Emily Dickinson, poeta universal
Publicado por: admin en autores norteamericanos, poesía
La biografía de Emily Dickinson (Amhers, Nueva Inglaterra, 1830-1886) está llena de rarezas y silencios. Sobre ella escribió Jorge Luis Borges: “No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amhers buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía.” En esos años de encierro voluntario, elección que tomó muy joven, Emily construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal. Fue inteligente, rebelde y culta, así nos la enseña su escritura
En vida sólo publicó seis poemas. Casi todos aparecieron en periódicos locales por iniciativa de su cuñada y en contra de su voluntad. Tras su muerte fueron descubiertos 1775 poesías, la mayoría escritas entre 1858 y 1865. Cuatro años después de su muerte, en 1890, fue publicado un primer volumen con parte de su obra. Hoy en día son innumerables las publicaciones de sus obras completas en cientos de idiomas. Además se conoce una copiosa e interesante correspondencia con Emerson, Samuel Bowles y otros intelectuales norteamericanos de su tiempo. A mí particularmente me emocionan las cartas que intercambió con sus primas, las hermanas Norcross, pues en estas la vida cotidiana se convierte en la más pura de las poesías:
Abro mi ventana, y la habitación se llena de suciedad blanca. Creo que Dios debe estar limpiando el polvo; y sopla el viento, así que espero leer en The Republican “Señales de alerta para Amhers”o “ Ninguún barco ha zarpado de Phoenix Row” …la vida es tan rotatoria que el desierto le toca a cada uno alguna vez. (carta dirigida a Louis y Frances Norcross en marzo de 1873).
La historia de Emily es la de una gota que pugna con el mar. En su caso esa batalla no se libró para sobresalir, por el contrario, ella buscaba desaparecer bajo las aguas. En un poema escribió: ¡Qué horrible —ser— alguien!/ Qué impudicia. Creo que Emily Dickinson no se sentiría cómoda con su fama mundial, por eso eligió bien en vida: soledad y creación. Ella no podía imaginar que su poesía renovaría la literatura, y que desde su primera edición se convertiría en referencia obligada para especialistas y lectores.
Según su biógrafo, George Frisbie, “Los poemas de Emily Dickinson, el producto último y, desde un punto de vista artístico, más perfecto del renacimiento de Nueva Inglaterra, han alcanzado serenamente el rango de clásicos de la literatura norteamericana.” Y un apoco más adelante en el mismo párrafo de su libro afirma “Su obra, ha ganado un creciente número de lectores que comprendieron la alta integridad de su artesanía poética y a quienes no se les ocurriría excluirla de las letras norteamericanas, como no podrían hacerlo con Poe, Emerson o Whitman.”
Más recientemente Harold Bloom la ha incluido en su canon de occidente como la única mujer poeta merecedora de tal privilegio.
Las traducciones que presento fueron hechas por otra escritora admirable, la argentina Silvina Ocampo.
80
¡Nuestras vidas son suizas—
tan tranquilas —tan frescas—
hasta que un extraña tarde
los Alpes descuidan sus cortinas
y vemos más lejos!
¡Italia está del otro lado!
¡mientras como un guardián entre ellos—
los solemnes Alpes—
los Alpes sirenas
para siempre se interponen!
(1859)
89
Algunas cosas hay que vuelan —
pájaros —horas— abejorro—
de éstos no hay elegía.
Algunas cosas hay que quedan, que están ahí—
pena—montañas—eternidad—
ni éstos me preocuparon.
Algunas hay que descansando, se elevan.
¿Puedo yo interpretar los cielos?
¡Qué inmóvil el acertijo yace!
(1859)
190
Él era débil, yo era fuerte —después—
él dejó que yo lo hiciera pasar—
yo era débil, y él era fuerte entonces—
yo lo dejé que me guiara a mí—a casa.
No era lejos—la puerta estaba cerrada—
no estaba oscuro—él avanzaba—también—
no había ruido, él no dijo nada—
eso era lo que yo más deseaba saber.
El día irrumpió—tuvimos que separarnos—
ninguno—era más fuerte—ahora—
él luchó—yo luché—también—
¡No lo hicimos—a pesar de todo!
(1860)
376
Es claro —que recé—
¿y a Dios le importó?
le importó tanto como si un pájaro
en el aire—golpeara con su pata—
y gritara dame—
razón—vida—
que no hubiera tenido —sin ti—
más piadoso hubiera sido
en la tumba del átomo dejarme—
alegre, aniquilada, dichosa y muda—
en lugar de esta penetrante miseria.
(1862)


Entradas (RSS)
6 julio, 2008 a las 11:49 pm
Emily Dickinson es una de mis poetas, no conocía la traducción al español, de esa mujer mítica que fue Silvina Ocampo. Por cierto, te mandé un mail hace meses, cuando me llegó tu libro por correo, ¿lo recibiste? Quise contestarte por correo aéreo, pero perdí la mitad del remitente cuando desgarré el sobre.
7 julio, 2008 a las 12:49 am
Nunca recibí tu carta, Miriam. Ni siquiera tengo tu correo electrónico. Me da gusto saber que visitas mi blog. ¿Tienes noticias de Dani? Un abrazo,
8 julio, 2008 a las 9:25 am
Es muy interesante todo esto que escribes… ¿no has pensado en hacer una antología y publicarla?
Muchos saludos
8 julio, 2008 a las 12:25 pm
Me parece un acierto recuperar a Emily Dickinson. Hay varias escritoras, entre ellas Katherine Mansfield, que no sé muy bien por qué no son más conocidas dada su labor literaria. Por lo menos contamos con tu capacidad como ensayista y sé que con tu Blog y tus publicaciones nos recuperas nombres muy interesantes de la Historia de la Literatura Universal. Muchas gracias.
Francisco
9 julio, 2008 a las 12:25 am
Don Cogito, muy agradecida por su comentario. La verdad es que no creo que sea material de suficiente calidad para un libro. Un abrazo
20 agosto, 2009 a las 6:53 pm
Realmente interesante, yo le invitó a seguir recreando un blog tan inesperado, encontrar a mi autora favorita, y con la sutil gracia que habla de ella, me gusto bastante, teniendo en cuenta que no tuvo una vida afortunada ni rutilante a los ojos de los demás, tal vez quedó en el olvido, que es donde ella prefería estar y disfrutar. Me encantaría citar esta parte, a mi me complacer particularmente:
‘Cuántas veces estos cansados pies han podido tropezar,
Sólo mi amordazada boca puede decirlo’
Un saludo y siga aleccionándonos, leeré con avidez.