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	<title>Inventario &#187; autores chilenos</title>
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	<description>Blog literario, literatura colombiana, literatura española, literatura griega, literatura africana</description>
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		<title>Antonio, Luis y Troya al Atardecer</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Oct 2008 20:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Ayer estuvimos de fiesta por el lanzamiento en portugués de la última novela de Antonio Sarabia: <em>Tróia ao entardecer</em>. El libro, que desde hace una semana está en las librerías portuguesas, se presentó anoche en el café<img id="fullImage" onmouseover="if(isMouseOver(this,event,300))togglePhotoActionsMenu('show',true);" onmouseout="if(!isMouseOver(this,event,300))togglePhotoActionsMenu('hide',true);" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/Foto06.jpg?t=1225053738" alt="Foto06.jpg picture by Laurenblog" /> de la Fnac de Chiado, el mítico barrio de Pessoa. Marta Ramires, editora de Casa das letras, dio la bienvenida en nombre de la editorial y le cedió la palabra al escritor chileno Luis Sepúlveda. Luis, gran amigo de Antonio, nos entretuvo con anécdotas de su ya larga amistad y presentó a Antonio como uno de los grandes nombres de la literatura latinoamericana. Anoche, en Lisboa, Luis recordó aquella época, a fines de los noventas, cuando ambos vivían en Paris y se sentaban junto a la tumba de Julio Cortázar a fumar y conversar. Antonio encendía su pipa y Luis dos cigarrillos: uno para él, claro, y el otro para Julio que colocaba en un entrecijo de la tumba. Cuando el cigarro de Julio Cortázar se consumía los dos escritores salían al boulevard Montparnasse dispuestos a continuar la charla en un café. No era raro que terminaran la noche cantando rancheras y corridos en la Closerie des Lilas. En más de una ocasión les pasaron la cuenta sin que la pidieran, comentó Luis en tono de complicidad. <span id="more-350"></span></p>
<p><img id="fullImage" onmouseover="if(isMouseOver(this,event,323))togglePhotoActionsMenu('show',true);" onmouseout="if(!isMouseOver(this,event,323))togglePhotoActionsMenu('hide',true);" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/Troyatapaycontratapa.png?t=1225053933" alt="Troyatapaycontratapa.png picture by Laurenblog" />El lanzamiento estuvo muy concurrido, y con razón, porque las presentaciones de Antonio suelen ser divertidas y enriquecedoras. Anoche hizo algunas refelxiones sobre el oficio de escribir que me siguen rondando en la cabeza. Dijo, por ejemplo, que él escribe no para compartir lo que sabe sino para aprender sobre lo que no sabe. Dijo, también, que en el proceso de escritura él se deja llevar de la mano por sus personajes y, al igual que al lector, cada página le depara una sorpresa. En Troya, confesó, quiso que dos de sus protagonistas intimaran y aunque se esforzó en darles ocasión y lugar, tanto él: Timalco, como ella: Polimela, se negaron a plegarse a su voluntad. Habló del Destino y la Identidad, dos de los temas centrales de la obra, y de cómo durante la escritura de la novela en lugar de resolver sus dudas al respecto terminó por plantearse nuevas preguntas a las que aún no encuentra respuesta. Sarabia concluyó su interveción citando de memoria unos versos del gran poeta colombiano Álvaro Mutis que, dijo, encierran parte de la clave de su novela:</p>
<p>A la vuelta de la esquina</p>
<p>te seguirá esperando vanamente</p>
<p>ése que no fuiste, ése  que murió</p>
<p>de tanto ser tú mismo lo que eres.</p>
<p> </p>
<p>La foto de los dos amigos es de Daniel Mordzinski quien con su cámara también fue testigo de alguna de aquellas tardes junto a la tumba de Cortázar.</p>

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		<title>Isabel y el sexo</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Sep 2008 10:52:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
				<category><![CDATA[autores chilenos]]></category>
		<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Isabel Allende]]></category>

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		<description><![CDATA[EL SEXO Y YO por Isabel Allende Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>EL SEXO Y YO</strong></p>
<p>por Isabel Allende</p>
<p>Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.<br />
-Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé &#8211; me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba.<span id="more-75"></span><br />
Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.<br />
-Estoy embarazada -admití hipando.<br />
Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora.</p>
<p>Así comenzó mi horror por las muñecas y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo.<br />
Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas.</p>
<p>Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.<br />
A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos.</p>
<p>En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.<br />
-¿Te has tocado el cuerpo con las manos?<br />
-Sí, padre.<br />
-¿A menudo, hija?<br />
-Todos los días&#8230;<br />
-¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más! Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para &#8216;Eva Luna&#8217;, treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).</p>
<p>Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros.. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito.</p>
<p>El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos -algo exagerados, lo admito- para Jaime y Nicolás en &#8216;La casa de los espíritus&#8217;). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos.<br />
Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales.</p>
<p>El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso? A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente.<br />
Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir:&#8217; Felipe, en el baño, con lengua.&#8217;<br />
Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada?</p>
<p>La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida.</p>
<p>En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria? ). Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.<br />
En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillac con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas.</p>
<p>Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido&#8230;<br />
Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano foto-novelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de &#8216;El amante de Lady Chaterley&#8217; y pocket-books sobre orgías de Calígula.</p>
<p>Mi padrastro tenía &#8216;Las &#8216;Mil y Una Noches&#8217; bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada.<br />
Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca-Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.</p>
<p>Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofía Loren. Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora.<br />
En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política pan arábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El Presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran.<br />
Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rockn&#8217;roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo.</p>
<p>A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.<br />
La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos la prueba de amor&#8217; y nosotras debíamos resistir para llegar &#8216;puras&#8217; al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran.<br />
No sé exactamente cómo tuve dos hijos. Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, mini-falda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad.<br />
De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 años sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil.</p>
<p>Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada. Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel.<br />
Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida.. Pero a la hora del café la dueña de casa -treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel- me llevó aparte y me dijo que sí le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después de almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo.<br />
Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas cómo ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque sino ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser solo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias.<br />
Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre &#8216;la mujer fiel&#8217;. Todavía estoy buscando una que lo sea por buenas razones. Eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado.</p>
<p>Los hombres todavía exigían lo que no estaba dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.<br />
En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del General Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.</p>
<p>En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver &#8216;El Imperio de los Sentidos&#8217; y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioscos.<br />
Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas.<br />
Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio.<br />
Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas -como comprobamos más tarde en las radiografías de columna- amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.<br />
Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenia un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta.</p>
<p>Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Ámsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija.<br />
Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc.<br />
Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa. La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo.<br />
En menos de un año todo cambió. Mi hijo Nicolás ¡ya se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monogámica. Paula abandonó la sexologí a, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestrí a en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio.</p>
<p>Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia.<br />
Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí  la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p>Leí este texto en el blog de Marta Sepúlveda <a onclick="window.open('http://www.martasepulveda.blogspot.com/','','');return false;" href="http://www.martasepulveda.blogspot.com/">(aquí)</a></p>
<p> </p>

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		<pubDate>Sun, 07 Sep 2008 13:42:54 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Alan Mills]]></category>
		<category><![CDATA[autores guatemaltecos]]></category>
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		<description><![CDATA[Esta entrada no pretende ser antológica de la nueva poesía escrita por los jóvenes en latinoamerica. Es tan sólo una muestra de nueve poetas, algunos ya muy reconocidos, otros que a penas empiezan a publicar, todos talentosos y con una vida y su obra por delante.  Daniel Pupko, México (1972) CANTO DEL LISIADO SANO Levito camino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta entrada no pretende ser antológica de la nueva poesía escrita por los jóvenes en latinoamerica. Es tan sólo una muestra de nueve poetas, algunos ya muy reconocidos, otros que a penas empiezan a publicar, todos talentosos y con una vida y su obra por delante. </p>
<p>Daniel Pupko, México (1972)</p>
<p>CANTO DEL LISIADO SANO</p>
<p>Levito</p>
<p>camino sin pasos</p>
<p>soy cuerpo sin sombra</p>
<p>soy sombra sin velos</p>
<p>voy alto a cosechar nubes e historias</p>
<p>que caigan como lluvia</p>
<p>con la misma gracia</p>
<p>en bosque o en asfalto</p>
<p>con la misma soltura líquida</p>
<p>forma abierta y pluvial</p>
<p>se alimentan de reflejos fugaces</p>
<p>lo mismo el manantial que el charco<span id="more-74"></span></p>
<p> </p>
<p>Allan Mills, Guatemala (1979)</p>
<p>5.</p>
<p>Las líneas de ese otro libro que lees</p>
<p>te indican que no estás a salvo,</p>
<p>que no lo estarás nunca,</p>
<p>que nunca serás salvo.</p>
<p>Ni las flores adormecedoras,</p>
<p>ni los picos más altos, donde las banderas</p>
<p>ondean ese orgullo un poco tonto,</p>
<p>ni el mar que es todo deseo.</p>
<p>Nada, nada te salva.</p>
<p>No vuelvas a sintonizar el noticiero,</p>
<p>haz un graffiti en tu cuarto</p>
<p>que diga algo lindo o algo sucio,</p>
<p>pero que diga y ensucie esas paredes</p>
<p>que te conocen tanto.</p>
<p>Súbele el volumen a la música,</p>
<p>decídete a quemar ese libro,</p>
<p>viaja y llévate las cenizas</p>
<p>al sepulcro de Kafka</p>
<p> </p>
<p>John Better, Colombia (1978)</p>
<p>SUITE</p>
<p>Es apenas lo posible<br />
Lo amado<br />
Olvidado a la intemperie<br />
Dejado atrás en el sueño<br />
Apenas lo soberbio<br />
Surco de cenizas que en la oscuridad se abre</p>
<p>Es apenas la espesura en la hondonada<br />
Lo que de no haber sido, seguro ahora falta<br />
Lo secretamente pactado durante el relámpago<br />
Lo dulcemente prometido</p>
<p>Son tan sólo estos años<br />
Este obscuro rebaño abriéndose paso entre la ribera<br />
Esta precipitada e inexacta geometría<br />
Esta luna y este bronce, apenas posibles a veces<br />
Tan sólo a veces.</p>
<p> </p>
<p>Giovanni Goméz, Colombia (1978)</p>
<p>UNA PALABRA COMO CASA</p>
<p>Señor dame una palabra<br />
que tenga la forma de un barco<br />
un barco de velas inextinguibles<br />
donde pueda ir a conocer el mar<br />
Dame esta palabra por casa<br />
por vestido por amante<br />
deja que ella sea mi soledad<br />
mi alimento y no pueda sobrevivirla</p>
<p>Aquí estoy tan vacío de formas<br />
y silencio&#8230;</p>
<p>Toda mi inspiración semeja<br />
el ruido de unas manos atadas<br />
necesito un barco por cuerpo<br />
y el amor por mar</p>
<p>Escúchame por estas alucinaciones<br />
y la vastedad de las cosas que vuelven<br />
a su lugar</p>
<p> </p>
<p>Ramóm Peralta, México (1972)</p>
<p><a onclick="window.open('http://www.youtube.com/watch?v=8bnlsXolRw4','','');return false;" href="http://www.youtube.com/watch?v=8bnlsXolRw4">Haga click aquí para ver una lectua en video</a></p>
<p> </p>
<p><a onclick="window.open('http://www.youtube.com/watch?v=8bnlsXolRw4','','');return false;" href="http://www.youtube.com/watch?v=8bnlsXolRw4"></a><br />
Javier Alvarado, Panamá (1982)</p>
<p>SONRISA SONETEICA AL GATO DE CHESCHIRE</p>
<p>Eres la oscuridad de la sonrisa<br />
portando vida con tus siete muertes<br />
siete vidas nos dejas como suertes<br />
llama de humo en la greda de la brisa.</p>
<p>Y no es la soledad, locura pisa;<br />
rabo y magia, las fábulas que ensuertes<br />
niñas y marionetas cuando sueltes<br />
acertijos de loca y nueva risa.</p>
<p>Nos bullirá la creación entera<br />
y la inmemorial bruma en lejanía<br />
cuando tomes camino hacia la nada</p>
<p>escogiendo la nunca primavera<br />
de tus ojos, la tierra umbría, umbría<br />
nos deja como casa abandonada.</p>
<p> </p>
<p>Fabricio Estrada, Honduras (1974)</p>
<p>LOS CONSTRUCTORES</p>
<p>Ha crecido la mañana<br />
imprevistamente roja sobre la hierba endeble.</p>
<p>Cada quien carga su cuota de ladrillos<br />
y aporta un muro más<br />
a esta ciudad de callejones sin salida.</p>
<p>Blancos de cal despiertan los albañiles;</p>
<p>el martillo cantó más temprano que ayer<br />
y los buses de vapor, bajan hastiados<br />
a recolectar sus carbones.<br />
Desde los barrios más lejanos<br />
donde la noche clava estrellas en los cerros<br />
y el viento acumula en los ojos<br />
el polvo lejano de las construcciones,<br />
bajan los maistros<br />
hacia las casas del valle,<br />
inundan sigilosos los solares baldíos<br />
y unos sobre otros<br />
levantan un paisaje de espejos<br />
y de péndulos hechizantes.</p>
<p>La gris primavera ha llegado:<br />
los grafittis obsenos aguardan<br />
a ser descubiertos<br />
en algún rincón de las casas recién terminadas.</p>
<p> </p>
<p>Jorge Leonardo Márquez San Martín, Chile (1978)</p>
<p>COMARCA</p>
<p>Extraviado en la comarca de las marmotas y los quesos</p>
<p>escucho y tarareo</p>
<p>‘es inútil que pretendas brillar con tu historia personal&#8217;</p>
<p>mientras pienso que no hay metáfora</p>
<p>tras las piedras que serán cemento.</p>
<p>Quizás los ladridos desolados</p>
<p>son la poesía de los perros</p>
<p>pero aquí los perros no ladran</p>
<p>aunque quizás la poesía no sea tan importante</p>
<p>como creen los querubines y los empresarios.</p>
<p>La comarca del Quizás</p>
<p>es el lugar donde queremos viajar y no vivir.</p>
<p> </p>
<p>Jorge Ampuero, Perú (1977)</p>
<p>LEJANIAS</p>
<p>Tu recuerdo cuece todavía<br />
los huesos y raíces donde llueves<br />
y tocarte<br />
es apretar el gatillo<br />
y empezar a dispararle al tiempo.</p>
<p> </p>
<p><a></a></p>
<p><a> </a></p>
<p><a> </a></p>
<p> </p>

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		<title>La geometría de los ojos</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Aug 2008 20:40:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lauren Mendinueta</dc:creator>
				<category><![CDATA[autores chilenos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Lilian Elphick]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuatro minificciones y un poema de LILIAN ELPHICK   La geometría de los ojos Que seas bizco y daltónico es lo que más me excita, a mí, ciega de nacimiento.   Amor a toda prueba Ella era tuerta; él era rey. Se enamoraron ciegamente.   El éxtasis de Santa Teresa Es cierto, mis ojos están [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/ojos-1.jpg?t=1219263636" alt="ojos-1.jpg picture by Laurenblog" /></p>
<p class="MsoNormal">Cuatro minificciones y un poema de LILIAN ELPHICK</p>
<p> </p>
<p><strong>La geometría de los ojos</strong></p>
<p>Que seas bizco y daltónico es lo que más me excita, a mí, ciega de nacimiento.</p>
<p> </p>
<p><strong>Amor a toda prueba</strong></p>
<p>Ella era tuerta; él era rey. Se enamoraron ciegamente.<span id="more-63"></span></p>
<p> </p>
<p><strong>El éxtasis de Santa Teresa</strong></p>
<p>Es cierto, mis ojos están en blanco. Duros. De mármol. Cómo quisiera ver a Bernini y sentir el mejor de los flechazos.</p>
<p> </p>
<p><strong>Sísifa</strong></p>
<p><strong><br />
<span style="font-weight: normal;">El hombre carga a Sísifa hasta la cima de la montaña. Cuando llegan, él se jacta de su fuerza y grita al mundo entero su triunfo, mientras Sísifa se lanza al vacío y vuela, libre ya de la roca y del mito.</span></strong></p>
<p><strong></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Post scriptum<br />
<span style="font-size: x-small;"><span style="font-weight: normal;">Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.<br />
Alejandra Pizarnik</span></span></strong></p>
<p><strong><br />
<span style="font-weight: normal;">¿Qué significa escribir, sino entrar en la sangre?</span></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><span style="font-weight: normal;">¿Qué significa la palabra, sino el cuerpo de la sangre?</span></p>
<p><span style="font-weight: normal;">¿Qué significa decir, sino avivar la sangre?</span></p>
<p><span style="font-weight: normal;">¿Qué significa la sangre, sino una historia que recién comienza?</span></p>
<p> </p>
<p><strong></strong></p>
<p>__________________________________________________________________</p>
<p> </p>
<p class="MsoNormal"><img id="fullSizedImage" class="alignleft" style="float: left;" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/lelphick-2.jpg?t=1219263522" alt="lelphick-2.jpg picture by Laurenblog" /></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: center;">Lilian Elphick, escritora chilena (Santiago, 1959). Licenciada en literatura por la Universidad de Chile. Hizo cursos de especialización en New Cork (EUA). Ha publicado los libros de cuentos La última canción de Maggie Alcázar(1990) y El otro afuera (2002). Ese mismo año, su cuento &#8220;La gran ola&#8221; fue finalista en el Concurso de Cuentos Juan Rulfo (París, Francia). Sus cuentos han sido publicados en antologías y revistas chilenas y extranjeras, como &#8220;Juego de cuatro estaciones&#8221;, en Salidas de madre; &#8220;La pieza vacía&#8221; en Voces de Eros;&#8221;Los favores concedidos&#8221;, en Hielo (cuentos finalistas del concurso de cuentos Paula); &#8220;El otro afuera&#8221;, enCuentos chilenos contemporáneos 2000; &#8220;Felicidad en blanco y negro&#8221;, en Cuento hispanoamericano actual(selección de Reni Marchevska; Bulgaria, 2002), y &#8220;El viaje&#8221;, en Después del 11 de septiembre. Narrativa chilena actual (selección de Poli Délano, 2003). Actualmente se desempeña como presidenta de la Corporación Letras de Chile; dirige talleres literarios y es editora de cuento de la página literaria <a href="http://www.letrasdechile.cl/">Letras de Chile.</a> También ha sido libretista de televisión. Tiene un par de blogs excelentes: El Ojo crítico <a onclick="window.open('http://lilielphick.blogspot.com/','','');return false;" href="http://lilielphick.blogspot.com/">(ver aquí)</a> y el Ojo crítico II <a onclick="window.open('http://ojotraviesoii.blogspot.com/','','');return false;" href="http://ojotraviesoii.blogspot.com/">(ver aquí)</a></p>
<p class="MsoNormal"> </p>

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		<title>Carmén Yáñez, poeta chilena</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Feb 2008 15:02:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[autores chilenos]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>
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		<description><![CDATA[Nacida en Santiago en 1952, Carmen Yánez es una de las poetas chilenas más sobresalientes de la actualidad. Su poesía tiene una dulzura estremecedora que invita a la contemplación y fascina a todo aquel que haya nacido con cierta tendencia instintiva hacia la belleza. Su vida, como la de tantas escritoras legendarias, está llena de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nacida en Santiago en 1952, Carmen Yánez es una de las poetas chilenas más sobresalientes de la actualidad. <a href="http://bp1.blogger.com/_EEKiOotHyN8/R6cpkVuLd2I/AAAAAAAAAKg/59UVzb0Z0RM/s1600-h/Foto%25202%5B1%5D.JPG" rel="lightbox[12]"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5163141202086426466" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_EEKiOotHyN8/R6cpkVuLd2I/AAAAAAAAAKg/59UVzb0Z0RM/s320/Foto%25202%5B1%5D.JPG" border="0" alt="" /></a>Su poesía tiene una dulzura estremecedora que invita a la contemplación y fascina a todo aquel que haya nacido con cierta tendencia instintiva hacia la belleza.<br />
Su vida, como la de tantas escritoras legendarias, está llena de dolor, pero no exenta de felicidad. Ella, como Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva o María Teresa de León, vivió en carne propia uno de los episodios más terribles de la historia del siglo XX, razón por la cual debió exiliarse en Suecia desde 1981. En 1997 cambió su residencia a España. En Gijón, Asturias, encontró un paisaje que la fascinó y el regocijo de volver al más puro origen, que para ella, como para todo escritor auténtico, está en el idioma.<br />
Aunque había empezado a publicar en revistas desde Suecia no fue sino hasta 1998 cuando apareció su primer libro “Paisaje de Luna Fría”. Muy pronto su poemario fue traducido y editado en Italia. En el 2001 publica  “Habitata dalla memoria”.  Al  año siguiente recibe en España el prestigioso premio de poesía “Nicolás Guillén”. Su más reciente título “Alas del viento”, aparecido en el 2006 fue traducido en Francia por el Atelier de traduction d´espagnol de Saint Malo que Claude Couffon dirige en La Maison des poètes et des écrivains. Ese mismo año se publicó en Italia en edición bilingüe el libro “Tierra de Manzanas”.<br />
Desde hace poco más de una década forma parte del consejo de redacción de la revista del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Y es una de las mejores promotoras de la poesía que haya conocido jamás. Los recitales poéticos que organiza en Gijón todos los años durante el Salón del Libro tienen un éxito absoluto, porque Carmen, además del cuidado que pone en cada detalle, tiene el don de la armonía.  En un mundo que aparenta inclinarse cada vez más por lo corriente Carmen Yánez sobresale por ser una mujer extraordinaria.<br />
Queridos lectores, los invito a disfrutar los poemas que la misma autora envió para ustedes. No se sorprendan si sienten que en ellos se escucha un crujir de huesos, una ráfaga de lluvia, una ola que vuelve a estallar, porque la vida es una sola y sus palabras suenan claras y precisas en la voz de un verdadero poeta.</p>
<p><a href="http://bp2.blogger.com/_EEKiOotHyN8/R6cqMluLd4I/AAAAAAAAAKw/imKyuXso_08/s1600-h/Carmen%2520Yanez%5B1%5D.JPG" rel="lightbox[12]"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5163141893576161154" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_EEKiOotHyN8/R6cqMluLd4I/AAAAAAAAAKw/imKyuXso_08/s200/Carmen%2520Yanez%5B1%5D.JPG" border="0" alt="" /></a></p>
<p><strong><br />
Latitud de sueños</strong></p>
<p>Una está tranquila<br />
en un hotelito de Saint-Maló<br />
frente al mar, es decir, expuesta.<br />
El agua azul<br />
y de pronto golpea el Pacífico espléndido<br />
la brisa alimentada de eucaliptos<br />
a la orilla de un recuerdo indeleble<br />
donde moró la pequeña felicidad<br />
que sostiene vértebras de vida.<br />
¿Dónde tiene uno el mar que le pertenece para siempre?<br />
¿En que órgano se oculta después de tantos viajes?<br />
¿En qué víscera aúlla el animal de los recuerdos?<br />
La infancia que brota entre las olas<br />
desde la ventana de un exilio que nunca para de envolvernos<br />
con sus pequeñas manos ahora.<br />
Piedritas que juntaba y todo lo que fue posible<br />
en los bolsillos rotos.<br />
Una está tranquila<br />
caminando sobre la arena tan tangible,<br />
pero los zapatos se retrasan por el peso de la arena,<br />
¡Tanta vida  caminada!<br />
Aunque los pies quieran despegar del suelo<br />
confundirse con el azul.<br />
Y en el fondo uno sabe<br />
que todo es engaño<br />
el aquí y allá en el cuerpo.<br />
La única verdad es el dolor,<br />
la incisión molesta<br />
que ha hecho el filo de un guijarro en el zapato izquierdo<br />
el talón herido que impide a veces avanzar<br />
que va y viene<br />
como la ola que muerde<br />
a pesar de su belleza implacable.</p>
<p><strong>He vivido en una república y dos reinos</strong></p>
<p>Fui libre y vasalla,<br />
la calandria enjaulada y melancólica,<br />
las alas quebradas del viento.<br />
Trenes de humo sin estaciones donde apear.<br />
Órgano de lluvia desatada que ha golpeado<br />
el hormigón estéril.<br />
En mi república las cajitas nobles de mi fe primaria.<br />
En mis dos reinos un baúl pesado que arrastro todavía.</p>
<p><strong>Morada</strong></p>
<p>Se han ido todos;<br />
el bosque con su música de abetos,<br />
los hombres cargando sus sombras<br />
y sus perros.</p>
<p>Y eran de sueño los prismas de colores<br />
que dejaban tras de sí.</p>
<p>Se han ido todos.</p>
<p>Yo me quedo<br />
con un mínimo candil<br />
entre las manos.</p>
<p>De vez en cuando<br />
soy el árbol<br />
que apuesta sus raíces<br />
a la tierra.</p>
<p><strong>Proclama</strong></p>
<p>Yo estoy aquí<br />
para recordarles lo feo, lo mínimo.<br />
El cardo, la piedra, la espiga<br />
el guijarro, la hormiga,<br />
la carga.<br />
La doliente raíz<br />
que se ciñe a la vida<br />
espantada de muertes.<br />
El polvo que se atreve a levantarse,<br />
los pasos que se pierden<br />
y no vuelven,<br />
la mierda del perro<br />
—¡ah! por aquí pasó la vida<br />
y no se detuvo.<br />
La soledad de un zapato en la orilla<br />
de un viaje interminable.<br />
La roca gris que sostuvo el cansancio del caminante<br />
y el tonel de la desesperanza<br />
husmeando los rieles.<br />
Los huesos, sí, los mínimos huesos<br />
que escarban la memoria<br />
y despiertan a todos los pájaros<br />
de un grito.<br />
Yo recuerdo lo feo, la arruga,<br />
lo viejo, lo inútil,<br />
lo roto.<br />
Más allá se duele una  muralla<br />
con tres mil nombres<br />
sobre el silencio.<br />
El hueco de una fosa,<br />
la evidencia.<br />
El color de la tierra y sus estrías.</p>
<p><strong>Los árboles</strong></p>
<p>¿Qué es el poema escrito en la hoja blanca, sino el suspiro de un árbol<br />
que expiró hace ya tanto tiempo?<br />
¿Y qué de la palabra declamada, sino la voz del viento que pasó rozando<br />
el delirio de la boca?<br />
¿Y el libro cerrado en los anaqueles sino el paisaje ordenado de los árboles muertos?<br />
¿Y qué del libro abierto en el insomnio de la noche, sino los fantasmas del bosque que se han tomado la almohada en los desvelos?<br />
Y el libro perdido y olvidado, los hijos de los árboles abrasados por las llamas de la desmemoria.</p>

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