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	<title>Inventario &#187; novedades Belqva la otra orilla</title>
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	<description>Blog literario, literatura colombiana, literatura española, literatura griega, literatura africana</description>
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		<title>En febrero veremos a Amarilis</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Jan 2009 22:07:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
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<p><span id="more-554"></span></p>
<p>LA SOTANA A LAS RODILLAS, adosándose a las fachadas de las casas para protegerse del vendaval, esquivando charcos y hundiendo los zapatos en el barro blando, frío y resbaloso, que a cada paso le salpica las piernas, Lope de Vega corre en la semioscuridad de la tarde. El cielo se viene abajo, derramándose por los cuatro costados a tronidos ensordecedores, como si cada relámpago se trajera consigo desgarrones de nubes.</p>
<p>Roque Hernández va tras él, la cabeza protegida con un trozo de paño y, un poco más atrás, acompañándolos también en su alocada carrera, resguardándose como pueden del temporal, les siguen Eliseo de Medinilla y Juan de Piña.</p>
<p>¿Cómo pudo terminar así una jornada que se había preparado con tanto detenimiento? se pregunta Lope de Vega jadeante, buscando su camino entre la lluvia que convierte las calles en arroyos y la que corre a raudales por su cara. ¿No se puede ya dar gustos sin que acaben en tormentos? El duque de Sessa accedió a prestarles su carruaje para que él y Amarilis se fueran a pasar el día en el campo con sus buenos amigos Eliseo de Medinilla, Juan de Piña y sus respectivas esposas. Todos se pusieron felices con la perspectiva, pero las cosas empezaron a tornar mal desde la mañana misma del paseo. Cuando llegaron a recoger a Marta de Nevares el poeta se encontró conque su marido estaba en casa. Había vuelto la víspera, sin prevenirla, y cuando los vio a todos reunidos en el coche y supo que tenían proyectada una excursión a las afueras se unió sin más al grupo, decidido a acompañarlos.</p>
<p>La gira campestre se inició, pues, sin excesivas muestras de alegría y continuó en medio de un mutismo más o menos generalizado. El entusiasmo de todos, ya bastante diluido por la presencia de Roque Hernández, vino a empeorar cuando éste, con el pretexto de que su mujer está encinta, se empeñó en rodearla de torpes mimos y caricias que no hicieron más que aumentar la incomodidad colectiva. Ella hizo lo que pudo por defenderse de esa inusitada ternura conyugal, mirando de reojo a Lope de Vega y fingiendo pudor cuando sólo sentía mortificación y vergüenza.</p>
<p>Luego se les echó encima el vendaval. El cielo se oscureció de repente, dándoles apenas tiempo de recoger los restos de la merienda. El postillón se ofreció a regresar con las mujeres, pero se opuso en cambio a traer a los hombres. El peso del carruaje en tales condiciones, arguyó, era excesivo para sólo un par de caballos y no quería correr el riesgo de atascarse en el lodo.</p>
<p>Dejaron que el coche partiera y echaron a correr tras él por los caminos enfangados mientras la lluvia, vertida a torrentes sobre sus cabezas, les ensopaba los cabellos y cegaba. El carruaje los dejó muy pronto atrás; lo perdieron de vista al aparecer las primeras construcciones de la villa.</p>
<p>Lope, siempre delante de los otros, continúa su frenética carrera refugiándose a trechos bajo las cornisas de las casas y las salientes de los balcones. Cuando al pasar frente a una huerta siente que arrecia el vendaval, se decide a buscar refugio dentro. Los demás le siguen. El cobertizo se encuentra atestado de gente a la que el agua sorprendió, como a ellos, lejos de sus casas. Todos conversan de pie, en voz baja, mirando el portentoso aguacero con ojos incrédulos. Lope busca un sitio más despejado donde pueda secar sus ropajes y recobrar el aliento perdido. Se abre camino hasta el fondo del local y se introduce en la caballeriza.</p>
<p>Entre el olor a paja y a bestias se da maña para exprimir algo su sotana sin quitársela y calentar un poco sus miembros entumecidos. Junto a él, resoplando extenuados, Roque Hernández y Medinilla se tumban a reposar sobre el heno. Lope los mira con burla. ¿Qué dirá Sessa cuando le refiera que su día de campo terminó encerrado con esos dos en un establo, semejando a un caballo entre un buey y un pollino? Juan de Piña se acerca también, hecho una sopa y se tiende, como puede, a descansar junto a los otros.</p>
<p>A Lope le preocupan el carruaje y las mujeres. Se pregunta si Amarilis habrá llegado con bien a su vivienda. Observa a Roque Hernández, quien se ha quitado la camisa para secarse el torso desnudo y muestra su velluda espalda de simio. ¿Cómo pudo tomar con tanta naturalidad la preñez de su esposa? se interroga el poeta atormentándose. No parece tener la menor duda de que el hijo sea suyo. Lope hubiera preferido verlo sorprenderse, oírle reclamar airado a Marta de Nevares ese repentino embarazo, que la repudiara incluso entre escenas de odio y amenazas de muerte. El hubiera salido en su defensa, y ni la abominación de la corte ni el escándalo le hubieran dolido tanto como el tranquilo beneplácito de Roque Hernández. Si no le extraña el que ella esté encinta, se dice Lope de Vega sintiendo que le asaltan unos celos terribles, infernales, es por una sola razón: Amarilis, después de hacer el amor con él durante el día, goza de nueva cuenta con su esposo durante la noche. Y nada puede hacer para evitarlo, aunque quisiera. Los maridos tienen a las mujeres como a las faltriqueras, discurre con rencor: a cualquier hora pueden meterles mano.</p>
<p>&#8220;Hombre velloso o rico o lujurioso&#8221;, había dicho Fernán Sánchez  de él tiempo atrás, al conocerle, mucho antes de que Lope de Vega iniciara sus amores con Marta de Nevares. Y ese refrán que en una época le hizo sonreír, porque está visto que a Roque las barbas le comienzan en los ojos y le terminan entre los dedos de los pies, le atormenta ahora con una intensidad que le vuelve insoportable su presencia.</p>
<p>Es ya mucha la edad para tan poco seso, se dice descontento de sí mismo, sacudiendo la cabeza, como si pudiera arrojar al mismo tiempo de ella las ideas negras y las gruesas gotas de agua que aún le mojan los cabellos. Recuerda las cartas que ha escrito a Sessa contándole sus males. Que no duerme bien y que come sin gusto, le decía. Que habla y escribe pensando, cuando escribe que habla y cuando habla, que escribe. Que está perdido, si en su vida lo estuvo por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento suyo porque no sabe cómo ha de ser ni durar eso, ni vivir sin gozarlo. Ruega a las canas que le enseñen dónde vive la prudencia.</p>
<p>Pero las canas no han querido comprometer consejo, y él sigue, no a la buena, sino a la mala de Dios, debatiéndose entre el amor divino y el profano, dejándose arrastrar por sus impulsos, sin saber ni a dónde le han de llevar ni cómo terminará su aventura.</p>
<p>Fragmento de <strong>Amarilis</strong> de Antonio Sarabia (Verticales de Bolsillo, 2009) Para leer otro adelanto de Amarilis haga click <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/el-fenix-de-los-ingenios-una-noche-de-fiebre/">aquí </a></p>

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