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Conocí a María Fasce en el 2007 durante un encuentro de escritores en Matosinhos, Portugal. De cena en cena, de conversación en conversación, se fueron creando lazos de amistad entre nosotras. Eso fue en abril, y por entonces la escritora argentina vivía en Barcelona donde, además de escribir, trabajaba como editora. En diciembre, cuando María me envió su cuento para el blog se encontraba pasando vacaciones en Bogotá junto a su esposo y su hijo. Recientemente supe por ella misma que este año ha dejado Europa para instalarse otra vez en su piso de Buenos Aires.
Aunque María es muy joven ya es considerada una de las mejores narradoras latinoamericanas. Sus libros La Felicidad de las Mujeres (cuentos) y La Verdad según Virgínia (novela) exploran el lado íntimo de las tragedias cotidianas con tanta sutileza que despierta en el lector una curiosidad que sólo puede saciarse con horas de feliz lectura.
María Fasce además de bella, inteligente y talentosa es una persona francamente encantadora.

NIEVES

María Fasce
Cuando me desperté no sentí las piernas. Me pellizqué y esperé a que pasara, como con los calambres. Pero no pasó. Busqué la mancha de humedad en la esquina del techo, la silla con mi ropa de ayer, la guarda azul en el borde de la sábana, las cosas que me eran familiares. Muchas veces, de niño, me despertaba en la noche, o ya de madrugada y tenía que darme el tiempo suficiente para reconocer mi habitación. Dormí en hoteles y en habitaciones de amigos de mis padres en París, en Londres, en Sevilla, en Madrid, y el resto del tiempo, en Barcelona, en un cuarto pequeño con ruidos distintos en cada pared. Hasta que nos mudamos a una casa de campo en Espera. De noche no se oía más que el silencio tachonado de ladridos.
Ahora estaba en mi casa de Buenos Aires. Cada tanto sonaban los neumáticos sobre el asfalto húmedo, y yo ya no era un niño sino un hombre, aunque por el momento no pudiera caminar.
Me tiré al suelo desde la cama, igual que hacía Nieves cuando quería bajarse de la silla y no había nadie para ayudarla. Me puse de rodillas y di así unos pasos, pero era difícil. Entonces me tendí otra vez y empecé a reptar hasta el pasillo.
La casa estaba a oscuras pero afuera ya debía haber comenzado a amanecer. Era difícil saberlo en Buenos Aires sin mirar el reloj, porque no cantaban los gallos. Avancé impulsándome con los codos hasta la alfombra junto a la biblioteca, y allí me quedé dormido.
También había otros ruidos en Espera: los cazadores. Un cazador mató a la madre de Bambi, y yo corría a la cama de mamá para sentirla respirar. Algunas noches los perros se peleaban bajo mi ventana. Dormían en el sofá de la galería, el que mamá había sacado convencida de que adentro del relleno se había escondido un ratón. 

“Ya es de día”, dije tironeando la frazada de mamá, y fuimos al colegio por un camino de tierra, salpicando piedras hacia el verde donde crecían los pinos. “Una liebre”, dijo mamá, siempre estaba viendo liebres que yo nunca veía.
Nieves pasó su manito por mi cara. Nunca había conocido a nadie que se llamara Nieves, y tampoco conocía la nieve todavía. Nieves se desmoronaba de pronto, su pequeño cuerpo blanco esperaba en el suelo a que los brazos de su madre la rescataran.
Era mi primer día de clases y el colegio no se parecía en nada al de Barcelona. Por la ventana del aula se veían las ovejas pastando y durante el recreo, en el patio, el olor a abono nos hacía entrecerrar los ojos y taparnos la nariz. Miraba a los demás niños y trataba de imitar el modo en que hablaban, como cantando, y decían peze y motó. También en Barcelona había tenido que aprender a hablar de otro modo. “La madre es argentina”, había dicho Montse y yo dije que no entre furioso y ofendido, que mi mamá no era argentina, porque la maestra lo había dicho como si fuera algo malo. Como si fuera un defecto. Pero lo de Nieves no era un defecto, ella no podía caminar. Su madre la acompañaba al colegio y se quedaba a veces con nosotros, la llevaba en brazos a todas partes, o en cochecito (yo había tenido que dejarlo en Barcelona, antes de la mudanza). Nieves podía elegir los mejores juguetes y hasta tenía una maestra para ella sola.
Esa tarde empezaron los calambres, en el baño. Mamá me bajó del inodoro y me llevó en brazos a la cama. Me dijo que cuando me despertara iríamos a dar un paseo por el campo, y a juntar vinagrillos, que eran unas flores amarillas que tenían un tallo largo y fino, con agua adentro. Pero yo no quería dar paseos, no quería caminar. 

Nieves vivía en la casa más bonita de Espera. Una gran casona amarilla con una palmera adelante. Se veía desde cualquier punto del camino y se llegaba a ella a través de los olivares. La veíamos cuando íbamos al colegio y cuando íbamos a la gasolinera, al supermercado, al barrio alto. Yo movía la mano desde la ventanilla y adivinaba la carita de Nieves detrás de su ventana, casi podía ver su vestido azul con flores, la nariz contra el vidrio empañado.
En ninguna otra parte había tantos vinagrillos como en la casa de Nieves. Fue ella la que me enseñó a chuparles el tallo. Nos tirábamos de espaldas sobre los tréboles, a sorber el jugo ácido. “Por eso les dicen vinagrillos”, me dijo. Y que se casaría conmigo si encontraba un trébol de cuatro hojas. Pasé horas contando las hojas de los tréboles. Aún hoy sigo buscando un trébol de cuatro hojas, pero no hay muchos tréboles en Buenos Aires. 

Me enseñó a dibujar estrellas fugaces y árboles de Navidad. Los pintaba con cuidado, moviendo la mano brevemente de arriba abajo, sin salirse nunca del contorno. Aprendió a escribir mi nombre: Pablo. La pierna de la P y las de la A larguísimas.
Le regalé tres luciérnagas encerradas en un frasco para que lo usara de velador, pero Nieves no le tenía miedo a la oscuridad. Una tarde llegué a su casa y no estaba esperándome junto a la palmera. Entré y me encontré a su madre en la sala, las piernas debajo del mantel, junto al brasero. Por un momento me pregunté si no había sido así como Nieves había dejado de caminar. El fuego le habría quemado las piernas. Pero entonces recordé sus piernas blanquísimas, las había visto cuando fuimos juntos al baño del colegio. No, debía de haber sido más bien como los calambres que me daban a veces, habría nacido con ellos y nunca habría aprendido a caminar. “Está en el cuarto de juegos”, me dijo su madre. Me asomé y estaba todo a oscuras. Iba a salir cuando sentí el olor a mandarina. Me senté junto a ella y estuve allí, oyéndola respirar, hasta que su madre prendió la luz.
Lo que más le gustaba eran las mandarinas y las zanahorias. Se vestía de color naranja, o de azul, como Cenicienta. Cuando vino a jugar a casa le manché el vestido con témpera pero no se enojó. Vimos Cenicienta y cantó con los pajaritos, y después con los ratones en la parte en que hacen el vestido, que era mi preferida. Antes que llegara la escena del baile la arrastré hasta el cuarto de mamá y le regalé un collar de piedras amarillas que colgaba de una punta del espejo.
Y sin embargo, el día en que vinieron las dos, Lucía bailó. Dio vueltas y vueltas como un tulipán. Yo me quedé mirándola embobado y dije: “Qué bonito bailas, Lucía”. Hubiera querido recuperar mis palabras como un barrilete que se escapa de la mano, pero ya era tarde. Miré a Nieves y supe que la había hecho sufrir. También yo estaba sufriendo, pero qué importaba. Hubiera dado mis piernas por que no llorara. No, eso era fácil, yo no quería caminar. Hubiera dado mis ojos, esos que se abrían cada mañana esperando el momento de verla. Pero lo único que se me ocurrió fue el chupete. Se lo llevé al colegio, la mañana siguiente, y ella lo miró como a una araña. Entonces volví a guardármelo en el bolsillo y lo tiré por la ventanilla del auto de regreso a casa. 

A la entrada del colegio habían colgado un gran afiche que anunciaba el Belén Viviente en la Plaza del Ayuntamiento. Fuimos ese sábado con mis padres y los de Nieves. Subimos la cuesta empinada hacia el barrio alto. Yo apoyaba la mano en su cochecito y caminaba despacio, atónito por las antorchas, las ovejas, los burros, los pastores, las lavanderas y la noria girando en la oscuridad.
Papá me alzó en sus hombros para que viera a los Reyes Magos, y al bajarme, se me habían dormido las piernas. Pero se me pasó enseguida, ni siquiera sale en el video que filmó mamá, que fue mejor que el Belén Viviente porque podía verlo miles de veces, detenerme en la cara de Nieves una y otra vez, como hago ahora, tendido en el suelo del pasillo.
Nieves y yo de la mano, asomados a la cabaña del niño Jesús, que tomaba la teta de una Virgen gorda y rosada que yo había visto comprando salchichas en el supermercado, Nieves cantando villancicos “Ande ande ande, la marimorena, ande ande ande que es la Nochebuena”. Nieves comiendo buñuelos de azúcar. Nieves dormida bajo el toldo del cochecito. 

Si lo pienso, el tiempo con Nieves es como una única tarde sin siesta. Y sin embargo hicimos tantas cosas. Recogimos aceitunas en los olivares de su casa: ella estaba sentada sobre los tréboles, al lado de las redes y los hombres sacudíamos las ramas con palos para que llovieran las aceitunas. Ella les sacaba las hojas y las guardaba en una bolsa de alpillera. “A que no te comes una oliva cruda”, me dijo y comí tres. Miramos pasar cientos de nubes: nubes pétalo y elefante, nubes vaca y nubes montaña. Y las garzas, volando con las patas juntas. “Parecen bailarinas”, decía Nieves fascinada. A mí no me gustaban, buscaba mariposas blancas y más vinagrillos para distraerla.
Al final del verano nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Nieves se había ido de vacaciones con su familia y ni siquiera pudimos despedirnos. Papá nos llevó a Bariloche, a conocer la nieve. Aplasté un copo contra mi cara y sentí lo mismo que cuando Nieves me tocó, el primer día de clase en Espera: hielo y fuego, y el corazón cabalgando. 

La luz de la ventana me dio en los ojos. “Mamá”, grité, “ya es de día”. Pero nadie contestó.
Rodé de lado hasta la biblioteca y me fui encaramando a los estantes hasta quedar de pie frente al portarretratos: mamá y yo años atrás, nuestros peinados y trajes de baño pasados de moda. Cerré los ojos rápidamente y vi la foto que la mamá de Nieves nos sacó ese verano junto a la palmera.
Ahí nomás, en el perchero, estaba mi abrigo. Me costó reconocerlo, parecía demasiado grande, pero me iba perfectamente. Me lo puse y salí a la calle.

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