la muerte del gran escritor ruso Joseph Brodsky. Por la gran admiración que le tengo al autor, no podía dejar que la fecha pasase inadvertida en Inventario. El tiempo corre deprisa. La crónica que publico abajo la escribí hace ya siete años después de una visita a Joseph Brodsky en su última, y por ahora definitiva, morada en el cementerio veneciano de San Miguel.

JOSEP BRODSKY, TODAVÍA NO MÁRMOL

Italia es un sueño que sigue repitiéndose
 durante el resto de la vida.
Anna Ajmàtova

Tomé el tren a las nueve y treinta, en una de las noches más frías del otoño de Viena. Traía la maleta de mi abuela Mercedes, mi London Fog, un ejemplar de Marca de Agua de Joseph Brodsky, dedicado para mí por Álvaro Rodríguez Torres, y un par de botas negras. Cómo definir lo que sentía, ese tren que tomaba iba a Venecia. Y aunque el tren marchaba hacia delante en el tiempo, gastando las últimas horas de octubre de 2001, también retrocedía hasta 1991 cuando desee por primera vez visitar el puerto sobre el Adriático. Esa noche, superpuestos la marcha del tren y mi recuerdo, no viajaba, permanecía frente a la realización de mi deseo. La noche colaboraba a mis sensaciones simulando la nada. El tren se internaba en un túnel que me llevaba sin escalas de Viena a Venecia, de Barranquilla a Venecia. Así, sin tiempo ni espacio, abrí el libro de Brodsky.
En el invierno de 1972 yo era un alma sin peso y Joseph Brodsky llegaba por primera vez a Venecia, acompañado de su maleta y vestido en su propia London Fog. Ambos nos dirigimos a una cafetería; ambos, Brodsky y yo, esperábamos a una veneciana; ambas venecianas llegarían retrasadas, y en el espacio de nuestra espera percibíamos la marca imborrable de Venecia. De Venecia lo primero que uno siente es su olor. El mar se le viene a uno de golpe y lo sacude. Para mí, su olor es el de la lluvia sobre el mar, el del agua marina mojada por el agua celeste.
La vista, que es avasalladora, porque aminora con su fuerza la percepción de nuestros otros sentidos, no interviene mayormente si uno llega en tren a Venecia. La estación de Venecia tiene el encanto de lo bien conservado, y si no encontráramos, tan pronto nos bajamos del tren, la Mc en rojo y amarillo nos parecería estar llegando a una estación del siglo XVIII. Desde la estación del tren uno no ve a Venecia si, como el poeta ruso, llega en invierno y de noche. Tampoco verá la ciudad si es otoño y amanece envuelta en una espesa bruma.
El retraso de mi amiga, la poeta Silvia Favaretto, empezaba a inquietarme, y justo cuando me disponía a moverme de sitio, temiendo haberle entendido mal, apareció ella, vestida en impecable negro, sonreía entre alegre y apenada. Desde el Vaporetto vi por primera vez la ciudad. Mis sentidos pasaron pronto a ser suave acompañamiento. La vista en Venecia, actua como el dedo de un fotógrafo, el cuerpo se transforma en cámara. Instalada en la habitación del palazzo sentí la ciudad detenida en ofrecida belleza. A diferencia de otras ciudades en las que uno presiente se está perdiendo un acontecimiento irrepetible, a Venecia uno puede recorrerla como a un álbum de fotografías, intemporal dentro de múltiples temporalidades. Cuando antes del viaje leía Marca de Agua, me gustaba pensar que como Brodsky visitaría Venecia, ahora que he vuelto siento nostalgia pues mi viaje es ya el pasado y el pasado es padre de la vida como el agua es su metáfora.
Brodsky volvió todos los inviernos con dos o tres excepciones debidas a ataques cardiacos propios o ajenos. La muerte, que con frecuencia nos impide los retornos, le devolvió para siempre a la ciudad. San Michele es el nombre de la isla cementerio de Venecia, allí fui con Silvia para visitarlo. Mi viaje a San Michele no empezó esa mañana del 31 de octubre; había empezado unos meses atrás cuando el poeta Alvaro Rodriguez Torres descubrió que Joseph Brodsky había sido enterrado en Venecia. Él, que tal vez lo escuchó en la radio, y sabía de mi amistad con la poeta veneciana, me envió el dato por email. Yo, a mi vez, le escribí a Silvia Favaretto contándole de nuestra gran admiración por el poeta ruso, y le pedía visitara la tumba llevándole una flor blanca. Para nosotros simbolizaba un homenaje no sólo a Brodsky sino también a Anna Ajmátova, nuestra amada Anna, y en ellos a toda la poesía rusa. Bogotá- Barranquilla, Barranquilla, Venecia, el homenaje incluiría una ciudad más, un poeta más.
Silvia me respondió que aunque ella lo ignoraba pronto descubriría en qué isla se encontraban reposados los despojos del poeta ruso, y, por supuesto, prometía llevar la flor. Transferida la respuesta vía email a Bogotá, Alvaro Rodríguez le escribió al poeta Jorge Bustamante en México contándole de nuestra»intriga internacional». Con Bustamante en Morelia, mejor que con nadie, se completaba nuestro arrojado homenaje. Jorge vivió en Rusia y es uno de los mejores traductores de la poesía rusa al español. Blok, Ajmátova, Sologub, Mandelstan y otros grandes poetas le deben bellísimas traducciones. Pero sobre todo yo, que no leo en ruso, le debo a Bustamante mis primeros acercamientos a esa maravillosa poesía de alma triste.
Todos estabamos emocionados, esperábamos que Silvia escribiera, enviando incluso una foto, sobre su visita a Brodsky. Los afanes diarios entre la universidad, el trabajo y los viajes, le impidieron a Silvia completar lo planeado. Así que esa mañana del 31 de octubre, ella y yo veríamos por primera vez la tumba y colocaríamos la flor blanca. Pero, ¿cómo encontraríamos la tumba de Brodsky? Desembarcamos en una isla casi sobre poblada y sin dirección. Una isla bellísima adornada por lápidas de mármol, bóvedas que ostentan nombres de duques, marqueses y marquesas, bellísimos ángeles y vírgenes que osaron mirar hacia atrás y en sus rostros quedó detenida para siempre la tristeza, paredes con largas inscripciones en latín que hablan al unísono de la furia de Dios y su misericordia. Belleza y silencio. Nos deslizamos entre árboles apenas vestidos de hojas, caminos cada vez más solitarios. A veces nos deteníamos frente a la tumba de un hermoso adolescente, los italianos adornan sus tumbas con fotografías estampadas en porcelana.
Una hermosa música se escucha
mientras el invierno despierta alrededor
está claro que en el puerto de la vida
la muerte es la única soberana (…). El poema de Anna Ajmátova, la traducción de Bustamante, se me vino a la boca; lo escuché como si de otros labios saliera, como si se completara letra por letra en aquellos difuntos. La isla de san Michele tiene tal encanto que uno podría elegirla como residencia inmediata. Uno podría como el personaje de Thomas Mann, Gustav Aschenbach, sumergirse en la agradable monotonía de la isla y elegir la muerte en Venecia. Después de caminar muchísimo, y casi a orillas de la resignación, nos topamos con una guía, una mujer muy joven. Silvia le preguntó por Brodsky, ella amablemente nos regaló un mapa. Sí, allí estaba la tumba, cuidada y llena de flores, en la lápida su nombre en caracteres latinos y cirílicos y las fechas pertinentes. Sobre la lápida un buen número de conchas marinas, treinta y tres, ¿traídas hasta allí para conmemorar la infancia del poeta a orillas del Báltico?
Si San Petesburgo es la Venecia del norte, Barranquilla es la Venecia efímera de América del Sur. Nací en la calle Felicidad, entre Cuartel y Líbano, en la casa de mis abuelos paternos Mercedes y Antonio. La noche de mi nacimiento llovió, abril aguas mil. Cuando llueve en Barranquilla la ciudad se transforma de terrestre a fluvial. Uno puede ver como automóviles y buses son arrastrados por las fuertes corrientes de aguas negras. No hay elementos insólitos bajando por las corrientes. De pequeña vi a mi abuela arrojando el colchón de Israel, un empleado suyo enfermo y muerto de cáncer en la garganta. Vi pasar frente a mi casa: mesas, camas, espejos, cuadros, todo un mobiliario. Mi abuela vio pasar al primer muerto en un arroyo, un médico que se ahogó dentro de su automóvil. Para mí el agua ha sido fascinación y miedo. Crecí frente a un canal efímero. El acontecimiento más importante de mi infancia fue mi primera comunión. Yo habría querido llevar el cabello largo y ensortijado, en cambio mi cabello era liso y me lo cortaron formando un círculo alrededor de la cabeza. Pero aún así fue el día más feliz de mi infancia. Esa mañana llovió. Llegué a la catedral con mi vestido blanco ribeteado por el negro de las aguas. Frente a la tumba de Brodsky sentí en el aire esa mezcla de nobleza y vigor que se respira ante el monumento de un héroe conocido. Brodsky es la imagen de la serenidad en medio de la desgracia, de la gracia en medio de la tortura. ¿Acaso es posible en nuestro tiempo un heroísmo que no incluya la resignación? Bogotá-Barranquilla, Barranquilla- Venecia, Barranquilla- Bogotá, Bogotá- Morelia, Morelia- Venecia. Alvaro- Lauren, Lauren- Silvia, Lauren- Alvaro, Alvaro -Jorge, Jorge- Silvia, Todos-Brodsky. El mar debajo, fina playa, todavía no mármol.

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De un tiempo a esta parte me encuentro con frecuencia libros de Ruth Fainlight (Nueva York, 1931). El primero lo compré en Gijón el año pasado y se titula Feathers (Plumas). Este libro, bien editado en México por El Tucán de Virginia, tiene para mí una sola debilidad: los poemas fueron traducidos por tres personas. Se nota que no hicieron un trabajo en equipo, sino que se juntaron las traducciones arbitrariamente. El resultado es una mezcla en la que aparecen tres voces que no siempre se corresponden. Lo bueno, es que la editorial publica el original junto a la traducción. Después he ido encontrando de manera misteriosa otros títulos: The Know y Sibyls and Others. Es una autora que me gusta porque suele componer sus poemas con una graciosa ironía. En su voz se siente un compromiso con la historia, y particularmente con la historia de las mujeres. Refiriéndose al poema Papel azúcar-azul Valerie Meyer escribió: “Con humor le quita al poema el estorboso fulgor de la celebridad obtenida por conocer a los célebres.” Estoy totalmente de acuerdo, pero además comparto con la autora esa huella indeleble que deja el encuentro con los personajes que admiramos: yo también estuve en la puerta de Anna Ajmátova y tampoco pude entrar.

PAPEL AZUCAR-AZUL (fragmento)

I

Tratar de describir un color
por comparación y por metáfora
es tan fútil como intentar
tararear las melodías que escucho en mi cabeza.
Sin embargo pensé que todos sabían
lo que significaba papel azúcar-azul.

Papel —azúcar— ese papel espeso, duro,
ligeramente granulado en la superficie, salpicado
de pálido azul marino, que se pega o se dobla hasta hacer
bolsas de azúcar. La siguiente imagen:
mi madre y mi tía con los dedos pegajosos
en la tienda de ultramarinos de la familia.

Después de la escuela, empujando un cucharón de metal
dentro de un peludo costal de yute
a través de la escurridiza humedad,
ellas llenarían esas bolsas, luego harían su tarea.
Ustedes entienden, no hay prueba
de que esto ocurrió en realidad.

Estaba tratando de describir una habitación
en Leningrado (en el 65
ese era aún el nombre de la ciudad), los muros pintados
del color tradicional del siglo diecinueve,
el color al que llamé papel azúcar-azul
frente a una amiga en Nueva York, años más tarde.

II

Era el estudio de los padres de mi guía,
dos educados Peterburgueses
que habían sobrevivido al sitio,
dijo su hija, con los cuerpos demacrados
y unos ojos enormes como los ojos de Ruvlev
en los íconos del Hermitage —“Así
nos veíamos todos” —, y ahora, orgullosamente,
me mostraban libros, álbumes, panfletos
que protegieron durante los años terribles.

Di la vuelta a las páginas de papel delgado o grueso,
pensé en aquellos escritores y artistas
que se fueron a los gulags o a Paris, consciente
de estar tocando reliquias sagradas.

“Aquí está el primer verso publicado de Mandelstam”, Traducía
Galya. “Estos grabados en madera son de Goncharova,
y miren: Blok, Bely, Gumilev.”
“¿El afortunado que se casó con Ajmátova?”
(Así era yo de exhibicionista) “Sí” confirmaron ellos.
“Y este es el libro con la serie de poemas
dedicados a ella por Marina Tsvetaieva”
quien los tituló La Musa, y después dijo:
“Leo como si Ajmátova
fuera la única persona en la habitación.
Leo por la ausente Ajamátova”.
Quien no los escuchó, sino que llevó el manuscrito
en su bolso por años, hasta
que se partió de los pliegues y se desbarató.

III

Tal vez yo no tenía más de doce años cuando,
en el librero de mi tía, hecho de caoba con el frente de vidrio—
cuando limpiaba el polvo de sus intrincadas patas en forma de garras,
las guirnaldas de las hojas se balanceaban envolviendo
las cadenas de torsos femeninos
que surgían de las columnas laterales
como cariátides desnudas, o
como mascarones gemelos de ojos fijos
y rostros severos de implacables Sinos
en la nave de la espera
en la que ese librero (la misma pieza está ahora
en mi departamento de Londres; ese objeto singular,
cuya apariencia y contenido, me temo,
formó mi gusto para todo) se transformó—
encontré lo que sólo puede llamarse
“un delgado tomo”, con pastas blandas,
en una escritura y lenguaje desconocidos.

No recuerdo a la tía Ana traduciendo
una sola línea de sus páginas, ni explicar
jamás cómo logró adquirirlo.
Sin embargo me dijo algunas cosas sobre la mujer
que lo escribió —la primera vez que oí
esas palabras: Anna Ajmátova—
después, me pregunté qué tan importante
pudo ser la coincidencia del nombre para ella,
mi tía, que desde los días de empacar azúcar en bolsas
se veía a sí misma como una artiste manquée.

IV

¿Eres admiradora de Ajmátova?
Era, sin duda, una pregunta capciosa.
Rostros blancos brillando sobre negro
paredes azules y estantes de libros
como bustos de mármol en una biblioteca
los tres me miraban atentos.

“Tú sabes que no hablo ruso. Pero
hay algunas traducciones…”
No podía seguir así. Me sentía ridícula.
“Ahora está enferma”, decía Galya,
“pero sigue en el mundo.
Y qué buena vecina.”

¿Vecina? Era difícil imaginarla
en una situación tan mundana.
Como la seda tensa de un paracaídas
que se colapsa hacia adentro, que se hincha
con los vientos contrarios, las barreras
del tiempo y del espacio cambiaron de forma y de significado.

“¿Oyes ese sonido?” Mi incisiva mirada siguió
a la de Galya hacia el techo. “Ella debe sentirse
mejor hoy, está caminando en su habitación”.
“¿Anna Ajmátova vive arriba?”
Mi atemorizada, incrédula voz
Crujió como el entarimado del piso.

V

Preguntas suspicaces:
como si fuera necesario oír el simple hecho
reiterado una vez más;
implorando que me ayuden de alguna manera
a conocer a la famosa poeta,
a la testigo,
al monstruo sagrado,
a la anciana, mujer moribunda
— o al menos
que me ayuden a verla—
aunque sea sobre el hombro
de alguno de ellos, que pudieran tocar
a su puerta y dejarme ver
incluso si es sólo por un instante—
únicamente entreverla — un vislumbre—
Anna Ajmátova:
mi obsesiva
exigencia sobrepasaba todo pudor.
Pero ellas con firme insistencia, repetían
cada vez que yo preguntaba, que lo que
yo quería era imposible.

IX

Lo que yo quería era imposible. Lo que
yo quería hacía incómoda el resto de mi visita.
Muy pronto Galya y yo
estábamos diciendo adiós a sus padres
—a ese bello estudio tapizado de azul—
y bajando las escaleras.
Los mismos peldaños, etc, etc.
Todos los pensamientos obvios.

Me detuve para ver hacia arriba la fachada gris
(un agraciado edificio, tal como lo recuerdo) y,
creyéndome muy lista, pregunté como si nada
“¿Cuál es tu ventana?” Medio reacia,
medio divertida, ella me dio la respuesta que yo esperaba.

Hubo un tiempo,
en los cuarentas, después de la guerra,
cuando había guardias apostados
afuera de su casa,
y Anna Ajmátova
estaba obligada a aparecer,
mañana y noche, en su ventana,
para confirmar que no se había escapado
o matado.

Aunque me mantuve de pie
por mucho tiempo al día siguiente
en la acera opuesta
y miré fijamente hacia la ventana
esperando ver, detrás
del acucharado encaje de azúcar de la cortina,
la imagen borrosa de un rostro
que pudiera ser el suyo,
nadie estaba ahí.

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Gracias a la mediación de Ricardo Bada, he tenido el gusto de conocer epistolarmente al poeta onubense José Bena (Palos de la Frontera,1951), con quien comparto, además del oficio, el amor por Lisboa. Entre otras actividades José Baena ha enriquecido su trabajo literario colaborando con varios programas radiofónicos: “Y el verso se hizo mundo”, “El hombre y la palabra”, “Estero” y “Celacanto” en Radio Popular.
En esta ocasión José nos ha enviado un poema para compartir con los lectores de Inventario.

TU RISA INVERTEBRADA

Primero fue mirarte.
Imaginarte desnuda.
Redondas formas
gravitaban
convidándome
a un banquete de besos
esparcidos en infinita
y mágica geografía.
Mirarte sólo . Sólo mirarte.
Construirle alas al pensamiento
sembrando
de futuras esperanzas
blancas sábanas de sueños.
Después
un sí único
que navegaba- el agua
es seda- el aire.
Liturgia en cada fibra.
Vivientes signos me transportan
a cimas de caricias.
Emoción desbordada
y por tus venas,
mi sangre y tu sangre
ya abrazadas.
( Cuestión de tiempo
y de forma
que la imiten los brazos).
Y sobre mí , cegándome,
una lluvia de síes
desprendidos
de tu boca,
- sí, sí, sí, sí, sí…-
convocándome
al paraíso prometido.

Adivinar tus formas.
El blanco muslo,
la suave piel,
Subir como un río
de la cintura a los pechos,
invadiéndote,
alargando tus orillas,
multiplicando la lengua
y las manos;
esculpiéndote
en la sombra de mis ojos.
Inundar tu vientre,sin nubes,
en torrentes de gritos.
Sembrar en tu alma
mi deseo.

En la alcoba,
una tenue luz.
Recatada, al fondo,
tú,
desnudándote.
Adivino
la profunda inmensidad
de tus ojos.
Cae
el vestido. Mi corazón
se acelera. Contengo
la respiración mientras
te miro y te deseo.

Mujer, te quiero
así, perfecta
en tu silencio;
en la superficie del verbo
sólo forma, tacto sólo.
Sin nombres, sin molestos
signos que todo lo interrogan.
Exaltación de carne
y nadería. Silente
esfinge que odia las palabras
ansiando
las manos del tacto
transcendido
a la magia del instante.
Por eso tu boca, mujer,
no hecha para el hambre
cumple el destino
de lo imposible
cuando agrega a su silencio
el beso consumado.

Antes que la finísima
punta
de tu lengua
tocara mi mirada,
mis sueños te vieron como eres.
Porque antes que nada
naciera
te nacieron mis sueños.
atropellando los pasos
y el viento.
Es nadar despacio
para sorprenderte
en tus sombras
donde yo te invento
buscando islas.
Donde soy limosnero
de tu luz,
harina blanca
para tu pan
cuando te persigo hoy
que me sobra el mundo.

Y por qué , de tan postergada,
tú, no vas, en ascensión
de mí, hacia tu amor
más alto.
Reververancia de mi yo
hacia donde lunas, no alcanzadas,
recrean las noches
de tu cielo primerizo;
cielo niño, cielo virginal,
besos en la salsa del abrazo.
Y por qué, de tan postergados,
tus labios,
no suscitan un lenguaje nuevo
donde los fonemas
sólo hablen de amor
y al soplo de la vida
todo acabe
cuando ya no sepamos subir
por el dulce camino
del te quiero.
Y por qué, cuando nazca…
sí, en tus ojos,
guirnaldas amarillas,
se enciendan,
renacer en tu deseo
y nos alumbren, para siempre,
soles de una galaxia nueva,
la magia
del profundo misterio
de los signos.

Amor se construye
en el acaso.
Mañana
tus brazos
serán de otro
río.
Y otras aguas
lloverán tus ojos

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Fernando Charry Lara nació en Bogotá en 1920. A los veinticuatro años publicó su primer libro Poemas (1944). Volumen al que le siguió Nocturnos y otros sueños (1949), con prólogo de Vicente Aleixandre. La aparición de este segundo poemario le aseguró un puesto de máxima importancia en las letras colombianas. Su obra se caracteriza por la brevedad, solo cuatro libros de poemas y otros cuatro de ensayos en cincuenta y cinco años de carrera literaria. Sin embargo, se forjó como una de las grandes voces de la poesía colombiana. Juan Gustavo Cobo Borda, poeta y ensayista, lo describe así: “Con su boina, y la picardía en la mirada, Fernando Charry Lara mantenía una ecuánime apariencia de abogado en retiro y cumplido catedrático de literatura. Pero por debajo de esa pulcra figura alentaban los demonios felices de la poesía. ”
Además de ejercer la carrera de Derecho, el poeta trabajó como maestro, fue director de la Radiodifusora Nacional de Colombia y de la Extensión Cultural de la Universidad Nacional. Murió en Washington mientras visitaba a su hija Luz Helena el 22 de julio de 2004. Su cuerpo fue devuelto a Bogotá donde se le recibió con honores.
Les presento una selección muy breve y personal de su poesía e incluyo dos traducciones para los lectores portugueses.

JARDÍN NOCTURNO

La mancha del cielo azul, sombras de árboles, sombras de nubes,
y alrededor muros, ruinas, piedras que en el silencio

son frío, si la mano, si el pensamiento las roza.

De noche, retraído y apasionado,

contemplar desde allí lo lejano.

Olvidado de sí, hambriento del mundo,

vagar entre luces, ciudades, veranos. Mas luego como
cuando uno, sin saberlo,

extiende por mares su corazón
y regresa al solo sitio en que sueña:

ha pasado
el tiempo, y sin embargo

está el fulgor lunar sobre la vida. Así ilumina,

así entristece viril
al hombre la soledad de su delirio.

OLVIDO

Los días que uno tras otro son la vida.
Aurelio Arturo

La trémula sombra ya te cubre.

Sólo existe el olvido,

Desnudo,
Frío corazón deshabitado.

Y ya nada son en ti las horas
Las taciturnas horas que son tu vida.
Ni siquiera como ceniza

Oculta que trajeran
Los transparentes 

Silencios de un recuerdo.

Nada. Ni el crepúsculo te envuelve,
Ni la tarde te llena de viajes,
Ni la noche conmueve tu obstinada
Nostalgia del amor, cuando
Una tácita doncella surge de la sombra.
Oh corazón, cielo deshabitado de los sueños.


TENDIDO EN EL LECHO

El mundo a tus sueños rendido.
La noche, distante. aurora de otra tierra,
el mar y su salvaje
tristeza de animal insomne bajo la luna,
las olas que avanzan perseguidas
como el amor indomable
vagan en una vibración errante entre los aires.

Tú sientes en el pecho esas secretas
reminiscencias puras de la vida,
lejanas a los brazos
y en el sueño próximas,
y próximas más en esta hora
en el íntimo abrigo de una habitación
como al encuentro furtivo de dos amantes,
lívida ante la sola desnudez deslumbrante.

Tendido de fatiga aquí en el lecho,
de los países extraños amaste
la belleza, remota del otono
y eI obstinado anochecer en el invierno,
la ternura húmeda del paisaje,
tus pasos mudos en la ciudad descubierta,
tus pasos solitarios, el encuentro
de la adorable palidez como fantasma.

Con el movimiento triste en los dedos
no apartes esa música,
no despiertes a la vida:
estas voces que el oído rozan como alas
testigos han de ser del sueño a tus recuerdos.

ESTIRADO NO LEITO

O mundo rendido a teus sonhos
A noite, distante aurora de outra terra,
O mar e sua tristeza
selvagem de animal insone sob a lua,
as ondas que avançam perseguidas
como o amor indomável
vagam numa vibração errante entre os ares.

Tu sentes no peito essas secretas
reminiscências puras da vida,
distantes dos braços
e no sonho próximas,
e mais próximas nesta hora
no íntimo abrigo de uma alcova
como ao encontro furtivo de dois amantes,
lívida ante a solitária nudez deslumbrante.

Estirado de fadiga aqui no leito,
dos países estranhos amaste
a beleza, remota do outono
e o obstinado amanhecer no inverno,
a ternura úmida da paisagem,
teus passos mudos na cidade descoberta,
teus passos solitários, o encontro
da adorável palidez como fantasma.

Com o movimento triste nos dedos
não apartes essa música,
não despertes a vida:
estas vozes que roçam o ouvido como asas
testemunhos hão de ser do sonho em tuas lembranças.

VIAJERO

La extrañeza del lugar aunque
lo imaginaba. Lo interminable del instante
y lo áspero. Un comedor vasto como el hastío,
Mas aquí, en reposo,
el mudo mantel, el atardecer
junto a la sombra
de los recuerdos en el rostro.
Obstinada la hora
le encierra, solitario, y al hermano
que llora bajo sus pensamientos.

Un sitio siempre ajeno como el amor, un lento salón
que a los fantasmas del viaje, en bandadas,
aparece de súbito con lámparas y memorias.
Conversaciones, alas, palabras apenas,
rumor en tomo. Una cucharada
a los labios con un remordimiento
y sobre la mesa, inmóvil, desconocida;
la silenciosa blancura de sus manos.

Quisiera despertar de entre los muertos
mientras la hora sórdidamente huye.

Lo piensa mientras a su alrededor
la mosca del sueño, el periódico,
el volumen ardiente de una falda,
no importa,
qué cuerpos o miradas, la tenaz
ola de melancolía también
les llega,
y en procesiones nocturnas
los huéspedes no duermen sino avanzan
con equipajes, entre espejos y blancos uniformes,
sonrientes, solos, sonámbulos,
por carrileras, a pie, enlunados,
al subterráneo final de los trenes sin nadie.

VIAJANTE

A estranheza do lugar embora
o imaginasse. O interminável do instante
e o áspero. A mesa de jantar vasta como o fastio.
Mas aqui, em repouso,
o mudo mantel, o entardecer
junto da sombra
das lembranças no rosto.
Obstinada hora
a encerra, solitário, e ao irmão
que chora em seus pensamentos.

Um lugar sempre alheio como o amor, um lento salão
que aos fantasmas da viagem, aos bandos,
aparece subitamente com lâmpadas e memórias.
Conversas, asas, palavras apenas
rumor em torno. Uma colherada
aos lábios com um remorso
e sobre a mesa, imóvel, desconhecida,
a silenciosa brancura de suas mãos.

Quisera despertar de entre os mortos
enquanto a hora sordidamente foge.
Pensa enquanto em seu arredor
a mosca do sonho, o jornal,
o volume ardente de uma saia,
não importa
que corpos ou miradas, a tenaz
onda de melancolia também
nos chega,
e em procissões noturnas
os hóspedes não dormem como avançam
com maletas, entre espelhos e brancos uniformes,
sorridentes, solitárias, sonâmbulos,
por trilhas, a pé, alucinados,
ao subterrâneo final dos trens sem ninguém.

 

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Nacida en Santiago en 1952, Carmen Yánez es una de las poetas chilenas más sobresalientes de la actualidad. Su poesía tiene una dulzura estremecedora que invita a la contemplación y fascina a todo aquel que haya nacido con cierta tendencia instintiva hacia la belleza.
Su vida, como la de tantas escritoras legendarias, está llena de dolor, pero no exenta de felicidad. Ella, como Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva o María Teresa de León, vivió en carne propia uno de los episodios más terribles de la historia del siglo XX, razón por la cual debió exiliarse en Suecia desde 1981. En 1997 cambió su residencia a España. En Gijón, Asturias, encontró un paisaje que la fascinó y el regocijo de volver al más puro origen, que para ella, como para todo escritor auténtico, está en el idioma.
Aunque había empezado a publicar en revistas desde Suecia no fue sino hasta 1998 cuando apareció su primer libro “Paisaje de Luna Fría”. Muy pronto su poemario fue traducido y editado en Italia. En el 2001 publica “Habitata dalla memoria”. Al año siguiente recibe en España el prestigioso premio de poesía “Nicolás Guillén”. Su más reciente título “Alas del viento”, aparecido en el 2006 fue traducido en Francia por el Atelier de traduction d´espagnol de Saint Malo que Claude Couffon dirige en La Maison des poètes et des écrivains. Ese mismo año se publicó en Italia en edición bilingüe el libro “Tierra de Manzanas”.
Desde hace poco más de una década forma parte del consejo de redacción de la revista del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Y es una de las mejores promotoras de la poesía que haya conocido jamás. Los recitales poéticos que organiza en Gijón todos los años durante el Salón del Libro tienen un éxito absoluto, porque Carmen, además del cuidado que pone en cada detalle, tiene el don de la armonía. En un mundo que aparenta inclinarse cada vez más por lo corriente Carmen Yánez sobresale por ser una mujer extraordinaria.
Queridos lectores, los invito a disfrutar los poemas que la misma autora envió para ustedes. No se sorprendan si sienten que en ellos se escucha un crujir de huesos, una ráfaga de lluvia, una ola que vuelve a estallar, porque la vida es una sola y sus palabras suenan claras y precisas en la voz de un verdadero poeta.


Latitud de sueños

Una está tranquila
en un hotelito de Saint-Maló
frente al mar, es decir, expuesta.
El agua azul
y de pronto golpea el Pacífico espléndido
la brisa alimentada de eucaliptos
a la orilla de un recuerdo indeleble
donde moró la pequeña felicidad
que sostiene vértebras de vida.
¿Dónde tiene uno el mar que le pertenece para siempre?
¿En que órgano se oculta después de tantos viajes?
¿En qué víscera aúlla el animal de los recuerdos?
La infancia que brota entre las olas
desde la ventana de un exilio que nunca para de envolvernos
con sus pequeñas manos ahora.
Piedritas que juntaba y todo lo que fue posible
en los bolsillos rotos.
Una está tranquila
caminando sobre la arena tan tangible,
pero los zapatos se retrasan por el peso de la arena,
¡Tanta vida caminada!
Aunque los pies quieran despegar del suelo
confundirse con el azul.
Y en el fondo uno sabe
que todo es engaño
el aquí y allá en el cuerpo.
La única verdad es el dolor,
la incisión molesta
que ha hecho el filo de un guijarro en el zapato izquierdo
el talón herido que impide a veces avanzar
que va y viene
como la ola que muerde
a pesar de su belleza implacable.

He vivido en una república y dos reinos

Fui libre y vasalla,
la calandria enjaulada y melancólica,
las alas quebradas del viento.
Trenes de humo sin estaciones donde apear.
Órgano de lluvia desatada que ha golpeado
el hormigón estéril.
En mi república las cajitas nobles de mi fe primaria.
En mis dos reinos un baúl pesado que arrastro todavía.

Morada

Se han ido todos;
el bosque con su música de abetos,
los hombres cargando sus sombras
y sus perros.

Y eran de sueño los prismas de colores
que dejaban tras de sí.

Se han ido todos.

Yo me quedo
con un mínimo candil
entre las manos.

De vez en cuando
soy el árbol
que apuesta sus raíces
a la tierra.

Proclama

Yo estoy aquí
para recordarles lo feo, lo mínimo.
El cardo, la piedra, la espiga
el guijarro, la hormiga,
la carga.
La doliente raíz
que se ciñe a la vida
espantada de muertes.
El polvo que se atreve a levantarse,
los pasos que se pierden
y no vuelven,
la mierda del perro
—¡ah! por aquí pasó la vida
y no se detuvo.
La soledad de un zapato en la orilla
de un viaje interminable.
La roca gris que sostuvo el cansancio del caminante
y el tonel de la desesperanza
husmeando los rieles.
Los huesos, sí, los mínimos huesos
que escarban la memoria
y despiertan a todos los pájaros
de un grito.
Yo recuerdo lo feo, la arruga,
lo viejo, lo inútil,
lo roto.
Más allá se duele una muralla
con tres mil nombres
sobre el silencio.
El hueco de una fosa,
la evidencia.
El color de la tierra y sus estrías.

Los árboles

¿Qué es el poema escrito en la hoja blanca, sino el suspiro de un árbol
que expiró hace ya tanto tiempo?
¿Y qué de la palabra declamada, sino la voz del viento que pasó rozando
el delirio de la boca?
¿Y el libro cerrado en los anaqueles sino el paisaje ordenado de los árboles muertos?
¿Y qué del libro abierto en el insomnio de la noche, sino los fantasmas del bosque que se han tomado la almohada en los desvelos?
Y el libro perdido y olvidado, los hijos de los árboles abrasados por las llamas de la desmemoria.

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