Hemeroteca de la sección “cuento”

Hace un par de días apareció publicado en Los Convidados, el blog de Antonio Sarabia, un cuento breve del escritor italiano Pino Cacucci. La historia que narra el autor se inspira en una circunstancia completamente histórica y puede leerse también como una metáfora de las actuales migraciones humanas. La Resurrección de la vid se encontraba inédito en español y ha sido traducido por el mismo Sarabia para Los Convidados. Lo gracioso del asunto es que Cacucci es el traductor de las novelas de Sarabia al italiano y en esta ocasión se invierten los papeles. Ustedes pueden juzgar el resultado haciendo clik aquí. (En la foto Pino)
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Conocí a María Fasce en el 2007 durante un encuentro de escritores en Matosinhos, Portugal. De cena en cena, de conversación en conversación, se fueron creando lazos de amistad entre nosotras. Eso fue en abril, y por entonces la escritora argentina vivía en Barcelona donde, además de escribir, trabajaba como editora. En diciembre, cuando María me envió su cuento para el blog se encontraba pasando vacaciones en Bogotá junto a su esposo y su hijo. Recientemente supe por ella misma que este año ha dejado Europa para instalarse otra vez en su piso de Buenos Aires.
Aunque María es muy joven ya es considerada una de las mejores narradoras latinoamericanas. Sus libros La Felicidad de las Mujeres (cuentos) y La Verdad según Virgínia (novela) exploran el lado íntimo de las tragedias cotidianas con tanta sutileza que despierta en el lector una curiosidad que sólo puede saciarse con horas de feliz lectura.
María Fasce además de bella, inteligente y talentosa es una persona francamente encantadora.
NIEVES
María Fasce
Cuando me desperté no sentí las piernas. Me pellizqué y esperé a que pasara, como con los calambres. Pero no pasó. Busqué la mancha de humedad en la esquina del techo, la silla con mi ropa de ayer, la guarda azul en el borde de la sábana, las cosas que me eran familiares. Muchas veces, de niño, me despertaba en la noche, o ya de madrugada y tenía que darme el tiempo suficiente para reconocer mi habitación. Dormí en hoteles y en habitaciones de amigos de mis padres en París, en Londres, en Sevilla, en Madrid, y el resto del tiempo, en Barcelona, en un cuarto pequeño con ruidos distintos en cada pared. Hasta que nos mudamos a una casa de campo en Espera. De noche no se oía más que el silencio tachonado de ladridos.
Ahora estaba en mi casa de Buenos Aires. Cada tanto sonaban los neumáticos sobre el asfalto húmedo, y yo ya no era un niño sino un hombre, aunque por el momento no pudiera caminar.
Me tiré al suelo desde la cama, igual que hacía Nieves cuando quería bajarse de la silla y no había nadie para ayudarla. Me puse de rodillas y di así unos pasos, pero era difícil. Entonces me tendí otra vez y empecé a reptar hasta el pasillo.
La casa estaba a oscuras pero afuera ya debía haber comenzado a amanecer. Era difícil saberlo en Buenos Aires sin mirar el reloj, porque no cantaban los gallos. Avancé impulsándome con los codos hasta la alfombra junto a la biblioteca, y allí me quedé dormido.
También había otros ruidos en Espera: los cazadores. Un cazador mató a la madre de Bambi, y yo corría a la cama de mamá para sentirla respirar. Algunas noches los perros se peleaban bajo mi ventana. Dormían en el sofá de la galería, el que mamá había sacado convencida de que adentro del relleno se había escondido un ratón.
“Ya es de día”, dije tironeando la frazada de mamá, y fuimos al colegio por un camino de tierra, salpicando piedras hacia el verde donde crecían los pinos. “Una liebre”, dijo mamá, siempre estaba viendo liebres que yo nunca veía.
Nieves pasó su manito por mi cara. Nunca había conocido a nadie que se llamara Nieves, y tampoco conocía la nieve todavía. Nieves se desmoronaba de pronto, su pequeño cuerpo blanco esperaba en el suelo a que los brazos de su madre la rescataran.
Era mi primer día de clases y el colegio no se parecía en nada al de Barcelona. Por la ventana del aula se veían las ovejas pastando y durante el recreo, en el patio, el olor a abono nos hacía entrecerrar los ojos y taparnos la nariz. Miraba a los demás niños y trataba de imitar el modo en que hablaban, como cantando, y decían peze y motó. También en Barcelona había tenido que aprender a hablar de otro modo. “La madre es argentina”, había dicho Montse y yo dije que no entre furioso y ofendido, que mi mamá no era argentina, porque la maestra lo había dicho como si fuera algo malo. Como si fuera un defecto. Pero lo de Nieves no era un defecto, ella no podía caminar. Su madre la acompañaba al colegio y se quedaba a veces con nosotros, la llevaba en brazos a todas partes, o en cochecito (yo había tenido que dejarlo en Barcelona, antes de la mudanza). Nieves podía elegir los mejores juguetes y hasta tenía una maestra para ella sola.
Esa tarde empezaron los calambres, en el baño. Mamá me bajó del inodoro y me llevó en brazos a la cama. Me dijo que cuando me despertara iríamos a dar un paseo por el campo, y a juntar vinagrillos, que eran unas flores amarillas que tenían un tallo largo y fino, con agua adentro. Pero yo no quería dar paseos, no quería caminar.
Nieves vivía en la casa más bonita de Espera. Una gran casona amarilla con una palmera adelante. Se veía desde cualquier punto del camino y se llegaba a ella a través de los olivares. La veíamos cuando íbamos al colegio y cuando íbamos a la gasolinera, al supermercado, al barrio alto. Yo movía la mano desde la ventanilla y adivinaba la carita de Nieves detrás de su ventana, casi podía ver su vestido azul con flores, la nariz contra el vidrio empañado.
En ninguna otra parte había tantos vinagrillos como en la casa de Nieves. Fue ella la que me enseñó a chuparles el tallo. Nos tirábamos de espaldas sobre los tréboles, a sorber el jugo ácido. “Por eso les dicen vinagrillos”, me dijo. Y que se casaría conmigo si encontraba un trébol de cuatro hojas. Pasé horas contando las hojas de los tréboles. Aún hoy sigo buscando un trébol de cuatro hojas, pero no hay muchos tréboles en Buenos Aires.
Me enseñó a dibujar estrellas fugaces y árboles de Navidad. Los pintaba con cuidado, moviendo la mano brevemente de arriba abajo, sin salirse nunca del contorno. Aprendió a escribir mi nombre: Pablo. La pierna de la P y las de la A larguísimas.
Le regalé tres luciérnagas encerradas en un frasco para que lo usara de velador, pero Nieves no le tenía miedo a la oscuridad. Una tarde llegué a su casa y no estaba esperándome junto a la palmera. Entré y me encontré a su madre en la sala, las piernas debajo del mantel, junto al brasero. Por un momento me pregunté si no había sido así como Nieves había dejado de caminar. El fuego le habría quemado las piernas. Pero entonces recordé sus piernas blanquísimas, las había visto cuando fuimos juntos al baño del colegio. No, debía de haber sido más bien como los calambres que me daban a veces, habría nacido con ellos y nunca habría aprendido a caminar. “Está en el cuarto de juegos”, me dijo su madre. Me asomé y estaba todo a oscuras. Iba a salir cuando sentí el olor a mandarina. Me senté junto a ella y estuve allí, oyéndola respirar, hasta que su madre prendió la luz.
Lo que más le gustaba eran las mandarinas y las zanahorias. Se vestía de color naranja, o de azul, como Cenicienta. Cuando vino a jugar a casa le manché el vestido con témpera pero no se enojó. Vimos Cenicienta y cantó con los pajaritos, y después con los ratones en la parte en que hacen el vestido, que era mi preferida. Antes que llegara la escena del baile la arrastré hasta el cuarto de mamá y le regalé un collar de piedras amarillas que colgaba de una punta del espejo.
Y sin embargo, el día en que vinieron las dos, Lucía bailó. Dio vueltas y vueltas como un tulipán. Yo me quedé mirándola embobado y dije: “Qué bonito bailas, Lucía”. Hubiera querido recuperar mis palabras como un barrilete que se escapa de la mano, pero ya era tarde. Miré a Nieves y supe que la había hecho sufrir. También yo estaba sufriendo, pero qué importaba. Hubiera dado mis piernas por que no llorara. No, eso era fácil, yo no quería caminar. Hubiera dado mis ojos, esos que se abrían cada mañana esperando el momento de verla. Pero lo único que se me ocurrió fue el chupete. Se lo llevé al colegio, la mañana siguiente, y ella lo miró como a una araña. Entonces volví a guardármelo en el bolsillo y lo tiré por la ventanilla del auto de regreso a casa.
A la entrada del colegio habían colgado un gran afiche que anunciaba el Belén Viviente en la Plaza del Ayuntamiento. Fuimos ese sábado con mis padres y los de Nieves. Subimos la cuesta empinada hacia el barrio alto. Yo apoyaba la mano en su cochecito y caminaba despacio, atónito por las antorchas, las ovejas, los burros, los pastores, las lavanderas y la noria girando en la oscuridad.
Papá me alzó en sus hombros para que viera a los Reyes Magos, y al bajarme, se me habían dormido las piernas. Pero se me pasó enseguida, ni siquiera sale en el video que filmó mamá, que fue mejor que el Belén Viviente porque podía verlo miles de veces, detenerme en la cara de Nieves una y otra vez, como hago ahora, tendido en el suelo del pasillo.
Nieves y yo de la mano, asomados a la cabaña del niño Jesús, que tomaba la teta de una Virgen gorda y rosada que yo había visto comprando salchichas en el supermercado, Nieves cantando villancicos “Ande ande ande, la marimorena, ande ande ande que es la Nochebuena”. Nieves comiendo buñuelos de azúcar. Nieves dormida bajo el toldo del cochecito.
Si lo pienso, el tiempo con Nieves es como una única tarde sin siesta. Y sin embargo hicimos tantas cosas. Recogimos aceitunas en los olivares de su casa: ella estaba sentada sobre los tréboles, al lado de las redes y los hombres sacudíamos las ramas con palos para que llovieran las aceitunas. Ella les sacaba las hojas y las guardaba en una bolsa de alpillera. “A que no te comes una oliva cruda”, me dijo y comí tres. Miramos pasar cientos de nubes: nubes pétalo y elefante, nubes vaca y nubes montaña. Y las garzas, volando con las patas juntas. “Parecen bailarinas”, decía Nieves fascinada. A mí no me gustaban, buscaba mariposas blancas y más vinagrillos para distraerla.
Al final del verano nos fuimos a vivir a Buenos Aires. Nieves se había ido de vacaciones con su familia y ni siquiera pudimos despedirnos. Papá nos llevó a Bariloche, a conocer la nieve. Aplasté un copo contra mi cara y sentí lo mismo que cuando Nieves me tocó, el primer día de clase en Espera: hielo y fuego, y el corazón cabalgando.
La luz de la ventana me dio en los ojos. “Mamá”, grité, “ya es de día”. Pero nadie contestó.
Rodé de lado hasta la biblioteca y me fui encaramando a los estantes hasta quedar de pie frente al portarretratos: mamá y yo años atrás, nuestros peinados y trajes de baño pasados de moda. Cerré los ojos rápidamente y vi la foto que la mamá de Nieves nos sacó ese verano junto a la palmera.
Ahí nomás, en el perchero, estaba mi abrigo. Me costó reconocerlo, parecía demasiado grande, pero me iba perfectamente. Me lo puse y salí a la calle.
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Esta semana tengo el privilegio de publicar un relato que comenzó como carta. Al final, para alegría de nosotros, sus lectores, el autor fue “engatusado” y convirtió la carta en cuento. Varias circunstancias se unen para que la aparición de “Gatomaquia” sea memorable. La primera, que el texto esté dirigido y dedicado a Álvaro Mutis y a Carmen, su mujer. La segunda que el autor del cuento es uno de los más grandes escritores mexicanos, Antonio Sarabia. Y la tercera que, gracias a la generosidad de Antonio, el cuento se publica por primera vez en Inventario. La historia, aunque fantástica, es verídica según afirma el autor. El mismo Antonio me contó que por tratarse de gatos, y recordando el afecto de los Mutis por estos animales, decidió relatarles su curiosa experiencia en una carta que envió desde Paris a México después de unas vacaciones junto al mar. Pienso que la publicación de este cuento epistolar es una buena manera de unirme a los homenajes que mi compatriota ha recibido durante la semana pasada en México. Mil felicitaciones por sus 75 años, otras mil por sus libros que no tienen edad y pertenecen al legado de la gran literatura escrita en lengua castellana.
Gracias a Antonio Sarabia por el cuento y a Daniel Mordzinski por la foto.
GATOMAQUIA
Para Álvaro y Carmen Mutis este cuento que comenzó siendo carta.
Ya sé por qué, en otros tiempos, el mero atisbo de un gato negro en el camino hacía retroceder al más pintado. Sé también por qué, en el Japón, se les creía capaces de mutarse en mujeres y por qué, en muchos cuentos árabes, los genios se presentan a menudo en forma de gatos. Se engañan, diría yo, son los gatos, más bien, los que se trocan en genios para aparecerse. Porque esos sedosos canallas insumisos son todo lo que de ellos se afirma, más lo que aparentan ser y lo que en realidad son, cosa ésta que nadie logrará averiguar nunca con certeza. A mí, hasta hace poco, sólo me inspiraban una desconfianza instintiva nacida sin duda del supersticioso temor que me inspira su facultad de penetrar con los ojos ahí donde la oscuridad ciega mi mirada miope. Me mortificaba también el insaciable onanismo que les hace venir, cuando les da la gana, a restregarse a nuestras piernas para acariciarse a sí mismos con una lasciva incontinencia que, bien mirada, posee todos los agravantes legales de una violación diminuta.
El hecho es que durante mis últimas vacaciones en Puerto Vallarta, en la costa mexicana de Jalisco, mi hijo Bruno, quien por su edad no está al tanto de mis anteriores objeciones, se amistó con un felino famélico de pelambre gris a rayas amarillas que ya había entrevisto yo cazando ratones por los jardines que bordean la playa del lugar, y lo introdujo sin más preámbulo en la cocina de la casa para hacerle beber un poco de leche en una escudilla que mi mujer improvisó para el caso.
Este gato, al que prefiero llamar portuario y no porteño para mantener a prudente distancia ciertas susceptibilidades sudamericanas capaces de encontrar alguna viciosa alegoría en esta crónica, empezó a maullar pidiendo más leche y más comida hasta que mi esposa y yo juzgamos que se le había dado suficiente y decidimos echarlo de la casa.
El felino se marchó de mala gana, a todas luces descontento de lo que debe haber considerado una imperdonable tacañería de los humanos, sólo que minutos más tarde se presentó otro, éste de un negro alquitrán y, pese a no estar invitado, reclamó con minuciosos frotamientos, ronroneos y maullidos el mismo trato que el gato precedente. Al irse vino uno color miel y después, al partir el anterior, otro más, rojizo y manchado de oscuro. Así se fueron turnando, uno tras otro, alrededor de una media docena de gatos a cual más hambriento y exigente.
Hasta aquí el relato no parece relacionarse con las supersticiones del principio. Todo podría reducirse a una suerte de chismografía gatuna en la que el primero avisó al segundo y así sucesivamente hasta que entre todos agotaron nuestras existencias de leche y carne molida. Hubo que proveerse de más, desde luego, porque el episodio se repitió invariable durante los días siguientes: los gatos visitándonos uno a uno, sin jamás presentarse dos al mismo tiempo. Este hecho, tan peculiar de por sí, debió abrirme los ojos a la singularidad del evento pero lo cierto es que, en un principio, no recelé nada anormal.
Una tarde, poco después de la puesta de sol, hora en que los gatos solían iniciar su interminable ronda de visitas, observé por casualidad a uno de ellos introducirse tras un macizo de flores y, casi al instante, vi reaparecer otro de distinto color. Me aproximé a registrar el seto y no pude hallar rastros del primero por más que exploré entre el follaje. Me rasqué la cabeza perplejo. Ni modo que se escurriera mientras yo estaba observando. Se había desvanecido, sin más, ante mis ojos atónitos. Ya sé que de noche todos los gatos son pardos pero éste era el rojizo con manchas oscuras, imposible confundirlo con el gris de rayas amarillas que advertí deslizándose tras las bugamvilias.
Esta constatación me llenó la cabeza de dudas. Recordé, consternado, la bien documentada connivencia entre gatos y magos. Se me ocurrió que, después de tantas generaciones de servir como mascotas a nigromantes y hechiceros, bien podían haber aprendido algunos trucos. Una sospecha me cruzó entonces por la mente. Una sospecha que, por lo descabellada, no participé ni a mi mujer ni a mi hijo. Me vino a la memoria que si bien es cierto que en una época los adoraron en Egipto, también es cierto que en otra, posterior, los inventariaron en París. Esa preocupación de los franceses por determinar su exacto número me proporcionó la clave del enigma: ¿cómo es que, a pesar de las constantes visitas vespertinas del clan felino a nuestra casa jamás les habíamos visto juntos?
Llegué a la conclusión de que estábamos siendo embaucados (literalmente engatusados) por un solo felino insaciable mostrándose a voluntad bajo diferentes aspectos. Por eso cuando Bruno, seducido por los ronroneos de aquel tramposo atigrado, insistió en adoptarlo, yo me opuse temiendo adquirir una voraz tribu de mutantes camuflándose bajo una sola apariencia, o viceversa. Sin embargo, Lorenza, mi esposa, se alió con su deseoso vástago y, a pesar de mis protestas y objeciones, decidieron llevárselo consigo.
Por suerte el gato pareció anticipar sus intenciones, no por afectuosas menos aviesas. Estoy convencido de que prefirió la soleada costa del Pacífico a los duros fríos invernales de la glacial Europa, sobre todo si se puso a considerar la pertinaz lluvia a la intemperie sobre los tejados parisinos. El caso es que desapareció como por ensalmo, sin prevenir a nadie ni dejar pista alguna sobre su posible paradero.
Lo que no se explican ni mi mujer ni mi hijo, a quienes jamás puse al tanto de mi descubrimiento, es que al irse ese gato ningún otro haya vuelto a poner pata en el hogar a pesar de la mañosa escudilla desbordante de leche que colocaron como señuelo ante la puerta. A Bruno le decepcionó esa falta de fidelidad felina pero a fin de cuentas aprendió algo importante: el hombre propone y el gato dispone. Tendrá que conformarse con el perrazo que ya poseemos en París.
Yo guardé el secreto de aquel gato de Puerto Vallarta, empeñado en vivir sus siete vidas en forma simultánea, alternando sus pelambres de acuerdo con su humor o sus necesidades, hasta el día en que agotará por completo los disfraces con una muerte única. En eso no difiere de los escritores que conozco, capaces todos de llevar, a través de una abigarrada multitud de personajes inventados, una existencia plural y aventurera desde la precaria certidumbre de una sola vida.
De vuelta en París, me ocurre a veces acariciar al perro mientras pienso con nostalgia en aquel enigmático felino mexicano. Cada quien tiene los animales que merece, y yo, a pesar de los gatos de Mutis, del mítico Teodoro W. Adorno de Cortázar y del Zorba de Sepúlveda, no estoy descontento de mi perro. El gato, si la memoria no me engaña, fue, junto con la serpiente, el único animal que no se dolió por la muerte de Buda.
París, Abril de 1995
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