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La biografía de Emily Dickinson (Amhers, Nueva Inglaterra, 1830-1886) está llena de rarezas y silencios. Sobre ella escribió Jorge Luis Borges: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amhers buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía.” En esos años de encierro voluntario, elección que tomó muy joven, Emily construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal. Fue inteligente, rebelde y culta, así nos la enseña su escritura

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De un tiempo a esta parte me encuentro con frecuencia libros de Ruth Fainlight (Nueva York, 1931). El primero lo compré en Gijón el año pasado y se titula Feathers (Plumas). Este libro, bien editado en México por El Tucán de Virginia, tiene para mí una sola debilidad: los poemas fueron traducidos por tres personas. Se nota que no hicieron un trabajo en equipo, sino que se juntaron las traducciones arbitrariamente. El resultado es una mezcla en la que aparecen tres voces que no siempre se corresponden. Lo bueno, es que la editorial publica el original junto a la traducción. Después he ido encontrando de manera misteriosa otros títulos: The Know y Sibyls and Others. Es una autora que me gusta porque suele componer sus poemas con una graciosa ironía. En su voz se siente un compromiso con la historia, y particularmente con la historia de las mujeres. Refiriéndose al poema Papel azúcar-azul Valerie Meyer escribió: “Con humor le quita al poema el estorboso fulgor de la celebridad obtenida por conocer a los célebres.” Estoy totalmente de acuerdo, pero además comparto con la autora esa huella indeleble que deja el encuentro con los personajes que admiramos: yo también estuve en la puerta de Anna Ajmátova y tampoco pude entrar.

PAPEL AZUCAR-AZUL (fragmento)

I

Tratar de describir un color
por comparación y por metáfora
es tan fútil como intentar
tararear las melodías que escucho en mi cabeza.
Sin embargo pensé que todos sabían
lo que significaba papel azúcar-azul.

Papel —azúcar— ese papel espeso, duro,
ligeramente granulado en la superficie, salpicado
de pálido azul marino, que se pega o se dobla hasta hacer
bolsas de azúcar. La siguiente imagen:
mi madre y mi tía con los dedos pegajosos
en la tienda de ultramarinos de la familia.

Después de la escuela, empujando un cucharón de metal
dentro de un peludo costal de yute
a través de la escurridiza humedad,
ellas llenarían esas bolsas, luego harían su tarea.
Ustedes entienden, no hay prueba
de que esto ocurrió en realidad.

Estaba tratando de describir una habitación
en Leningrado (en el 65
ese era aún el nombre de la ciudad), los muros pintados
del color tradicional del siglo diecinueve,
el color al que llamé papel azúcar-azul
frente a una amiga en Nueva York, años más tarde.

II

Era el estudio de los padres de mi guía,
dos educados Peterburgueses
que habían sobrevivido al sitio,
dijo su hija, con los cuerpos demacrados
y unos ojos enormes como los ojos de Ruvlev
en los íconos del Hermitage —“Así
nos veíamos todos” —, y ahora, orgullosamente,
me mostraban libros, álbumes, panfletos
que protegieron durante los años terribles.

Di la vuelta a las páginas de papel delgado o grueso,
pensé en aquellos escritores y artistas
que se fueron a los gulags o a Paris, consciente
de estar tocando reliquias sagradas.

“Aquí está el primer verso publicado de Mandelstam”, Traducía
Galya. “Estos grabados en madera son de Goncharova,
y miren: Blok, Bely, Gumilev.”
“¿El afortunado que se casó con Ajmátova?”
(Así era yo de exhibicionista) “Sí” confirmaron ellos.
“Y este es el libro con la serie de poemas
dedicados a ella por Marina Tsvetaieva”
quien los tituló La Musa, y después dijo:
“Leo como si Ajmátova
fuera la única persona en la habitación.
Leo por la ausente Ajamátova”.
Quien no los escuchó, sino que llevó el manuscrito
en su bolso por años, hasta
que se partió de los pliegues y se desbarató.

III

Tal vez yo no tenía más de doce años cuando,
en el librero de mi tía, hecho de caoba con el frente de vidrio—
cuando limpiaba el polvo de sus intrincadas patas en forma de garras,
las guirnaldas de las hojas se balanceaban envolviendo
las cadenas de torsos femeninos
que surgían de las columnas laterales
como cariátides desnudas, o
como mascarones gemelos de ojos fijos
y rostros severos de implacables Sinos
en la nave de la espera
en la que ese librero (la misma pieza está ahora
en mi departamento de Londres; ese objeto singular,
cuya apariencia y contenido, me temo,
formó mi gusto para todo) se transformó—
encontré lo que sólo puede llamarse
“un delgado tomo”, con pastas blandas,
en una escritura y lenguaje desconocidos.

No recuerdo a la tía Ana traduciendo
una sola línea de sus páginas, ni explicar
jamás cómo logró adquirirlo.
Sin embargo me dijo algunas cosas sobre la mujer
que lo escribió —la primera vez que oí
esas palabras: Anna Ajmátova—
después, me pregunté qué tan importante
pudo ser la coincidencia del nombre para ella,
mi tía, que desde los días de empacar azúcar en bolsas
se veía a sí misma como una artiste manquée.

IV

¿Eres admiradora de Ajmátova?
Era, sin duda, una pregunta capciosa.
Rostros blancos brillando sobre negro
paredes azules y estantes de libros
como bustos de mármol en una biblioteca
los tres me miraban atentos.

“Tú sabes que no hablo ruso. Pero
hay algunas traducciones…”
No podía seguir así. Me sentía ridícula.
“Ahora está enferma”, decía Galya,
“pero sigue en el mundo.
Y qué buena vecina.”

¿Vecina? Era difícil imaginarla
en una situación tan mundana.
Como la seda tensa de un paracaídas
que se colapsa hacia adentro, que se hincha
con los vientos contrarios, las barreras
del tiempo y del espacio cambiaron de forma y de significado.

“¿Oyes ese sonido?” Mi incisiva mirada siguió
a la de Galya hacia el techo. “Ella debe sentirse
mejor hoy, está caminando en su habitación”.
“¿Anna Ajmátova vive arriba?”
Mi atemorizada, incrédula voz
Crujió como el entarimado del piso.

V

Preguntas suspicaces:
como si fuera necesario oír el simple hecho
reiterado una vez más;
implorando que me ayuden de alguna manera
a conocer a la famosa poeta,
a la testigo,
al monstruo sagrado,
a la anciana, mujer moribunda
— o al menos
que me ayuden a verla—
aunque sea sobre el hombro
de alguno de ellos, que pudieran tocar
a su puerta y dejarme ver
incluso si es sólo por un instante—
únicamente entreverla — un vislumbre—
Anna Ajmátova:
mi obsesiva
exigencia sobrepasaba todo pudor.
Pero ellas con firme insistencia, repetían
cada vez que yo preguntaba, que lo que
yo quería era imposible.

IX

Lo que yo quería era imposible. Lo que
yo quería hacía incómoda el resto de mi visita.
Muy pronto Galya y yo
estábamos diciendo adiós a sus padres
—a ese bello estudio tapizado de azul—
y bajando las escaleras.
Los mismos peldaños, etc, etc.
Todos los pensamientos obvios.

Me detuve para ver hacia arriba la fachada gris
(un agraciado edificio, tal como lo recuerdo) y,
creyéndome muy lista, pregunté como si nada
“¿Cuál es tu ventana?” Medio reacia,
medio divertida, ella me dio la respuesta que yo esperaba.

Hubo un tiempo,
en los cuarentas, después de la guerra,
cuando había guardias apostados
afuera de su casa,
y Anna Ajmátova
estaba obligada a aparecer,
mañana y noche, en su ventana,
para confirmar que no se había escapado
o matado.

Aunque me mantuve de pie
por mucho tiempo al día siguiente
en la acera opuesta
y miré fijamente hacia la ventana
esperando ver, detrás
del acucharado encaje de azúcar de la cortina,
la imagen borrosa de un rostro
que pudiera ser el suyo,
nadie estaba ahí.

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