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	<title>Inventario &#187; Novela Lope de Vega</title>
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	<description>Blog literario, literatura colombiana, literatura española, literatura griega, literatura africana</description>
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		<title>Antonio Sarabia en la Feria del libro de Valladolid</title>
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		<pubDate>Sat, 09 May 2009 09:50:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El pasado mes de febrero apareció en las vitrinas de las librerías españolas una reedición de Amarilis, la primera novela del escritor mexicano Antonio Sarabia (México D.F., 1944). El libro fue publicado por la editorial Belacqva en su colección Verticales de Bolsillo, y se suma al excelente catálogo que el editor catalán Pere Sureda viene [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span class="outline"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 259px; height: 415px;" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/amarilisCartulajpg.jpg?t=1240570289" alt="amarilisCartulajpg.jpg picture by Laurenblog" /></span>El pasado mes de febrero apareció en las vitrinas de las librerías españolas una reedición de Amarilis, la primera novela del escritor mexicano Antonio Sarabia (México D.F., 1944). El libro fue publicado por la editorial Belacqva en su colección Verticales de Bolsillo, y se suma al  excelente catálogo que el editor catalán Pere Sureda viene formando para esta editorial.<br />
Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor por la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, el novelista español José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de &#8220;una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición&#8221; y añade: &#8220;en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte&#8221;.<br />
Antonio Sarabia Estudió Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Iberoamericana de México, después de lo cual se dedicó a la radio y la publicidad. En 1981, con tenía treinta y siete años,   decide viajar a Europa, para radicar en Paris, y dedicarse a la literatura de tiempo completo.  Pero no sería hasta diez años más tarde cuando publicaría su primera novela: Amarilis (Norma, 1991). Desde entonces se ha destacado como uno de los grandes escritores de la moderna narrativa iberoamericana. Como dato curioso, y poco conocido, puedo decir que Amarilis, apesar de ser la primera novela publicada, es en realidad la segunda escrita por este autor, quien en 1988 fue  finalista con El alba de la muerte, más tarde El Retorno del Paladín (Ediciones B, 2005), del Premio Diana Novedades.<br />
En la carátula de la nueva edición, esta es la quinta en lengua española, podemos leer una frase de Álvaro Mutis que afirma &#8220;en Amarilis vuelve a inventarse la vida&#8221;.  Yo sólo puedo añadir que esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.</p>
<p>Hoy, 9 de mayo de 2009 a las 20:00, la cita con Antonio Sarbia es en la Feria del Libro de Valladolid, durante el I Encuentro sobre Novela Histórica que se está desarrollando en la ciudad castellana. La mesa en la que participa esta noche se titula: La Imagen de la Literatura en la Novela Histórica. Además el autor mexicano ofrecerá una firma de libros.</p>
<p>Todo un capítulo en exclusiva para Inventario. Para leer más visite <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/">Los Convidados </a>de Antonio Sarabia, y si lo que quiere realmente es disfrutar de la novela en toda su belleza pase por su librería favorita.</p>
<p><strong><br />
¿DONDE HA VISTO ANTES ESE LERDO CAMINAR DE OSO</strong>, ese rostro barbicerrado, esos ojos espantadizos? se pregunta Valsaín llegando a procurarse el desayuno cotidiano en su habitual hostería de la Puerta del Sol. El propietario del lugar, un valenciano de rostro cetrino, sonrisa zaina y maneras untosas, lo deja comer de mogollón, sin cobrarle un maravedí, a cambio de algunos pequeños servicios transportando fardos o moviendo cosas pesadas en el sótano. El se conforma con una tajada de letuario de naranja para asentar el estómago y un buen vaso de aguardiente: el perfecto tentempié matutino para resistir mejor las faenas del día. En realidad ahí no se puede ordenar gran cosa. El lugar es un bodegón de mala muerte, reconoce Valsaín, un verdadero registro de cherinoles, muy poco recomendable para godizos o gente honrada. Por eso le extraña ver esa figura desgarbada, tan manifiestamente fuera de sitio, que avanza sorteando incómoda los ruidosos parroquianos. Salta a la vista que no tiene nada que hacer ahí.<span class="outline"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 300px; height: 299px;" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/alatriste0-1.jpg?t=1241862149" alt="alatriste0-1.jpg picture by Laurenblog" /></span><br />
Su imagen le trae de súbito a la cabeza aquel bautizo al que asistió por casualidad semanas atrás, siguiendo a Lopillo por la calle de Atocha, tiempo después de su permanencia en los Desamparados. Ese godizo de mirar inquieto es el padre de la gardilla a quien llevaron a la pila con tanta pompa en San Sebastián, recuerda de pronto. Su esposa es la joven señora que la dio a luz, la amiga de Marcela del Carpio. Se precipita tras él con la oscura intención de prevenirlo, que no aparte la mano de la bolsa y se largue de ahí lo más pronto posible, va pensando advertirle, pero se detiene sin decir palabra al verlo sentarse en el rincón menos concurrido de la taberna, y entablar conversación en voz muy baja con dos individuos de temible catadura.<br />
Toma asiento, como al azar, en la única mesa libre junto a ellos, y el godizo le dirige una mirada de infinita desconfianza. Los rufianes que lo acompañan se encogen de hombros. Es un estravo, dice uno, un mandria, un bobo, lo llama el otro sin concederle importancia. Valsaín finge no entender sus comentarios y ellos vuelven a concentrarse en su negocio. Son gente de fuera, observa mirándolos de reojo, nunca los había visto por los alrededores. Tienen la misma pinta de forajidos valencianos que el propietario del mesón. Pero a leguas se ve que éstos no son comendadores de bola ni bailicos, ladroncillos de poca monta, sino arriscados matarifes, cherinoles, de media sobre media, sombrero caído sobre el embozo, guantes descabezados, tizonas desmesuradas y filosos desmalladores asomando bajo las fajas. El godizo lleva el peso de la conversación y Valsaín oye mencionar en voz muy baja, en un susurro imperceptible para oídos menos agudos que los suyos, el nombre del farfaro poeta. Los dos jaques se miran entre sí con aire de duda. El esposo de la amiga de Marcela saca una taleguilla de piel de gato y deja caer varios juanes dorados sobre el tablón. Uno de los fuereños, que parece hablar también por su camarada, los rehúsa, colmilludo, con un remiso movimiento de cabeza. El hombrecillo vacía entonces el total del contenido de la bolsa volviéndola boca abajo frente a ellos. Las monedas relucen un instante contra la madera antes de que el rufo las haga desaparecer en su propia escarcela en señal de asentimiento.  No hay nada más que decir. El godizo se pone en pie, ensaya un tímido ademán de estrechar una mano, sea para sellar el pacto o despedirse, pero los malhechores fingen no verlo y él se va sin añadir palabra.<span class="outline"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 250px; height: 284px;" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/lope1.jpg?t=1241862504" alt="lope1.jpg picture by Laurenblog" /></span><br />
El azar lo ha puesto al corriente de un complot para asesinar a Lope de Vega, piensa Valsaín. No le cabe la menor duda. Acaban de firmar la noche, la tristeza, la sentencia de muerte, del Fénix de los ingenios. No puede tratarse de otra cosa. Esos hombres no tienen más oficio que disponer de vidas ajenas, discurre, mientras ellos apuran sus barrosos de caramo, vino, dejan unos cuartos sobre la mesa y parten a su vez, desaparecen, confundiéndose entre los demás clientes del lugar. Valsaín permanece un rato inmóvil ante su tajada de letuario, sin animarse a tocarla. En su interior se debaten sentimientos contradictorios. Los jayanes y el godizo han convenido un plazo, fijado un límite, a la vida del farfaro poeta. El marido de la amiga de Marcela no es tan amigo del padre de Marcela. Hace un gesto de enfado resoplando sin convicción, como persuadiéndose a si mismo de que a él qué más le da. El cura no le merece respeto, ni simpatía, después de su pasada intransigencia hacia Lopillo. Y luego ya está viejo. La parca no dilatará en llevárselo de todos modos, tarde o temprano. No en balde, en su dialecto, llaman a la muerte &#8220;cierta&#8221;. Deja la taberna meditando lo que será de la vida de Lopillo cuando le falte el padre. Tal vez lo encierren de nuevo en los Desamparados y esta vez no habrá quien vaya a reclamarlo. A él, Valsaín, le vedarán el verlo y ya no podrán pasear como acostumbran por las calles de la villa. ¿Y Marcela? Si se llevan también a la niña ¿quién va a leerle a él tantas cosas admirables como escriben y venden los obnubilados?<br />
De todos modos se siente incapaz de prevenirlos, de advertirles, de ir a contarles lo que pasa ya sea a ellos o a su padre. Hacerlo significaría traicionar a su gente, a la chanfaina, a su clan, a sus principios. ¿El, soplón?, ¿él, fuelle?, ¿él, abanico?, ¿él, cerbatana?, repite sin cesar, en voz alta, torturado por sus propios vocablos. Excepto por el de longares, cobarde, no concibe peor insulto en germanía que el de malsín, búho, delator, castañeta.<br />
Esa tarde prescinde de su acostumbrada ronda por la calle de Francos. Teme no poder resistir la tentación de avisar a sus amigos y convertirse en traidor a su linaje. Esbata, esbata, calla, aguanta el canto, sujeta la lengua, la desosada, se vocifera a si mismo marchando por plazas y mercados sin poder alejar de la conciencia el crimen que está por cometerse, sino es que ya lo han concluido. Marcela y Lopillo son, ahora sí, huérfanos de padre y madre. Van a encerrarlos de nuevo en los Desamparados. Los golondrinos no le harán ningún caso, inútil exigirles que lo sigan para rescatar a sus amigos. No puede contar con ellos: son soldados de adorno, de juguete, de mentiras. Al caer la noche sus pasos lo traen de vuelta a las cercanías de la Puerta del Sol.<br />
Ahí se topa otra vez con los granujas, triscadores, fanfarrones, que pasean arrogantes por la calle de la Montera. Valsaín se apacigua al encontrarlos: si hubieran liquidado a Lope de Vega, razona, no se verían tan tranquilos en la plaza. Andarían a caballo por el monte, muy lejos de la villa, galopando camino de su tierra.<br />
Decide callar, sí, guardar silencio, sí, cerrar el pico, sí, pero no perderlos de vista. Acecharlos sin que lo noten hasta que se le ocurra una leva, una cifra, un ardid que le saque del aprieto. A él y a Marcela y a Lopillo y al cruel sacerdote que desgraciadamente les tocó por padre.<br />
Los truhanes se retiran a dormir temprano en uno de los varios albergues de media con limpio de la misma calle de la Montera. Valsaín conoce el lugar por haber sorneado en él algunas heladas noches de invierno. Cuesta cuatro charneles, ocho maravedís, alquilar una ruinosa cama que se está obligado a compartir con cualquier otro huésped. Uno solicita siempre que lo pongan con quien se vea más aseado o parezca tener menos piojos, pulgas y costras de mugre; por eso se llama a esos lugares &#8220;de media con limpio&#8221;, aunque si los dos tunantes se acostaron en el mismo catre les habrá tocado por fuerza cama con sucio, deduce Valsaín.<br />
Es extraño que dos enjibadores forasteros con la bolsa repleta de contentos, monedas de oro, se retiren a dormir en lugar de estilbar, beber, florear el naipe, o darse una vuelta por los prostíbulos de la calle del Luzón o la plaza del Alamillo, reflexiona instalándose de guardia frente al mesón, sin saber muy bien cuál es el mejor camino a seguir. Tal vez los cherinoles descansan, sornean, se reposan, porque saben que les espera una larga vigilia. Van a dar su golpe, a descornar su flor y después cabalgarán el resto de la noche piñando de vuelta a su caverna. Por otra parte, él puede estar errado en sus sospechas. A la muerte llaman cierta, pero no inminente, se dice alimentando una oscura esperanza.<br />
Apenas pasadas las once los ve aparecer de nuevo a la puerta del lugar. No durmieron largo rato, reflexiona Valsaín remontando en pos de ellos la carrera de San Jerónimo, siguiéndolos sin ser visto hasta la calle del Lobo y observándolos introducirse sigilosos en la oscuridad del barrio donde habitan Marcela y Lopillo. Recoge un turrón en el camino, un sólido pedrusco del tamaño de su puño cerrado, y se lo guarda, por si acaso, entre los pliegues de la ropa.<br />
Los dos facinerosos recorren la calle del Infante examinando las fachadas de las casas a la tenue luz de la luna. Se detienen al pasar frente a una de ellas, como si reconocieran unas señas particulares, y luego van a ocultarse entre las sombras de la esquina de la calle del León, cerrando el paso hacia la de Francos. Valsaín se hunde en las tinieblas del umbral de una puerta. No sabe lo que están haciendo ahí pero sospecha que su furtiva presencia, tan cerca de la casa de Lope de Vega, tiene que ver con la conversación que sorprendió esa misma mañana. Oye dar las doce en San Sebastián. El grave tañer de sus bronces se continúa aquí y allá por campanadas más o menos lejanas, ecos de otras iglesias de la villa. De pronto, como si ese dilatado repicar fuera una señal, una puerta se abre y se escuchan voces de gente que se despide. La tenue claridad del interior de la casa presta un breve resplandor a la calle aparentemente desierta. Valsaín no se atreve a asomar la cabeza para averiguar lo que sucede por temor a delatarse. La puerta se cierra con un rechinido y todo queda de nuevo envuelto en la sombra. Quien acaba de dejar la casa viene recto hacia él, desde su derecha, caminando en dirección a la calle de Francos. ¿Será el farfaro poeta? se pregunta conteniendo la respiración. Escucha a lo malandrines de su izquierda ponerse en movimiento, avanzan sin darse prisa, con calculada naturalidad, para no alertar a su víctima.<br />
Los mira pasar junto a él disimulando bajo las capas las espadas desenvainadas, sin verlo, tan cerca que casi le rozan la barba. Valsaín levanta el puño armado de la piedra y lo deja caer como una maza de granito sobre la cabeza del más próximo hundiéndole el cráneo. El truhán cae hacia adelante sin exhalar un gemido. Nunca supo lo que le sucedió, piensa Valsaín mientras el restante salta a un lado, fuera del alcance de la sombra inesperada que emerge del vano de la puerta. El farfaro poeta capta en un santiamén lo serio del predicamento y recoge la espada que acaba de rodar a sus pies. El canalla sobreviviente parece bien habituado a esos lances porque, a pesar de su sorpresa y del compañero caído, reacciona con extremada sangre fría. Se pone en guardia girando sobre sí mismo para no dar la espalda a Valsaín, sin por eso perder de vista el acero que ya esgrime Lope de Vega. Sopesa las fuerzas de sus contrincantes. Se decide por atacar al que ve armado tratando de terminar rápido. Para eso le pagaron, colige Valsaín, es natural que intente desquitar el sueldo. El sacerdote resiste a pie firma la embestida con una serie de brillantes paradas que sorprenden a su adversario. No esperaba encontrarse con alguien tan diestro, piensa Valsaín compartiendo su estupefacción. Quién hubiera dicho que el farfaro poeta era un auténtico travo, un temible espadachín a quien el tiempo no ha disminuido la vista ni debilitado la muñeca. El bribón retrocede unos pasos, como para considerar con admiración al hombre que tiene enfrente. Lope de Vega, a pesar de embarazarle la sotana, aprovecha el momento para arremeter con violencia contra su agresor. Valsaín se entusiasma con el chocar de las filosas y las chispas de los chincharrazos. El rufián se defiende como puede, perdiendo terreno a ojos vista, avasallado por la clara superioridad de su oponente. Lope se tira de improviso a fondo y Valsaín escucha una sorda maldición. El hombre se echa hacia atrás con el brazo encogido, tocado, y luego deja caer la espada como un engorro inútil para salir huyendo a toda carrera rumbo a la calle del Lobo.<br />
Ninguno hace el intento de seguirlo. Lope se inclina junto al caído buscando señales de vida. Está bien vasido, muerto, decide Valsaín sin acercarse: después de una turronada como esa no hay más que plantarlo en el cementerio. Da media vuelta y se aleja sin decir palabra. Se va con la conciencia tranquila. Marcela y Lopillo no quedarán huérfanos, no pasarán por las mismas penurias que él tuvo que sufrir de niño. Tampoco se vio obligado a traicionar a su gente. Jamás soplón, jamás abanico, nunca cerbatana. Antes de doblar la esquina en la calle del León se vuelve a ver si Lope de Vega prosigue sin sobresaltos el camino a su casa. Cree distinguir al farfaro poeta de rodillas todavía junto al cadáver del desconocido, muerto inconfeso, rezando tal vez una jaculatoria por el eterno descanso de su alma.</p>
<p>Fragmento de Amarilis, de Antonio Sarabia</p>

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		<title>En febrero veremos a Amarilis</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jan 2009 22:07:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A principios del mes de febrero aparecerá en las vitrinas de las librerías españolas la novela de Antonio Sarabia, Amarilis, publicada por la Editorial Belaqva/La Otra Orilla en su colección Verticales de Bolsillo. Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullImage" onmouseover="if(isMouseOver(this,event,415))togglePhotoActionsMenu('show',true);" onmouseout="if(!isMouseOver(this,event,415))togglePhotoActionsMenu('hide',true);" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/amarilisCartulajpg.jpg?t=1231451832" alt="amarilisCartulajpg.jpg picture by Laurenblog" />A principios del mes de febrero aparecerá en las vitrinas de las librerías españolas la novela de <a onclick="window.open('http://www.losconvidados.com','','');return false;" href="http://www.losconvidados.com">Antonio Sarabia</a>, <em>Amarilis</em>, publicada por la Editorial Belaqva/La Otra Orilla en su colección Verticales de Bolsillo. <em>Amarilis</em> es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor con la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de “una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición” y añade: &#8220;en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte&#8221;. En la carátula de la nueva edición, ya cuenta con otras cuatro, hay también una frase de Álvaro Mutis que afirma “en Amarilis vuelve a inventarse la vida”.  Como un anticipo para los lectores del blog le he pedido a Antonio autorización para publicar un par de páginas. Esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.</p>
<p><span id="more-554"></span></p>
<p>LA SOTANA A LAS RODILLAS, adosándose a las fachadas de las casas para protegerse del vendaval, esquivando charcos y hundiendo los zapatos en el barro blando, frío y resbaloso, que a cada paso le salpica las piernas, Lope de Vega corre en la semioscuridad de la tarde. El cielo se viene abajo, derramándose por los cuatro costados a tronidos ensordecedores, como si cada relámpago se trajera consigo desgarrones de nubes.</p>
<p>Roque Hernández va tras él, la cabeza protegida con un trozo de paño y, un poco más atrás, acompañándolos también en su alocada carrera, resguardándose como pueden del temporal, les siguen Eliseo de Medinilla y Juan de Piña.</p>
<p>¿Cómo pudo terminar así una jornada que se había preparado con tanto detenimiento? se pregunta Lope de Vega jadeante, buscando su camino entre la lluvia que convierte las calles en arroyos y la que corre a raudales por su cara. ¿No se puede ya dar gustos sin que acaben en tormentos? El duque de Sessa accedió a prestarles su carruaje para que él y Amarilis se fueran a pasar el día en el campo con sus buenos amigos Eliseo de Medinilla, Juan de Piña y sus respectivas esposas. Todos se pusieron felices con la perspectiva, pero las cosas empezaron a tornar mal desde la mañana misma del paseo. Cuando llegaron a recoger a Marta de Nevares el poeta se encontró conque su marido estaba en casa. Había vuelto la víspera, sin prevenirla, y cuando los vio a todos reunidos en el coche y supo que tenían proyectada una excursión a las afueras se unió sin más al grupo, decidido a acompañarlos.</p>
<p>La gira campestre se inició, pues, sin excesivas muestras de alegría y continuó en medio de un mutismo más o menos generalizado. El entusiasmo de todos, ya bastante diluido por la presencia de Roque Hernández, vino a empeorar cuando éste, con el pretexto de que su mujer está encinta, se empeñó en rodearla de torpes mimos y caricias que no hicieron más que aumentar la incomodidad colectiva. Ella hizo lo que pudo por defenderse de esa inusitada ternura conyugal, mirando de reojo a Lope de Vega y fingiendo pudor cuando sólo sentía mortificación y vergüenza.</p>
<p>Luego se les echó encima el vendaval. El cielo se oscureció de repente, dándoles apenas tiempo de recoger los restos de la merienda. El postillón se ofreció a regresar con las mujeres, pero se opuso en cambio a traer a los hombres. El peso del carruaje en tales condiciones, arguyó, era excesivo para sólo un par de caballos y no quería correr el riesgo de atascarse en el lodo.</p>
<p>Dejaron que el coche partiera y echaron a correr tras él por los caminos enfangados mientras la lluvia, vertida a torrentes sobre sus cabezas, les ensopaba los cabellos y cegaba. El carruaje los dejó muy pronto atrás; lo perdieron de vista al aparecer las primeras construcciones de la villa.</p>
<p>Lope, siempre delante de los otros, continúa su frenética carrera refugiándose a trechos bajo las cornisas de las casas y las salientes de los balcones. Cuando al pasar frente a una huerta siente que arrecia el vendaval, se decide a buscar refugio dentro. Los demás le siguen. El cobertizo se encuentra atestado de gente a la que el agua sorprendió, como a ellos, lejos de sus casas. Todos conversan de pie, en voz baja, mirando el portentoso aguacero con ojos incrédulos. Lope busca un sitio más despejado donde pueda secar sus ropajes y recobrar el aliento perdido. Se abre camino hasta el fondo del local y se introduce en la caballeriza.</p>
<p>Entre el olor a paja y a bestias se da maña para exprimir algo su sotana sin quitársela y calentar un poco sus miembros entumecidos. Junto a él, resoplando extenuados, Roque Hernández y Medinilla se tumban a reposar sobre el heno. Lope los mira con burla. ¿Qué dirá Sessa cuando le refiera que su día de campo terminó encerrado con esos dos en un establo, semejando a un caballo entre un buey y un pollino? Juan de Piña se acerca también, hecho una sopa y se tiende, como puede, a descansar junto a los otros.</p>
<p>A Lope le preocupan el carruaje y las mujeres. Se pregunta si Amarilis habrá llegado con bien a su vivienda. Observa a Roque Hernández, quien se ha quitado la camisa para secarse el torso desnudo y muestra su velluda espalda de simio. ¿Cómo pudo tomar con tanta naturalidad la preñez de su esposa? se interroga el poeta atormentándose. No parece tener la menor duda de que el hijo sea suyo. Lope hubiera preferido verlo sorprenderse, oírle reclamar airado a Marta de Nevares ese repentino embarazo, que la repudiara incluso entre escenas de odio y amenazas de muerte. El hubiera salido en su defensa, y ni la abominación de la corte ni el escándalo le hubieran dolido tanto como el tranquilo beneplácito de Roque Hernández. Si no le extraña el que ella esté encinta, se dice Lope de Vega sintiendo que le asaltan unos celos terribles, infernales, es por una sola razón: Amarilis, después de hacer el amor con él durante el día, goza de nueva cuenta con su esposo durante la noche. Y nada puede hacer para evitarlo, aunque quisiera. Los maridos tienen a las mujeres como a las faltriqueras, discurre con rencor: a cualquier hora pueden meterles mano.</p>
<p>&#8220;Hombre velloso o rico o lujurioso&#8221;, había dicho Fernán Sánchez  de él tiempo atrás, al conocerle, mucho antes de que Lope de Vega iniciara sus amores con Marta de Nevares. Y ese refrán que en una época le hizo sonreír, porque está visto que a Roque las barbas le comienzan en los ojos y le terminan entre los dedos de los pies, le atormenta ahora con una intensidad que le vuelve insoportable su presencia.</p>
<p>Es ya mucha la edad para tan poco seso, se dice descontento de sí mismo, sacudiendo la cabeza, como si pudiera arrojar al mismo tiempo de ella las ideas negras y las gruesas gotas de agua que aún le mojan los cabellos. Recuerda las cartas que ha escrito a Sessa contándole sus males. Que no duerme bien y que come sin gusto, le decía. Que habla y escribe pensando, cuando escribe que habla y cuando habla, que escribe. Que está perdido, si en su vida lo estuvo por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento suyo porque no sabe cómo ha de ser ni durar eso, ni vivir sin gozarlo. Ruega a las canas que le enseñen dónde vive la prudencia.</p>
<p>Pero las canas no han querido comprometer consejo, y él sigue, no a la buena, sino a la mala de Dios, debatiéndose entre el amor divino y el profano, dejándose arrastrar por sus impulsos, sin saber ni a dónde le han de llevar ni cómo terminará su aventura.</p>
<p>Fragmento de <strong>Amarilis</strong> de Antonio Sarabia (Verticales de Bolsillo, 2009) Para leer otro adelanto de Amarilis haga click <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/">aquí </a></p>

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