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El pasado mes de febrero apareció en las vitrinas de las librerías españolas una reedición de Amarilis, la primera novela del escritor mexicano Antonio Sarabia (México D.F., 1944). El libro fue publicado por la editorial Belacqva en su colección Verticales de Bolsillo, y se suma al excelente catálogo que el editor catalán Pere Sureda viene formando para esta editorial.
Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor por la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, el novelista español José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de “una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición” y añade: “en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte”.
Antonio Sarabia Estudió Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Iberoamericana de México, después de lo cual se dedicó a la radio y la publicidad. En 1981, con tenía treinta y siete años, decide viajar a Europa, para radicar en Paris, y dedicarse a la literatura de tiempo completo. Pero no sería hasta diez años más tarde cuando publicaría su primera novela: Amarilis (Norma, 1991). Desde entonces se ha destacado como uno de los grandes escritores de la moderna narrativa iberoamericana. Como dato curioso, y poco conocido, puedo decir que Amarilis, apesar de ser la primera novela publicada, es en realidad la segunda escrita por este autor, quien en 1988 fue finalista con El alba de la muerte, más tarde El Retorno del Paladín (Ediciones B, 2005), del Premio Diana Novedades.
En la carátula de la nueva edición, esta es la quinta en lengua española, podemos leer una frase de Álvaro Mutis que afirma “en Amarilis vuelve a inventarse la vida”. Yo sólo puedo añadir que esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.
Hoy, 9 de mayo de 2009 a las 20:00, la cita con Antonio Sarbia es en la Feria del Libro de Valladolid, durante el I Encuentro sobre Novela Histórica que se está desarrollando en la ciudad castellana. La mesa en la que participa esta noche se titula: La Imagen de la Literatura en la Novela Histórica. Además el autor mexicano ofrecerá una firma de libros.
Todo un capítulo en exclusiva para Inventario. Para leer más visite Los Convidados de Antonio Sarabia, y si lo que quiere realmente es disfrutar de la novela en toda su belleza pase por su librería favorita.
¿DONDE HA VISTO ANTES ESE LERDO CAMINAR DE OSO, ese rostro barbicerrado, esos ojos espantadizos? se pregunta Valsaín llegando a procurarse el desayuno cotidiano en su habitual hostería de la Puerta del Sol. El propietario del lugar, un valenciano de rostro cetrino, sonrisa zaina y maneras untosas, lo deja comer de mogollón, sin cobrarle un maravedí, a cambio de algunos pequeños servicios transportando fardos o moviendo cosas pesadas en el sótano. El se conforma con una tajada de letuario de naranja para asentar el estómago y un buen vaso de aguardiente: el perfecto tentempié matutino para resistir mejor las faenas del día. En realidad ahí no se puede ordenar gran cosa. El lugar es un bodegón de mala muerte, reconoce Valsaín, un verdadero registro de cherinoles, muy poco recomendable para godizos o gente honrada. Por eso le extraña ver esa figura desgarbada, tan manifiestamente fuera de sitio, que avanza sorteando incómoda los ruidosos parroquianos. Salta a la vista que no tiene nada que hacer ahí.
Su imagen le trae de súbito a la cabeza aquel bautizo al que asistió por casualidad semanas atrás, siguiendo a Lopillo por la calle de Atocha, tiempo después de su permanencia en los Desamparados. Ese godizo de mirar inquieto es el padre de la gardilla a quien llevaron a la pila con tanta pompa en San Sebastián, recuerda de pronto. Su esposa es la joven señora que la dio a luz, la amiga de Marcela del Carpio. Se precipita tras él con la oscura intención de prevenirlo, que no aparte la mano de la bolsa y se largue de ahí lo más pronto posible, va pensando advertirle, pero se detiene sin decir palabra al verlo sentarse en el rincón menos concurrido de la taberna, y entablar conversación en voz muy baja con dos individuos de temible catadura.
Toma asiento, como al azar, en la única mesa libre junto a ellos, y el godizo le dirige una mirada de infinita desconfianza. Los rufianes que lo acompañan se encogen de hombros. Es un estravo, dice uno, un mandria, un bobo, lo llama el otro sin concederle importancia. Valsaín finge no entender sus comentarios y ellos vuelven a concentrarse en su negocio. Son gente de fuera, observa mirándolos de reojo, nunca los había visto por los alrededores. Tienen la misma pinta de forajidos valencianos que el propietario del mesón. Pero a leguas se ve que éstos no son comendadores de bola ni bailicos, ladroncillos de poca monta, sino arriscados matarifes, cherinoles, de media sobre media, sombrero caído sobre el embozo, guantes descabezados, tizonas desmesuradas y filosos desmalladores asomando bajo las fajas. El godizo lleva el peso de la conversación y Valsaín oye mencionar en voz muy baja, en un susurro imperceptible para oídos menos agudos que los suyos, el nombre del farfaro poeta. Los dos jaques se miran entre sí con aire de duda. El esposo de la amiga de Marcela saca una taleguilla de piel de gato y deja caer varios juanes dorados sobre el tablón. Uno de los fuereños, que parece hablar también por su camarada, los rehúsa, colmilludo, con un remiso movimiento de cabeza. El hombrecillo vacía entonces el total del contenido de la bolsa volviéndola boca abajo frente a ellos. Las monedas relucen un instante contra la madera antes de que el rufo las haga desaparecer en su propia escarcela en señal de asentimiento. No hay nada más que decir. El godizo se pone en pie, ensaya un tímido ademán de estrechar una mano, sea para sellar el pacto o despedirse, pero los malhechores fingen no verlo y él se va sin añadir palabra.
El azar lo ha puesto al corriente de un complot para asesinar a Lope de Vega, piensa Valsaín. No le cabe la menor duda. Acaban de firmar la noche, la tristeza, la sentencia de muerte, del Fénix de los ingenios. No puede tratarse de otra cosa. Esos hombres no tienen más oficio que disponer de vidas ajenas, discurre, mientras ellos apuran sus barrosos de caramo, vino, dejan unos cuartos sobre la mesa y parten a su vez, desaparecen, confundiéndose entre los demás clientes del lugar. Valsaín permanece un rato inmóvil ante su tajada de letuario, sin animarse a tocarla. En su interior se debaten sentimientos contradictorios. Los jayanes y el godizo han convenido un plazo, fijado un límite, a la vida del farfaro poeta. El marido de la amiga de Marcela no es tan amigo del padre de Marcela. Hace un gesto de enfado resoplando sin convicción, como persuadiéndose a si mismo de que a él qué más le da. El cura no le merece respeto, ni simpatía, después de su pasada intransigencia hacia Lopillo. Y luego ya está viejo. La parca no dilatará en llevárselo de todos modos, tarde o temprano. No en balde, en su dialecto, llaman a la muerte “cierta”. Deja la taberna meditando lo que será de la vida de Lopillo cuando le falte el padre. Tal vez lo encierren de nuevo en los Desamparados y esta vez no habrá quien vaya a reclamarlo. A él, Valsaín, le vedarán el verlo y ya no podrán pasear como acostumbran por las calles de la villa. ¿Y Marcela? Si se llevan también a la niña ¿quién va a leerle a él tantas cosas admirables como escriben y venden los obnubilados?
De todos modos se siente incapaz de prevenirlos, de advertirles, de ir a contarles lo que pasa ya sea a ellos o a su padre. Hacerlo significaría traicionar a su gente, a la chanfaina, a su clan, a sus principios. ¿El, soplón?, ¿él, fuelle?, ¿él, abanico?, ¿él, cerbatana?, repite sin cesar, en voz alta, torturado por sus propios vocablos. Excepto por el de longares, cobarde, no concibe peor insulto en germanía que el de malsín, búho, delator, castañeta.
Esa tarde prescinde de su acostumbrada ronda por la calle de Francos. Teme no poder resistir la tentación de avisar a sus amigos y convertirse en traidor a su linaje. Esbata, esbata, calla, aguanta el canto, sujeta la lengua, la desosada, se vocifera a si mismo marchando por plazas y mercados sin poder alejar de la conciencia el crimen que está por cometerse, sino es que ya lo han concluido. Marcela y Lopillo son, ahora sí, huérfanos de padre y madre. Van a encerrarlos de nuevo en los Desamparados. Los golondrinos no le harán ningún caso, inútil exigirles que lo sigan para rescatar a sus amigos. No puede contar con ellos: son soldados de adorno, de juguete, de mentiras. Al caer la noche sus pasos lo traen de vuelta a las cercanías de la Puerta del Sol.
Ahí se topa otra vez con los granujas, triscadores, fanfarrones, que pasean arrogantes por la calle de la Montera. Valsaín se apacigua al encontrarlos: si hubieran liquidado a Lope de Vega, razona, no se verían tan tranquilos en la plaza. Andarían a caballo por el monte, muy lejos de la villa, galopando camino de su tierra.
Decide callar, sí, guardar silencio, sí, cerrar el pico, sí, pero no perderlos de vista. Acecharlos sin que lo noten hasta que se le ocurra una leva, una cifra, un ardid que le saque del aprieto. A él y a Marcela y a Lopillo y al cruel sacerdote que desgraciadamente les tocó por padre.
Los truhanes se retiran a dormir temprano en uno de los varios albergues de media con limpio de la misma calle de la Montera. Valsaín conoce el lugar por haber sorneado en él algunas heladas noches de invierno. Cuesta cuatro charneles, ocho maravedís, alquilar una ruinosa cama que se está obligado a compartir con cualquier otro huésped. Uno solicita siempre que lo pongan con quien se vea más aseado o parezca tener menos piojos, pulgas y costras de mugre; por eso se llama a esos lugares “de media con limpio”, aunque si los dos tunantes se acostaron en el mismo catre les habrá tocado por fuerza cama con sucio, deduce Valsaín.
Es extraño que dos enjibadores forasteros con la bolsa repleta de contentos, monedas de oro, se retiren a dormir en lugar de estilbar, beber, florear el naipe, o darse una vuelta por los prostíbulos de la calle del Luzón o la plaza del Alamillo, reflexiona instalándose de guardia frente al mesón, sin saber muy bien cuál es el mejor camino a seguir. Tal vez los cherinoles descansan, sornean, se reposan, porque saben que les espera una larga vigilia. Van a dar su golpe, a descornar su flor y después cabalgarán el resto de la noche piñando de vuelta a su caverna. Por otra parte, él puede estar errado en sus sospechas. A la muerte llaman cierta, pero no inminente, se dice alimentando una oscura esperanza.
Apenas pasadas las once los ve aparecer de nuevo a la puerta del lugar. No durmieron largo rato, reflexiona Valsaín remontando en pos de ellos la carrera de San Jerónimo, siguiéndolos sin ser visto hasta la calle del Lobo y observándolos introducirse sigilosos en la oscuridad del barrio donde habitan Marcela y Lopillo. Recoge un turrón en el camino, un sólido pedrusco del tamaño de su puño cerrado, y se lo guarda, por si acaso, entre los pliegues de la ropa.
Los dos facinerosos recorren la calle del Infante examinando las fachadas de las casas a la tenue luz de la luna. Se detienen al pasar frente a una de ellas, como si reconocieran unas señas particulares, y luego van a ocultarse entre las sombras de la esquina de la calle del León, cerrando el paso hacia la de Francos. Valsaín se hunde en las tinieblas del umbral de una puerta. No sabe lo que están haciendo ahí pero sospecha que su furtiva presencia, tan cerca de la casa de Lope de Vega, tiene que ver con la conversación que sorprendió esa misma mañana. Oye dar las doce en San Sebastián. El grave tañer de sus bronces se continúa aquí y allá por campanadas más o menos lejanas, ecos de otras iglesias de la villa. De pronto, como si ese dilatado repicar fuera una señal, una puerta se abre y se escuchan voces de gente que se despide. La tenue claridad del interior de la casa presta un breve resplandor a la calle aparentemente desierta. Valsaín no se atreve a asomar la cabeza para averiguar lo que sucede por temor a delatarse. La puerta se cierra con un rechinido y todo queda de nuevo envuelto en la sombra. Quien acaba de dejar la casa viene recto hacia él, desde su derecha, caminando en dirección a la calle de Francos. ¿Será el farfaro poeta? se pregunta conteniendo la respiración. Escucha a lo malandrines de su izquierda ponerse en movimiento, avanzan sin darse prisa, con calculada naturalidad, para no alertar a su víctima.
Los mira pasar junto a él disimulando bajo las capas las espadas desenvainadas, sin verlo, tan cerca que casi le rozan la barba. Valsaín levanta el puño armado de la piedra y lo deja caer como una maza de granito sobre la cabeza del más próximo hundiéndole el cráneo. El truhán cae hacia adelante sin exhalar un gemido. Nunca supo lo que le sucedió, piensa Valsaín mientras el restante salta a un lado, fuera del alcance de la sombra inesperada que emerge del vano de la puerta. El farfaro poeta capta en un santiamén lo serio del predicamento y recoge la espada que acaba de rodar a sus pies. El canalla sobreviviente parece bien habituado a esos lances porque, a pesar de su sorpresa y del compañero caído, reacciona con extremada sangre fría. Se pone en guardia girando sobre sí mismo para no dar la espalda a Valsaín, sin por eso perder de vista el acero que ya esgrime Lope de Vega. Sopesa las fuerzas de sus contrincantes. Se decide por atacar al que ve armado tratando de terminar rápido. Para eso le pagaron, colige Valsaín, es natural que intente desquitar el sueldo. El sacerdote resiste a pie firma la embestida con una serie de brillantes paradas que sorprenden a su adversario. No esperaba encontrarse con alguien tan diestro, piensa Valsaín compartiendo su estupefacción. Quién hubiera dicho que el farfaro poeta era un auténtico travo, un temible espadachín a quien el tiempo no ha disminuido la vista ni debilitado la muñeca. El bribón retrocede unos pasos, como para considerar con admiración al hombre que tiene enfrente. Lope de Vega, a pesar de embarazarle la sotana, aprovecha el momento para arremeter con violencia contra su agresor. Valsaín se entusiasma con el chocar de las filosas y las chispas de los chincharrazos. El rufián se defiende como puede, perdiendo terreno a ojos vista, avasallado por la clara superioridad de su oponente. Lope se tira de improviso a fondo y Valsaín escucha una sorda maldición. El hombre se echa hacia atrás con el brazo encogido, tocado, y luego deja caer la espada como un engorro inútil para salir huyendo a toda carrera rumbo a la calle del Lobo.
Ninguno hace el intento de seguirlo. Lope se inclina junto al caído buscando señales de vida. Está bien vasido, muerto, decide Valsaín sin acercarse: después de una turronada como esa no hay más que plantarlo en el cementerio. Da media vuelta y se aleja sin decir palabra. Se va con la conciencia tranquila. Marcela y Lopillo no quedarán huérfanos, no pasarán por las mismas penurias que él tuvo que sufrir de niño. Tampoco se vio obligado a traicionar a su gente. Jamás soplón, jamás abanico, nunca cerbatana. Antes de doblar la esquina en la calle del León se vuelve a ver si Lope de Vega prosigue sin sobresaltos el camino a su casa. Cree distinguir al farfaro poeta de rodillas todavía junto al cadáver del desconocido, muerto inconfeso, rezando tal vez una jaculatoria por el eterno descanso de su alma.
Fragmento de Amarilis, de Antonio Sarabia
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En el marco de la 42 Feria del Libro de Valladolid (España) se está desarrollando en estos días el I Encuentro Internacional sobre Novela Histórica coordinado por el profesor Carlos García Gual. Desde el pasado día 7 y hasta el próximo domingo 10 de mayo, Valladolid recibe a los más actuales y destacados escritores del género: Carmen Posadas, Carmen Riera, Gisbert Haefs, Antonio Sarabia y Alfonso Mateo-Sagasta, entre otros.
Mañana 8 de mayo a las 20:00, en el recinto de la feria de Valladolid, Antonio Sarabia, participará en una mesa titulada: La imagen de la literatura en la novela histórica. Lo acompañan Alfonso Matteo-Sagasta y Martín Domínguez, la presentación estará a cargo de Luis García Jambrina. Aquellos que se encuentren en Valladolid no deben perder la oportunidad de escuchar a este destacadísimo grupo de escritores.
Antonio Sarabia (México, 1944) es de los autores latinoamericanos que más han destacado en este género. Su novel Amarilis (Verticales de bolsillo, 2009) es, desde su primera edición en 1991, una obra de referencia en el mundo literario de lengua española. La última novela de este autor mexicano radicado en Portugal se titula Troya al atardecer (Belaqva, 2007). Con esta obra ganó el año pasado el Premio Internacional Espartaco a la mejor novela histórica editada en el 2007.
Alfonso Mateo-Sagasta (España, 1960) es autor de tres novelas históricas: El olor de las especies (2002), Ladrones de tinta (2004) y El gabinete de las maravillas (2006), estas dos últimas galardonadas con el Premio Espartaco en 2005 y 2007 respectivamente. Este año publicó, Las Caras del tigre, una novela que partiendo de una investigación científica desemboca en una trama policiaca con una revelación sobrecogedora.
Martín Domínguez (España, 1966) ha publicado varias del género histórico, entre ellas destacan: El regreso de Voltaire, premio Josep Pla 2007; Las confidencias del conde Buffon, premio Crexells, Andrómina y de la Crítica de la Universidad de Valencia y El secreto de Goethe, premio prudenci Bertrana y la Crítica de la Universidad de la Valencia.
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Al poeta Ramón Peralta (México, 1972) lo conocí a mediados de abril de 2005 en el Centro Cultural Pirámide en el D.F. durante una lectura que organizó para mí Jocelin Pantoja. Aquella lectura marcaba justamente el final de mi Beca de Residencia Artística en México, mi regreso a Colombia y mi inminente traslado a España. Esa noche intercambié un par de palabras con Ramón y después no volví a tener noticias suyas. Hasta que un día a principios del año pasado recibí un correo electrónico con la noticia de una visita de Ramón a Lisboa. Me dio muchísimo gusto saberlo y de inmediato le propuse que nos reuniéramos. Para mi sorpresa Ramón había llegado a Lisboa con la intención de quedarse y aquí está viviendo desde hace más de un año. En esta ciudad mágica él comparte su vida con Ana, una chica española bellísima e inteligente (la autora de la foto de Ramón que ven más arriba). Es un escritor afortunado. En Lisboa está escribiendo sus libros de poesía y también una novela. A veces le digo a Ramón que Antonio, él y yo formamos la semilla de un nuevo grupo de escritores hispanoamericanos que crece en Lisboa. Nuestros amigos novelistas, la cubana Karla Suárez y el español José Manuel Fajardo, también piensan mudarse muy pronto acá. “Alguna vez se hablará del grupo de Lisboa”, bromeo. Él se ríe. Fuera de bromas, es un placer contar con la amistad de colegas que han elegido Portugal como su casa.
Los poemas de Ramón Peralta son inéditos, una colaboración especial para Inventario.
INSTANTÁNEAS
(algunos fragmentos)
Un martes de lluvia – un martes de lluvia y viento – un martes de lluvia viento y sol – un martes sin sol – un martes de sol y viento – un martes por la noche – por la mañana – por la tarde – nos vemos – caminanos – un martes – después de la comida – en un martes nublado – después de que los niños salgan a la escuela – en un martes – todos los martes – en una tarde – nos vemos – caminamos. Un becerro bala al oler la sangre de sus compañeras. Gira la cabeza que se le escapa por momentos al hombre que la sostiene. Mira el horizonte, no encuentra nada en que detenerse. Sigue oliendo la sangre, sus patas traseras tiemblan, bailan, se doblan.
Recordemos un automóvil es una partícula, el golpe de un boxeador es una fuerza, el espacio entre el núcleo atómico y los electrones es vacío. Una ola es una onda. El horizonte, las emociones y los recuerdos son producidos por el mismo efecto cuando lanzamos una piedra al estanque y se forman pequeñas ondas hasta la orilla recorriendo la totalidad de la superficie. En el pueblo, una puerta amarilla, un campo de cebollas. Un retrato con la cara llena de miedo. El hombre recostado, enfermo, apenas se le veían los ojos. Ellos trataban de verse en el espejo. Siempre los desconocidos, los que salen en las fotos y sonríen. El granjero con su perro, un galgo. Ambos, no sé por qué, tienen los mismos ojos. Se tapó la mitad de su rostro, en lugar de su ojo, quedó su anillo. el relámpago verde de los loros. Mis cabellos eran nubes extendidas, como si fueran llamas, grandes llamas blancas. La preocupación son las manos en el rostro. Un tiburón en el puesto del mercado. La luna llena sobre un grupo de nubes. Soñé la milpa tupida, alta y por encima dorada. El sonido del anuncio rojo de lámina al soplar el viento. Esa luz que atrae a los insectos.
FOTOSÍNTESIS
(primeros fragmentos)
Acércate a la ventana, ahí la luz cruza libremente, guarda el principio universal, la velocidad de un meteoro; hace visible cualquier superficie y dibuja tu rostro.
El obturador te deja descender. Nos ofrece la posibilidad de registrar fenómenos fugaces. Tu cuerpo presenta los detalles. El cielo es una furia, se reproduce con un color más fuerte y queda el sol nítido. (El sol todo dibuja al tocar sus remos)
Observa el después, parece una coincidencia que estemos presentes en algo que pasó volando por un mausoleo y se detuvo celeste, más adelante, en una rama.
A esto después le llamarán fotografía:

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ese algo que usted vio y ahora recuerda.
No subiremos el diafragma, esa es mi última voluntad, estoy seguro, seremos héroes. Voy a decírselo una sola vez, la pared será una sombrilla porque el sol es un Niágara y toca tu frente.
Entre nosotros no hay nada, salvo lo que ocurre cuando nos observamos. Arrastramos la iluminación perfecta, el gato duerme para no olvidar la casa. Salta del obturador un ruido principal, es el mismo de una máquina de escribir. El destino es el mismo para todos. La fuente proviene de un flash electrónico con paraguas a unos 65 centímetros arriba de mi hombro. Luego, el borde de un destello regresó todo, regresa todo a mis ojos, la soledad de una estación de trenes quedó impresa, y tú con la paciencia de la hierba.
Durante muchos años te robo en una cita, en un instante, concreto y aislado. La foto es una frase para que no desaparezcas. Mira el encuadre, deja de tocarte en el espejo, un retrato no es una semejanza. No te preocupes la garganta, ya casi termino el rollo; listo, tu cuerpo revuelto sobrevivirá al tiempo. Una máquina lo copió, eso es lo que importa en el castillo en un día de verano.
1.- El obturador te deja encender en todos esos colores, en todas esas líneas y en la forma te captura, te comparte, te lleva a otra tierra.
2.- No necesitamos saber más palabras, aquí el cuerpo petrificado es bello, sin doble intención; colgado de una abeja ignora el silencio que le rodea.
3.- Ayer eras el átomo de una mesera atenta. No quiero describir en realidad como eres. Hoy entras a las seis. Con la blusa limpia caminas por la calle y nada se detiene en tu ombligo, por eso la punta de la belleza es efímera por eso Nadar, Julia Margaret Cameron, y los ojos los tenemos atentos, indecisos a tu cintura que duerme, a las ruinas que llevas por delante y el piso encerado crea una visión que no le importa Pistolletto.
5.- Anotemos las impresiones.
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Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616) murió el 23 de abril de hace trecientos noventa y tres años. Una manera de rendirle homenaje es reproducir una breve semblanza novelístico-biográfica suya extraída de la novela Amarilis, del escritor mexicano Antonio Sarabia, que Belacqva publicó recientemente en su colección Verticales de bolsillo. La foto que pueden apreciar en el margen izquierdo la tomé yo misma en México durante una lectura de poetas Infra, grupo al que perteneciera el hoy célebre Roberto Bolaños. Con ella gané un premio de fotografía convocado por Caja Madrid de España en 2005.
Le hice a Antonio varias preguntas relacionadas con el capítulo dedicado en su novela a Cervantes. Para los lectores esta corta entrevista es una buena introducción.
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Lauren: tu novela Amarilis trata sobre los últimos años de Lope de Vega. ¿Cómo se relaciona su vida con la de Cervantes?
Antonio: el texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habitó los últimos años de su vida la calle de León, que en justicia debería llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega residía y que, por esa razón, debería llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope.

Lauren: es muy curioso este tema referido al Madrid de los Austrias, actual corazón de la ciudad, ya que, como dices, algunos nombres de calles no corresponden a los que en justicia deberían llevar.
Antonio: sí, y ya que estamos en ello, hay que añadir que la imprecisión y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio no es su única injusticia: casi frente a la aún en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, aún llamada del Niño Jesús, hay una placa alusiva que señala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna mención a don Luis de Góngora y Argote, quien vivió también en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a Córdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez años más tarde. Se marchó porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divertía contar que para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quemó como pastillas Garcilazos.
Lauren: se dice que el novelista es hasta cierto punto cada uno de sus personajes. ¿En Amarilis cómo te identificas con ellos?
Antonio: volviendo a don Miguel de Cervantes, el hecho de que viviera sus últimos días “a la vuelta”, diríamos en México, de la casa de Lope de Vega, da pie, como explicaba al principio, a sus esporádicos encuentros con Marcela y Lopillo y al afecto y admiración que despierta en el hijo menor del Fénix de los Ingenios. Una admiración que no es sino una réplica de la que le profeso yo mismo, opinaría Flaubert, pero que juega un papel importante en la vida del personaje y se mantiene invariable hasta el final de la novela.
Lauren: Antonio, muchas gracias por responder a mis preguntas y por permitirme transcribir para los lectores de Inventario, el primer capítulo de la parte tercera de tu novela Amarilis.
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A la pequeña hija de Lope de Vega, Marcela del Carpio, le mortifica tener que visitar a Marta de Nevares en su domicilio de la calle del Infante. Es cierto que experimenta una afectuosa devoción por la joven protegida de su padre y que ambas casas están apenas separadas por unos doscientos pasos, pero a Marcela el camino le parece largo y lóbrego. La estrechez de la calle donde Marta vive, y la altura de la exigua docena de casas que la componen, la vuelve tenebrosa, húmeda, sombría, inaccesible al menor rayo de sol.
A ella lo que le encantaría es detenerse, como en otras felices ocasiones, a mitad del camino; justo al final de la calle de Francos, donde hace esquina con la calle del León, en la morada de aquel viejo soldado, inválido de la mano izquierda, que tantas veces le había obsequiado refrescos y golosinas antes de morir varios meses atrás.
Ella y su hermano Lopillo lo conocieron por casualidad, un día como otros tantos en que vagaban sin rumbo por el vecindario. Él estaba a la puerta de su casa y los invitó a pasar. Los hijos de Micaéla de Luján, observó con una sonrisa afable, como si los recordara de tiempo atrás. Les contó que había sido amigo de su padre en una época en que también a él le dio por surtir con sus escritos los corrales de comedias, y hasta estuvieron medio emparentados a través de doña Isabel de Urbina, la dama con quien su padre contrajo primeras nupcias muchos años antes de que ellos nacieran. Pero donde llegaba Lope de Vega no cabía nadie más, les confesó con genuina admiración, sin sombra de resentimiento. Todos los farsantes y cómicos del reino se disputaban sus escritos; no querían saber de nada que no viniera de las manos mismas del Fénix de los ingenios. Él decidió entonces dedicar su pluma a otros menesteres, donde no entrara en competencia con aquella tempestad creadora, con aquel monstruo de la naturaleza, como le llamó una vez en un encendido encomio, y se puso a escribir novelas. Fue el primero en hacerlo en castellano, porque las que hasta entonces existían en nuestra lengua eran traducciones de algún otro idioma. Ahí, en esa labor, Dios, con su infinita bondad, le concedió el renombre y el prestigio que antes le había negado en las comedias.
A partir de aquella primera mañana, Marcela y Lopillo comenzaron a frecuentar al anciano baldado en su plácida y aseada vivienda, sin saber que serían los compañeros de sus últimos días. Una vez le mencionaron el nombre a su padre y éste, al oírlo, respondió con un despectivo enarcamiento de cejas. No tenía ningún interés en Miguel de Cervantes Saavedra. A ellos, en cambio, les encantaba escuchar sus historias. Ella se estremecía de placer con las divertidas aventuras de aquel caballero loco, protagonista de uno de sus libros, que recorría los llanos de la Mancha acompañado de un ocurrente labrador que le servía de escudero. El desdichado orate embestía molinos de viento que tomaba por gigantes y socorría fregonas que imaginaba princesas en desgracia. Lopillo, en cambio, se interesaba más por los hechos de armas y la historia. Seguía fascinado la detallada relación de batallas navales en un mar que aún no le era dado conocer. El buen viejo les contó una vez que, habiendo sido soldado en su juventud, participó en la más gloriosa expedición militar de la Armada Invencible y hasta había sido cautivo de los moros.
Marcela recuerda las mejillas encendidas de su hermano y su mirada extraviada en aquel horizonte azul y humo al que lo acercaban las palabras del antiguo soldado. Caída Nicosia y sitiada Famagusta, último baluarte de la cristiandad en la isla de Chipre, la flota turca se había adueñado del mar Jónico. Sus navíos asolaban las costas de Italia, aterrorizando a sus moradores con frecuentes desembarcos. Los infieles arrasaban con pueblos y aldeas tomando como botín a sus habitantes. Miles de mujeres, hombres y niños, eran cargados de cadenas y vendidos como esclavos. Los más fuertes terminaban remando en las galeras, las mujeres y los niños distrayendo a los bajás en sus harems.lepanto5.jpg picture by antoniosarabia
Indignados por tan tristes acontecimientos, los reyes de la cristiandad, persuadidos por su santidad el papa Pío Quinto, formaron una alianza para combatir al turco. Reunieron entre todos una armada de más de doscientas galeras, reforzada con media docena de galeones de alto bordo, que pusieron bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos Quinto y medio hermano de su majestad Felipe Segundo, a quien Dios tenga en su gloria. Al enterarse de los preparativos cristianos, la flota turca se replegó hacia el golfo de Patras, echando anclas en las tranquilas aguas del puerto de Lepanto. Hasta ahí fue a buscarla ese rayo de la guerra, Don Juan de Austria, quien no temía desafiar a la fiera en su cubil.
El hombre cerraba los ojos como para recordar mejor, y describir a Lopillo, las galeras cristianas alineadas en la rada de Mesina antes de la batalla, los cánticos solemnes durante la santa misa, y la figura del nuncio Papal enhiesto en lo alto de un bergantín, bendiciéndoles al salir de la bahía. Al niño le brillaban los ojos al imaginar, recuerda su hermana, los pabellones venecianos, genoveses, malteses, españoles y austríacos ondeando al aire en las puntas de los mástiles, mientras la flota cristiana se desplazaba por las azules aguas del golfo de Tarento, atravesando luego entre las verdes colinas del estrecho de Otranto y haciendo un alto en Corfú para informarse del paradero y la potencia de la armada turca: aquellos evasivos trescientos barcos de guerra musulmanes, orgullo de los astilleros del Bósforo, los Dardanelos y el Mar Negro.
Durante su siguiente escala, anclados por la tarde frente a la isla de Cefalonia, los cristianos recibieron las desgraciadas nuevas sobre la caída de Famagusta. Todos los defensores de la plaza habían sido pasados a cuchillo y a su gobernador lo despellejaron vivo. Supieron además que los infieles estaban al tanto de los movimientos de la flota que se acercaba, conocían sus efectivos y se preparaban para un combate decisivo. Todos los guerreros integrantes de las guarniciones costeras habían sido retirados de sus fortines para congregarse a bordo de la armada Otomana.
Al amanecer del domingo 7 de octubre de 1571 aparecieron las primeras velas turcas. Venían saliendo de Lepanto, viento en popa, desplegándose por toda la bahía. Una galera turca disparó un lejano cañonazo en son de reto y la nave capitana respondió aceptando el desafío. Don Juan de Austria hizo maniobrar sus veleros de manera que la flota de reserva quedara oculta a la vista del enemigo, y comenzó a recorrer las hileras de bajeles a bordo de una rápida fragata arengando a sus soldados y prometiendo la libertad a sus galeotes si ganaban la batalla. De vuelta en la nave capitana hizo enarbolar un enorme crucifijo junto al estandarte de la liga al tiempo que todos se postraban de rodillas para recibir la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria de los enviados del Papa.Lepanto2.jpg picture by antoniosarabia
Al filo del mediodía, cuando las dos flotas se encontraron por fin a tiro de cañón, el redoblar de cajas y tambores y los alaridos de los guerreros animándose al combate llenaban el ambiente con un estrépito ensordecedor. Los turcos atacaron primero, tratando de introducir sus ligeras embarcaciones entre las más pesadas que don Juan había colocado en primera línea de batalla. Los certeros cañonazos españoles causaban enormes bajas en el centro de la escuadra musulmana mientras en el flanco izquierdo Agostino Barbariego hacía maniobrar las galeras venecianas para encajonar el ala enemiga entre sus cañones y los bancos de arena de la costa. El ala derecha, en cambio, empezó a ceder ante el empuje de Uluj Alí, virrey de Argel. Los malteses luchaban en inferioridad numérica contra los corsarios berberiscos hasta que el almirante genovés Juan Andrea Doria, que se había mantenido algo alejado de la lucha, se acercó comandando los refuerzos.
El anciano hizo una pausa, sonriendo bondadoso ante los ojos embobados de Lopillo. ¿Y él? preguntó el niño; ¿él? continuó la voz grave, él iba en la Marquesa, una nave capitaneada por el valeroso Don Francisco de San Pedro. Al aproximarse se dieron cuenta de que el barco insignia de los Malteses sucumbía ante el vigor de los enemigos de la cruz y acudieron en su ayuda. El tronar de los cañones y el fragor de las culebrinas se aunaba a los zumbidos de las flechas, al seco estrépito de los arcabuces y a los alaridos de odio, dolor y rabia de los combatientes. El olor a humo y pólvora se mezclaba con el del mar y la sangre para enardecer los sentidos. Él era entonces más joven, poseía la audacia, la temeridad, que sólo es posible desplegar en esa primera juventud. Tal vez por eso le habían confiado el mando de una compañía de doce hombres. A pesar de encontrarse enfermo con fiebres altísimas, se levantó del lecho para subir a cubierta y ponerse al frente de sus soldados. Quería darles ejemplo de valor abordando primero a los infieles. Cuando los tuvieron a su alcance saltó espada en mano a la galera musulmana para batirse con los moros. ¿Qué pasó después? Él sólo recuerda el final de la lucha. Se ve a sí mismo lleno de heridas, con dos arcabuzazos en el pecho y el brazo izquierdo para siempre inutilizado, teñido de rojo de pies a cabeza, convertido él mismo en una enorme mancha de sangre en la que la propia se confundía con la de sus enemigos.
Ya no alcanzó a ver a la nave capitana asaltando la galera real de los infieles ni a los tercios españoles acuchillarse con los jenízaros que la defendían; no vio al generalísimo turco caer herido de un arcabuzazo ni al humilde galeote a quien habían quitado esa mañana los grilletes erguirse como ángel vengador sobre su cuerpo indefenso y cortarle la cabeza. Escuchó en cambio el atronador alarido de victoria que siguió al suceso y contempló arriarse el pabellón del profeta del bajel que acaudillaba a los infieles.
El propio don Juan de Austria lo felicitó después de la batalla y le aumentó la paga a cuatro ducados. A partir de aquel momento el mundo pareció sonreírle. Fue más tarde, cuando volvía lleno de ilusiones a su patria, bordeando la costa de Francia, que le salieron al paso dos galeotas de piratas turcos, lo tomaron prisionero y lo vendieron como esclavo ¿Cuánto tiempo duró cautivo de los moros? preguntó Lopillo con los enormes ojos abiertos, ansiosos, apenados, interrogantes, recogiendo el casual encogimiento de hombros con el que el anciano quiso restar importancia a su desventura. Varios años. Varios siglos más bien, replicó el niño, que conocía de oídas los trabajos y tormentos que los infieles imponen a sus prisioneros. ¿Hizo algún intento de escapar? Muchos, respondió el viejo sin poder evitar un relámpago de orgullo que iluminó un instante sus cansadas facciones, pero fue capturado una y otra vez hasta que una orden religiosa, la de la Santísima Trinidad, apiadándose de sus miserias, pagó el rescate que los infieles exigían para ponerlo en libertad.
A pesar de la fama que les dijo haber alcanzado en vida no tuvo mucha compañía a la hora de su muerte. Marcela y su hermano siguieron a distancia el magro cortejo fúnebre, sin acercarse demasiado por temor a las severas barbas y espejuelos de los contados asistentes. La esposa y la sobrina del noble viejo, enlutadas y llorosas, encabezaban la procesión. No tuvieron que caminar mucho para llegar al vecino convento de las monjas Trinitarias donde las buenas hermanas acogieron los restos del anciano para darles sepultura. Lopillo, recuerda Marcela, marchó todo el tiempo con el rostro bajo y los ojos llorosos. Luego se quedó prendido a las rejas de la entrada hasta que salió el último de los asistentes. Al volver a casa aprovechó la primera ocasión que se le presentó para hacer rabiar a su padre, cosa que éste le hizo pagar con la consabida azotaína. Él la aguantó a pie firme, con los labios apretados y los ojos secos, chispeantes de soberbia. En ese momento, Marcela tuvo por primera vez la intuición de que lo que más irritaba a su hermano era la sotana de su padre. Él hubiera preferido ser el hijo de un soldado, de un héroe de la guerra como el que acababa de acompañar a la tumba.
Antonio Sarabia (Fragmento de Amarilis, Verticales de Bolsillo, 2009)
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Me encanta leer diarios y correspondencias de escritores. Asomarme a la vida privada y “real” de aquellos que viven de, y para, la invención de otros mundos. Algunas veces, la historia el autor llega a parecerme más interesante que sus propios libros. Recuerdo, por ejemplo, que al leer las cartas que intercambiaron Scott Fitzgeral y su mujer Zelda entre 1919 y 1940 (Grijalbo Mondadori, 1994), me encontré con una historia muy superior a todas las novelas o cuentos escritos por ninguno de los dos. La verdadera gran novela, a ratos demasiado dolorosa, la escribieron a cuatro manos. La correspondencia se interrumpió trágicamente porque Zelda murió en el hospital Psiquiátrico Highland, durante un incendio que, se ha insinuado, pudo haber provocado ella misma y en el que perdieron la vida nueve mujeres en total.
Otro libro maravilloso que les recomiendo leer es el que recoge las Cartas Poéticas e íntimas de Emily Dickinson (Grijalbo mondadori, 1996). En ellas es imposible distinguir la distancia entre la autora y la persona. Nadie como la pequeña de Amherst supo ser en su vida una absoluta unidad. Sus cartas tienen tanto interés como su poesía y fascinan del mismo modo.
El año pasado la revista francesa Belles Latinas, le pidió a varios escritores latinoamericanos que escribieran una narración autobiográfica con el tema Un día en la vida de… En exclusiva para Inventario tengo la primicia de compartir con ustedes un día en la vida del escritor mexicano Antonio Sarabia. El título de su narración es un homenaje a J.D. Salinger, y a su cuento Un día perfecto para el pez banana. La foto del pez luna, junto a Antono Sarabia, la tomó Daniel Mordsinsli.
UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ LUNA
Hace unos días, cansado de libretas, lápices y ordenadores, acudí a refugiarme al oceanario de Lisboa. A veces me sosiega entrar ahí, me ayuda a pensar. Me encanta introducirme en su fresca penumbra donde la luz proviene del inmenso tanque central reputado como el más grande de Europa y, después de recorrerlo un rato, sentarme a meditar en algún recoveco donde impere la quietud y el silencio. Me siento bien acompañado junto a los versos de Sofía de Mello intercalados a trechos en los amplios corredores que miran al colosal y redondo acuario. Un océano diminuto al que hay que contornar varias veces desde distintos niveles para apreciarlo por entero. Se diría que la placidez y la calma se proyectan hacia nosotros desde la dilatada pecera donde se desplazan con desmayada lentitud numerosos bancos de peces, de distintos tamaños, formas y colores. Yo me dejo seducir por la paz de sus serenos movimientos. Sigo con la vista la gran variedad de tiburones y las enormes mantarrayas aleteando mansamente hacia ninguna parte. Todos flotan leves en esa etérea transparencia en la que la gravedad parece perder toda importancia.
Las variaciones en la temperatura del agua favorecen la creación de distintos ambientes marinos permitiendo así las concentraciones de diversas especies en puntos opuestos del gigantesco embalse. Según la altura y el ángulo en que me encuentre, o el rincón desde el que mire, puedo apreciar las diversas formas de la vida oceánica. Desde las siniestras morenas exhibiendo sus feroces mandíbulas dentadas y las anguilas serpenteando entre las rocas hasta las rayas color arena con el aguijón extendido, inmóviles, camuflándose entre las piedras y corales del fondo.
Entre todos esos seres admirables sobresale la descomunal silueta del pez luna. El único ejemplar de su especie que posee el acuario. Yo lo veo como un pavoroso engendro antediluviano. Me es imposible encontrarle forma de pez, o de luna, a pesar de su blancura. Me parece más bien un lento y amorfo meteorito que atraviesa la inmensa pecera con la pesada majestad de un pálido y rugoso satélite acuático. Él es el emperador del estanque. Su enorme tamaño le hace reinar sin disputa sobre los demás habitantes a quienes parece observar con su enorme ojo fijo, igual a la claraboya de un deforme Nautilus que explorara indiferente su entorno.
Su pausado orbitar me perturba y fascina. ¿A dónde va durante ese constante ir y venir por la pecera? ¿No lo imito yo, no lo imitamos todos nosotros, en nuestro constante gravitar por el mundo? Peces extraviados en un oceanario más amplio, persiguiendo ya no se qué absurdos empeños, dando vueltas y más vueltas para retornar tarde o temprano al punto de partida: el umbroso corredor espiral con los versos de Sofía de Mello grabados en sus muros.
Esta última vez el pez luna, como si leyera mi mente, acercó de pronto su monstruosa cabeza a la vidriera. Se habría dicho que el espectador era él y asomaba lleno de curiosidad a esa otra vida que se extendía en el pasillo. Clavó en mí su repulsivo e insolente ojo negro y me sentí descubierto. ¿Sería esa la primera vez que me observaba o, habiéndome advertido durante mis anteriores visitas, se aproximaba ahora para contemplarme de cerca? ¿Qué pensaría de mi figura torpe, desmedrada, sin aerodinamismo y sin aletas que se mueve sin gracia a ras del suelo? ¿Qué historias se figuraría de mi existencia? ¿Le parecería yo más feo y repelente que él mismo?
Al cabo de unos instantes en los que permanecí paralizado de horror, se dio media vuelta y, mostrándome con desdén su aleta dorsal, prosiguió su interrumpido merodear por la pecera.
Ya no le seguí con la vista. Me apresuré fuera del acuario y no he vuelto a entrar desde entonces. Salí al sol de Lisboa y, bien instalado en su luz, me alejé a toda prisa hacia el cálido y hospitalario ambiente del Farta Brutos, mi restaurante favorito en Bairro Alto. Allí aplaqué mis angustias existenciales pidiendo al amigo Oliveira, el bonachón propietario, que me sirviera sin mayores dilaciones un buen rodaballo a la plancha.
Antonio Sarabia
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“Yo no escribo habitualmente de política pero esta noche no puedo, ni me siento dispuesto, a cerrar más los ojos a la catástrofe en el medio oriente. Esa inhumana masacre en la que la muerte de cientos, tal vez pronto más de un millar de civiles cercados en una angosta franja de tierra igual que en una ratonera, se utiliza como baza adicional en el imperdonable juego de fanatismo y poder antagónicos, la inevitable pérdida de unos cuantos peones prescindibles en el siniestro ajedrez de la muerte.” Así empieza la lúcida reflexión de Antonio Sarabia publicada esta semana en su blog, Los Convidados. Una entrada polémica que nos ayudará a ver la actualidad del conflicto con otros ojos. Léala completa en LA FRANJA DE GAZA, Y BERTOLT BRECHT
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A principios del mes de febrero aparecerá en las vitrinas de las librerías españolas la novela de Antonio Sarabia, Amarilis, publicada por la Editorial Belaqva/La Otra Orilla en su colección Verticales de Bolsillo. Amarilis es un fresco del Siglo de Oro Español que narra los últimos años en la vida de Lope de Vega y su postrer amor con la bellísima Marta de Nevares Santoyo, a quien el poeta bautizó con el sobrenombre que da título al libro. De esta obra, José Manuel Fajardo ha escrito que se trata de “una gran novela que acierta a reconciliar la modernidad con la tradición” y añade: “en este libro, en vez de dejarse aplastar por la monumental figura de Lope de Vega, Sarabia sabe poner al clásico de su parte”. En la carátula de la nueva edición, ya cuenta con otras cuatro, hay también una frase de Álvaro Mutis que afirma “en Amarilis vuelve a inventarse la vida”. Como un anticipo para los lectores del blog le he pedido a Antonio autorización para publicar un par de páginas. Esta es una novela para volver a enamorarse de la poesía con una de las mejores prosas de nuestra lengua.
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Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid, España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone el llamado barroco español.Una forma de vida, de ser, de vivir, de creer y hasta de hablar, afirma Antonio Carreño en su prólogo a las Rimas humanas y otros versos (Crítica, 1998), comprendida bajo el más pretencioso término de Siglo de Oro.
Hijo de un diestro bordador de casullas y frontales que llegó a coser para la reina, la vida de Lope transcurre en plena España de los Austrias, desde el reinado de Felipe II hasta el de Felipe IV. Para leer el resto de esta entrada visite Los Convidados el blog de Antonio Sarabia (aquí)
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Ayer estuvimos de fiesta por el lanzamiento en portugués de la última novela de Antonio Sarabia: Tróia ao entardecer. El libro, que desde hace una semana está en las librerías portuguesas, se presentó anoche en el café de la Fnac de Chiado, el mítico barrio de Pessoa. Marta Ramires, editora de Casa das letras, dio la bienvenida en nombre de la editorial y le cedió la palabra al escritor chileno Luis Sepúlveda. Luis, gran amigo de Antonio, nos entretuvo con anécdotas de su ya larga amistad y presentó a Antonio como uno de los grandes nombres de la literatura latinoamericana. Anoche, en Lisboa, Luis recordó aquella época, a fines de los noventas, cuando ambos vivían en Paris y se sentaban junto a la tumba de Julio Cortázar a fumar y conversar. Antonio encendía su pipa y Luis dos cigarrillos: uno para él, claro, y el otro para Julio que colocaba en un entrecijo de la tumba. Cuando el cigarro de Julio Cortázar se consumía los dos escritores salían al boulevard Montparnasse dispuestos a continuar la charla en un café. No era raro que terminaran la noche cantando rancheras y corridos en la Closerie des Lilas. En más de una ocasión les pasaron la cuenta sin que la pidieran, comentó Luis en tono de complicidad. (más…)
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Hoy jueves 16 de octubre Los Convidados, el blog del escritor mexicano Antonio Sarabia, celebra su primer aniversario. Su autor, quien por estos días se encuentra en gira promocional en Francia, lo festeja con una primera selección de poemas publicados en el blog. Algunos de los autores que allí encontrarán: Ludwing Zeller, Álvaro Mutis, William Ospina y Lena Pappa (no se los pierdan aquí).
Los Convidados es uno de los mejores blogs literarios que se publican en lengua española. Antonio selecciona cuidadosamente todos lo materiales que presenta. Se publica semanalmente, por lo general podemos leer nuevos contenidos cada domingo, y les aseguro que cada entrada es siempre excelente. Antonio, mil felicitaciones por tu extraordinario blog, y que sean muchos los aniverarios que celebremos por Los Convidados, tus lectores así lo esperamos.
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