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amarilisCartulajpg.jpg picture by LaurenblogEl pasado mes de febrero apareció en las vitrinas de las librerías españolas una reedición de Amarilis, la primera novela del escritor mexicano Antonio Sarabia (México D.F., 1944). El libro fue publicado por la editorial Belacqva en su colección Verticales de Bolsillo, y se suma al excelente catálogo que el editor catalán Pere Sureda viene formando para esta editorial.
Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor por la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, el novelista español José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de “una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición” y añade: “en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte”.
Antonio Sarabia Estudió Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Iberoamericana de México, después de lo cual se dedicó a la radio y la publicidad. En 1981, con tenía treinta y siete años, decide viajar a Europa, para radicar en Paris, y dedicarse a la literatura de tiempo completo. Pero no sería hasta diez años más tarde cuando publicaría su primera novela: Amarilis (Norma, 1991). Desde entonces se ha destacado como uno de los grandes escritores de la moderna narrativa iberoamericana. Como dato curioso, y poco conocido, puedo decir que Amarilis, apesar de ser la primera novela publicada, es en realidad la segunda escrita por este autor, quien en 1988 fue finalista con El alba de la muerte, más tarde El Retorno del Paladín (Ediciones B, 2005), del Premio Diana Novedades.
En la carátula de la nueva edición, esta es la quinta en lengua española, podemos leer una frase de Álvaro Mutis que afirma “en Amarilis vuelve a inventarse la vida”. Yo sólo puedo añadir que esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.

Hoy, 9 de mayo de 2009 a las 20:00, la cita con Antonio Sarbia es en la Feria del Libro de Valladolid, durante el I Encuentro sobre Novela Histórica que se está desarrollando en la ciudad castellana. La mesa en la que participa esta noche se titula: La Imagen de la Literatura en la Novela Histórica. Además el autor mexicano ofrecerá una firma de libros.

Todo un capítulo en exclusiva para Inventario. Para leer más visite Los Convidados de Antonio Sarabia, y si lo que quiere realmente es disfrutar de la novela en toda su belleza pase por su librería favorita.


¿DONDE HA VISTO ANTES ESE LERDO CAMINAR DE OSO
, ese rostro barbicerrado, esos ojos espantadizos? se pregunta Valsaín llegando a procurarse el desayuno cotidiano en su habitual hostería de la Puerta del Sol. El propietario del lugar, un valenciano de rostro cetrino, sonrisa zaina y maneras untosas, lo deja comer de mogollón, sin cobrarle un maravedí, a cambio de algunos pequeños servicios transportando fardos o moviendo cosas pesadas en el sótano. El se conforma con una tajada de letuario de naranja para asentar el estómago y un buen vaso de aguardiente: el perfecto tentempié matutino para resistir mejor las faenas del día. En realidad ahí no se puede ordenar gran cosa. El lugar es un bodegón de mala muerte, reconoce Valsaín, un verdadero registro de cherinoles, muy poco recomendable para godizos o gente honrada. Por eso le extraña ver esa figura desgarbada, tan manifiestamente fuera de sitio, que avanza sorteando incómoda los ruidosos parroquianos. Salta a la vista que no tiene nada que hacer ahí.alatriste0-1.jpg picture by Laurenblog
Su imagen le trae de súbito a la cabeza aquel bautizo al que asistió por casualidad semanas atrás, siguiendo a Lopillo por la calle de Atocha, tiempo después de su permanencia en los Desamparados. Ese godizo de mirar inquieto es el padre de la gardilla a quien llevaron a la pila con tanta pompa en San Sebastián, recuerda de pronto. Su esposa es la joven señora que la dio a luz, la amiga de Marcela del Carpio. Se precipita tras él con la oscura intención de prevenirlo, que no aparte la mano de la bolsa y se largue de ahí lo más pronto posible, va pensando advertirle, pero se detiene sin decir palabra al verlo sentarse en el rincón menos concurrido de la taberna, y entablar conversación en voz muy baja con dos individuos de temible catadura.
Toma asiento, como al azar, en la única mesa libre junto a ellos, y el godizo le dirige una mirada de infinita desconfianza. Los rufianes que lo acompañan se encogen de hombros. Es un estravo, dice uno, un mandria, un bobo, lo llama el otro sin concederle importancia. Valsaín finge no entender sus comentarios y ellos vuelven a concentrarse en su negocio. Son gente de fuera, observa mirándolos de reojo, nunca los había visto por los alrededores. Tienen la misma pinta de forajidos valencianos que el propietario del mesón. Pero a leguas se ve que éstos no son comendadores de bola ni bailicos, ladroncillos de poca monta, sino arriscados matarifes, cherinoles, de media sobre media, sombrero caído sobre el embozo, guantes descabezados, tizonas desmesuradas y filosos desmalladores asomando bajo las fajas. El godizo lleva el peso de la conversación y Valsaín oye mencionar en voz muy baja, en un susurro imperceptible para oídos menos agudos que los suyos, el nombre del farfaro poeta. Los dos jaques se miran entre sí con aire de duda. El esposo de la amiga de Marcela saca una taleguilla de piel de gato y deja caer varios juanes dorados sobre el tablón. Uno de los fuereños, que parece hablar también por su camarada, los rehúsa, colmilludo, con un remiso movimiento de cabeza. El hombrecillo vacía entonces el total del contenido de la bolsa volviéndola boca abajo frente a ellos. Las monedas relucen un instante contra la madera antes de que el rufo las haga desaparecer en su propia escarcela en señal de asentimiento. No hay nada más que decir. El godizo se pone en pie, ensaya un tímido ademán de estrechar una mano, sea para sellar el pacto o despedirse, pero los malhechores fingen no verlo y él se va sin añadir palabra.lope1.jpg picture by Laurenblog
El azar lo ha puesto al corriente de un complot para asesinar a Lope de Vega, piensa Valsaín. No le cabe la menor duda. Acaban de firmar la noche, la tristeza, la sentencia de muerte, del Fénix de los ingenios. No puede tratarse de otra cosa. Esos hombres no tienen más oficio que disponer de vidas ajenas, discurre, mientras ellos apuran sus barrosos de caramo, vino, dejan unos cuartos sobre la mesa y parten a su vez, desaparecen, confundiéndose entre los demás clientes del lugar. Valsaín permanece un rato inmóvil ante su tajada de letuario, sin animarse a tocarla. En su interior se debaten sentimientos contradictorios. Los jayanes y el godizo han convenido un plazo, fijado un límite, a la vida del farfaro poeta. El marido de la amiga de Marcela no es tan amigo del padre de Marcela. Hace un gesto de enfado resoplando sin convicción, como persuadiéndose a si mismo de que a él qué más le da. El cura no le merece respeto, ni simpatía, después de su pasada intransigencia hacia Lopillo. Y luego ya está viejo. La parca no dilatará en llevárselo de todos modos, tarde o temprano. No en balde, en su dialecto, llaman a la muerte “cierta”. Deja la taberna meditando lo que será de la vida de Lopillo cuando le falte el padre. Tal vez lo encierren de nuevo en los Desamparados y esta vez no habrá quien vaya a reclamarlo. A él, Valsaín, le vedarán el verlo y ya no podrán pasear como acostumbran por las calles de la villa. ¿Y Marcela? Si se llevan también a la niña ¿quién va a leerle a él tantas cosas admirables como escriben y venden los obnubilados?
De todos modos se siente incapaz de prevenirlos, de advertirles, de ir a contarles lo que pasa ya sea a ellos o a su padre. Hacerlo significaría traicionar a su gente, a la chanfaina, a su clan, a sus principios. ¿El, soplón?, ¿él, fuelle?, ¿él, abanico?, ¿él, cerbatana?, repite sin cesar, en voz alta, torturado por sus propios vocablos. Excepto por el de longares, cobarde, no concibe peor insulto en germanía que el de malsín, búho, delator, castañeta.
Esa tarde prescinde de su acostumbrada ronda por la calle de Francos. Teme no poder resistir la tentación de avisar a sus amigos y convertirse en traidor a su linaje. Esbata, esbata, calla, aguanta el canto, sujeta la lengua, la desosada, se vocifera a si mismo marchando por plazas y mercados sin poder alejar de la conciencia el crimen que está por cometerse, sino es que ya lo han concluido. Marcela y Lopillo son, ahora sí, huérfanos de padre y madre. Van a encerrarlos de nuevo en los Desamparados. Los golondrinos no le harán ningún caso, inútil exigirles que lo sigan para rescatar a sus amigos. No puede contar con ellos: son soldados de adorno, de juguete, de mentiras. Al caer la noche sus pasos lo traen de vuelta a las cercanías de la Puerta del Sol.
Ahí se topa otra vez con los granujas, triscadores, fanfarrones, que pasean arrogantes por la calle de la Montera. Valsaín se apacigua al encontrarlos: si hubieran liquidado a Lope de Vega, razona, no se verían tan tranquilos en la plaza. Andarían a caballo por el monte, muy lejos de la villa, galopando camino de su tierra.
Decide callar, sí, guardar silencio, sí, cerrar el pico, sí, pero no perderlos de vista. Acecharlos sin que lo noten hasta que se le ocurra una leva, una cifra, un ardid que le saque del aprieto. A él y a Marcela y a Lopillo y al cruel sacerdote que desgraciadamente les tocó por padre.
Los truhanes se retiran a dormir temprano en uno de los varios albergues de media con limpio de la misma calle de la Montera. Valsaín conoce el lugar por haber sorneado en él algunas heladas noches de invierno. Cuesta cuatro charneles, ocho maravedís, alquilar una ruinosa cama que se está obligado a compartir con cualquier otro huésped. Uno solicita siempre que lo pongan con quien se vea más aseado o parezca tener menos piojos, pulgas y costras de mugre; por eso se llama a esos lugares “de media con limpio”, aunque si los dos tunantes se acostaron en el mismo catre les habrá tocado por fuerza cama con sucio, deduce Valsaín.
Es extraño que dos enjibadores forasteros con la bolsa repleta de contentos, monedas de oro, se retiren a dormir en lugar de estilbar, beber, florear el naipe, o darse una vuelta por los prostíbulos de la calle del Luzón o la plaza del Alamillo, reflexiona instalándose de guardia frente al mesón, sin saber muy bien cuál es el mejor camino a seguir. Tal vez los cherinoles descansan, sornean, se reposan, porque saben que les espera una larga vigilia. Van a dar su golpe, a descornar su flor y después cabalgarán el resto de la noche piñando de vuelta a su caverna. Por otra parte, él puede estar errado en sus sospechas. A la muerte llaman cierta, pero no inminente, se dice alimentando una oscura esperanza.
Apenas pasadas las once los ve aparecer de nuevo a la puerta del lugar. No durmieron largo rato, reflexiona Valsaín remontando en pos de ellos la carrera de San Jerónimo, siguiéndolos sin ser visto hasta la calle del Lobo y observándolos introducirse sigilosos en la oscuridad del barrio donde habitan Marcela y Lopillo. Recoge un turrón en el camino, un sólido pedrusco del tamaño de su puño cerrado, y se lo guarda, por si acaso, entre los pliegues de la ropa.
Los dos facinerosos recorren la calle del Infante examinando las fachadas de las casas a la tenue luz de la luna. Se detienen al pasar frente a una de ellas, como si reconocieran unas señas particulares, y luego van a ocultarse entre las sombras de la esquina de la calle del León, cerrando el paso hacia la de Francos. Valsaín se hunde en las tinieblas del umbral de una puerta. No sabe lo que están haciendo ahí pero sospecha que su furtiva presencia, tan cerca de la casa de Lope de Vega, tiene que ver con la conversación que sorprendió esa misma mañana. Oye dar las doce en San Sebastián. El grave tañer de sus bronces se continúa aquí y allá por campanadas más o menos lejanas, ecos de otras iglesias de la villa. De pronto, como si ese dilatado repicar fuera una señal, una puerta se abre y se escuchan voces de gente que se despide. La tenue claridad del interior de la casa presta un breve resplandor a la calle aparentemente desierta. Valsaín no se atreve a asomar la cabeza para averiguar lo que sucede por temor a delatarse. La puerta se cierra con un rechinido y todo queda de nuevo envuelto en la sombra. Quien acaba de dejar la casa viene recto hacia él, desde su derecha, caminando en dirección a la calle de Francos. ¿Será el farfaro poeta? se pregunta conteniendo la respiración. Escucha a lo malandrines de su izquierda ponerse en movimiento, avanzan sin darse prisa, con calculada naturalidad, para no alertar a su víctima.
Los mira pasar junto a él disimulando bajo las capas las espadas desenvainadas, sin verlo, tan cerca que casi le rozan la barba. Valsaín levanta el puño armado de la piedra y lo deja caer como una maza de granito sobre la cabeza del más próximo hundiéndole el cráneo. El truhán cae hacia adelante sin exhalar un gemido. Nunca supo lo que le sucedió, piensa Valsaín mientras el restante salta a un lado, fuera del alcance de la sombra inesperada que emerge del vano de la puerta. El farfaro poeta capta en un santiamén lo serio del predicamento y recoge la espada que acaba de rodar a sus pies. El canalla sobreviviente parece bien habituado a esos lances porque, a pesar de su sorpresa y del compañero caído, reacciona con extremada sangre fría. Se pone en guardia girando sobre sí mismo para no dar la espalda a Valsaín, sin por eso perder de vista el acero que ya esgrime Lope de Vega. Sopesa las fuerzas de sus contrincantes. Se decide por atacar al que ve armado tratando de terminar rápido. Para eso le pagaron, colige Valsaín, es natural que intente desquitar el sueldo. El sacerdote resiste a pie firma la embestida con una serie de brillantes paradas que sorprenden a su adversario. No esperaba encontrarse con alguien tan diestro, piensa Valsaín compartiendo su estupefacción. Quién hubiera dicho que el farfaro poeta era un auténtico travo, un temible espadachín a quien el tiempo no ha disminuido la vista ni debilitado la muñeca. El bribón retrocede unos pasos, como para considerar con admiración al hombre que tiene enfrente. Lope de Vega, a pesar de embarazarle la sotana, aprovecha el momento para arremeter con violencia contra su agresor. Valsaín se entusiasma con el chocar de las filosas y las chispas de los chincharrazos. El rufián se defiende como puede, perdiendo terreno a ojos vista, avasallado por la clara superioridad de su oponente. Lope se tira de improviso a fondo y Valsaín escucha una sorda maldición. El hombre se echa hacia atrás con el brazo encogido, tocado, y luego deja caer la espada como un engorro inútil para salir huyendo a toda carrera rumbo a la calle del Lobo.
Ninguno hace el intento de seguirlo. Lope se inclina junto al caído buscando señales de vida. Está bien vasido, muerto, decide Valsaín sin acercarse: después de una turronada como esa no hay más que plantarlo en el cementerio. Da media vuelta y se aleja sin decir palabra. Se va con la conciencia tranquila. Marcela y Lopillo no quedarán huérfanos, no pasarán por las mismas penurias que él tuvo que sufrir de niño. Tampoco se vio obligado a traicionar a su gente. Jamás soplón, jamás abanico, nunca cerbatana. Antes de doblar la esquina en la calle del León se vuelve a ver si Lope de Vega prosigue sin sobresaltos el camino a su casa. Cree distinguir al farfaro poeta de rodillas todavía junto al cadáver del desconocido, muerto inconfeso, rezando tal vez una jaculatoria por el eterno descanso de su alma.

Fragmento de Amarilis, de Antonio Sarabia

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Al poeta Ramón Peralta (México, 1972) lo conocí a mediados de abril de 2005 en el Centro Cultural Pirámide en el D.F. durante una lectura que organizó para mí Jocelin Pantoja. Aquella lectura marcaba justamente el final de mi Beca de Residencia Artística en México, mi regreso a Colombia y mi inminente traslado a España. Esa noche intercambié un par de palabras con Ramón y después no volví a tener noticias suyas. Hasta que un día a principios del año pasado recibí un correo electrónico con la noticia de una visita de Ramón a Lisboa. Me dio muchísimo gusto saberlo y de inmediato le propuse que nos reuniéramos. Para mi sorpresa Ramón había llegado a Lisboa con la intención de quedarse y aquí está viviendo desde hace más de un año. En esta ciudad mágica él comparte su vida con Ana, una chica española bellísima e inteligente (la autora de la foto de Ramón que ven más arriba). Es un escritor afortunado. En Lisboa está escribiendo sus libros de poesía y también una novela. A veces le digo a Ramón que Antonio, él y yo formamos la semilla de un nuevo grupo de escritores hispanoamericanos que crece en Lisboa. Nuestros amigos novelistas, la cubana Karla Suárez y el español José Manuel Fajardo, también piensan mudarse muy pronto acá. “Alguna vez se hablará del grupo de Lisboa”, bromeo. Él se ríe. Fuera de bromas, es un placer contar con la amistad de colegas que han elegido Portugal como su casa.

Los poemas de Ramón Peralta son inéditos, una colaboración especial para Inventario.

INSTANTÁNEAS
(algunos fragmentos)

Un martes de lluvia – un martes de lluvia y viento – un martes de lluvia viento y sol – un martes sin sol – un martes de sol y viento – un martes por la noche – por la mañana – por la tarde – nos vemos – caminanos – un martes – después de la comida – en un martes nublado – después de que los niños salgan a la escuela – en un martes – todos los martes – en una tarde – nos vemos – caminamos. Un becerro bala al oler la sangre de sus compañeras. Gira la cabeza que se le escapa por momentos al hombre que la sostiene. Mira el horizonte, no encuentra nada en que detenerse. Sigue oliendo la sangre, sus patas traseras tiemblan, bailan, se doblan.

Recordemos un automóvil es una partícula, el golpe de un boxeador es una fuerza, el espacio entre el núcleo atómico y los electrones es vacío. Una ola es una onda. El horizonte, las emociones y los recuerdos son producidos por el mismo efecto cuando lanzamos una piedra al estanque y se forman pequeñas ondas hasta la orilla recorriendo la totalidad de la superficie. En el pueblo, una puerta amarilla, un campo de cebollas. Un retrato con la cara llena de miedo. El hombre recostado, enfermo, apenas se le veían los ojos. Ellos trataban de verse en el espejo. Siempre los desconocidos, los que salen en las fotos y sonríen. El granjero con su perro, un galgo. Ambos, no sé por qué, tienen los mismos ojos. Se tapó la mitad de su rostro, en lugar de su ojo, quedó su anillo. el relámpago verde de los loros. Mis cabellos eran nubes extendidas, como si fueran llamas, grandes llamas blancas. La preocupación son las manos en el rostro. Un tiburón en el puesto del mercado. La luna llena sobre un grupo de nubes. Soñé la milpa tupida, alta y por encima dorada. El sonido del anuncio rojo de lámina al soplar el viento. Esa luz que atrae a los insectos.

FOTOSÍNTESIS

(primeros fragmentos)
Acércate a la ventana, ahí la luz cruza libremente, guarda el principio universal, la velocidad de un meteoro; hace visible cualquier superficie y dibuja tu rostro.
El obturador te deja descender. Nos ofrece la posibilidad de registrar fenómenos fugaces. Tu cuerpo presenta los detalles. El cielo es una furia, se reproduce con un color más fuerte y queda el sol nítido. (El sol todo dibuja al tocar sus remos)
Observa el después, parece una coincidencia que estemos presentes en algo que pasó volando por un mausoleo y se detuvo celeste, más adelante, en una rama.

A esto después le llamarán fotografía:

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ese algo que usted vio y ahora recuerda.
No subiremos el diafragma, esa es mi última voluntad, estoy seguro, seremos héroes. Voy a decírselo una sola vez, la pared será una sombrilla porque el sol es un Niágara y toca tu frente.
Entre nosotros no hay nada, salvo lo que ocurre cuando nos observamos. Arrastramos la iluminación perfecta, el gato duerme para no olvidar la casa. Salta del obturador un ruido principal, es el mismo de una máquina de escribir. El destino es el mismo para todos. La fuente proviene de un flash electrónico con paraguas a unos 65 centímetros arriba de mi hombro. Luego, el borde de un destello regresó todo, regresa todo a mis ojos, la soledad de una estación de trenes quedó impresa, y tú con la paciencia de la hierba.
Durante muchos años te robo en una cita, en un instante, concreto y aislado. La foto es una frase para que no desaparezcas. Mira el encuadre, deja de tocarte en el espejo, un retrato no es una semejanza. No te preocupes la garganta, ya casi termino el rollo; listo, tu cuerpo revuelto sobrevivirá al tiempo. Una máquina lo copió, eso es lo que importa en el castillo en un día de verano.
1.- El obturador te deja encender en todos esos colores, en todas esas líneas y en la forma te captura, te comparte, te lleva a otra tierra.

2.- No necesitamos saber más palabras, aquí el cuerpo petrificado es bello, sin doble intención; colgado de una abeja ignora el silencio que le rodea.

3.- Ayer eras el átomo de una mesera atenta. No quiero describir en realidad como eres. Hoy entras a las seis. Con la blusa limpia caminas por la calle y nada se detiene en tu ombligo, por eso la punta de la belleza es efímera por eso Nadar, Julia Margaret Cameron, y los ojos los tenemos atentos, indecisos a tu cintura que duerme, a las ruinas que llevas por delante y el piso encerado crea una visión que no le importa Pistolletto.

5.- Anotemos las impresiones.

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amarilisCartulajpg.jpg picture by LaurenblogA principios del mes de febrero aparecerá en las vitrinas de las librerías españolas la novela de Antonio Sarabia, Amarilis, publicada por la Editorial Belaqva/La Otra Orilla en su colección Verticales de Bolsillo. Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor con la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de “una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición” y añade: “en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte”. En la carátula de la nueva edición, ya cuenta con otras cuatro, hay también una frase de Álvaro Mutis que afirma “en Amarilis vuelve a inventarse la vida”.  Como un anticipo para los lectores del blog le he pedido a Antonio autorización para publicar un par de páginas. Esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.

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TODOS HABLAN DE NOELA

Por José Manuel Fajardo

PortadaNoela.jpg picture by Laurenblog

No sé si recuerdan ustedes aquella foto de la caída del Muro de Berlín que dio la vuelta al mundo. Allí arriba se veía a dos jovencitos armados de un pico que, a todas luces, no sabían cómo manejar, metidos sin embargo en la tarea de demoler la barrera de hormigón que había simbolizado la división en dos no sólo de Alemania, sino de toda Europa. Es una de esas fotos que no se olvidan. Bueno, pues su autora es una de esas mujeres que tampoco se olvidan: Noela Duarte. Seguramente habrán visto muchas otras de sus fotografías: retratos de músicos latinos (el incomparable Compay Segundo, los nuevos trovadores de Habana Abierta, el rockero mexicano Carlos Esquívez…), imágenes del sitio de Sarajevo, escenas de la vida cotidiana en Israel o en el nuevo Vietnam que cierra sus heridas de guerra; edificios destrozados en Kabul…

Como suele suceder con los periodistas, retenemos más aquello que nos cuentan que el nombre de quien se ha dejado las horas y a veces casi el pellejo para poder contárnoslo. Por eso, la primera vez que José Ovejero, Antonio Sarabia y yo reparamos en Noela no fue la primera vez que nos la cruzamos en la ciudad de Guadalajara, en México, sino casi un año después, en París. (más…)

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El próximo 12 de junio se presenta en el marco de la Feria del Libro de Madrid una novela que dará mucho de qué hablar. Se trata de un proyecto lleno de singularidades. Para empezar fue concebida por tres escritores desde cuatro países diferentes. Antonio Sarabia escribió su parte entre México y Lisboa, José Manuel Fajardo hizo lo suyo en Paris y José Ovejero en Bruselas. Los tres conocieron a Noela Duarte, la heroína de la novela, el mismo día pero de un modo muy distinto, los tres, como la trinidad divina, la volvieron a inventar para crear un entramado de historias que fascinan de principio a fin. Una novela escrita a seis manos pero que se lee con la factura de una sola mano maestra.
Noela Duarte es una de las más destacadas fotoperiodistas de la actualidad. Su trabajo sobresale por su contundencia y originalidad. Los mejores periódicos y revistas del mundo codician la publicación de sus imágenes. Su carrera de fotógrafa empezó en los años ochenta cuando siendo apenas una adolescente fotografiaba a turistas en los conciertos de su padre, el músico cubano Oswaldo Duarte. Ella misma ha dicho en alguna entrevista que a través de la lente el mundo fue tomando sentido y que pronto descubrió que habría de dedicar su vida a dos cosas: la fotografía y los viajes. Y sí, Noela es una viajera incansable que ha puesto su vida en peligro para captar una imagen única de Sarajevo o denunciar casos de corrupción en cualquier parte del mundo. Quizás recuerden que hace unos años el nombre de Noela Duarte se asoció sentimentalmente al del guitarrista mexicano Carlos Esquivez. Entonces se le veía constantemente en la prensa. En la actualidad su paradero es un misterio. Sarabia, Fajardo y Ovejero la han invitado a la presentación de Primeras Noticias de Noela Duarte. Tal vez la veamos por la Feria de Madrid en el Pabellón del Círculo de Lectores el Jueves 12 de junio a las 8 p.m.

Estas tres fotos pertenecen al portafolio de Noela Duarte y le debo la publicación en Inventario a la gestión de Daniel Mordsinki, su colega y amigo. Les prometo que en un próximo blog les adelantaré algunos textos de la novela.

Primeras Noticias de Noela Duarte ha sido publicada en España bajo el sello editorial Belaqcva/ La Otra Orilla.

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