Armando Romero comenta Galería de Espejos, el libro de Juan Manuel Roca

Palabras sobre el libro de Juan Manuel Roca, Galería de espejos.
Pensamientos de un crítico académico colombiano, no de un “crítico nadaísta”.
Lo que suscitó en mí su lectura. No es una valoración crítica sino reflexiones que se desprendieron de su lectura.
Por Armando Romero 
Tomado de NTC ,

Gracias a la generosidad de Juan Manuel Roca, quien me lanzó desde Bogotá a Cincinnati su libro Galería de espejos, puedo continuar nuestro diálogo sobre la poesía colombiana y sus aciertos y necesidades. Pero antes de hablar del libro de Roca, déjenme reiterar mi admiración por el trabajo que ha hecho en Portugal nuestra gran poeta Lauren Mendinueta. La antología de poesía colombiana, Um país que sonha, es magnífica en la medida que por primera vez pone al alcance de un público tan selecto y exigente, como es el portugués, nuestro hacer poético. Y el hecho de que los 66 poetas incluidos estén traducidos por Nuno Júdice, quizás el mayor poeta vivo actual de Portugal, es algo digno de gran orgullo para nosotros. Es una lástima que uno de nuestros buenos poetas, Jaime Jaramillo Escobar, no se dignara participar, a pesar de las múltiples solicitudes que Lauren le hizo. Digo esto para que no se piense, cuando empiece a circular la antología en Colombia, que este poeta fue excluido deliberadamente.




He leído con gran entusiasmo el libro de Juan Manuel.
Es obvio, y el poeta así lo dice, que este no es un libro crítico sino más bien sus impresiones, lecturas, meditaciones sobre la historia de la poesía colombiana, y en este proceso destaca lo que es más importante para él, lo que arma su edificio poético en cuanto tradición. La verdad es que esto es bastante respetable y no tiene posibilidad de crítica, exceptuando la posibilidad que deja para que uno disienta a momentos, amigablemente, con sus asertos.

Ahora bien, sin que esto sea una crítica, yo hubiera preferido que Juan Manuel nos hubiera entregado una memoria poética, donde se perfilara el espíritu de una época que él vivió y vive, y es aquella que salta de la década del 60 a la actualidad. Una memoria donde se pudiera ver con precisión y claridad el por qué de las diferencias estéticas y políticas entre los poetas y los escritores, el por qué de sus afectos y rechazos, para no usar la palabra odio, que no creo exista en Juan Manuel. Nadie como él ha vivido intensamente este ir de la poesía colombiana en los últimos 50 años. Si esta presencia se comparara con la mía, podríamos decir que él ha vivido el país real mientras que yo existo en un país inventado por la memoria y la imaginación.

         Obviamente que en muchas cosas estoy de acuerdo con Juan Manuel y comparto sus opiniones así como a veces el comparte las mías. A manera de anécdota personal, sigo todavía preocupado de que se me siga llamando “crítico nadaísta”, como si ese oximoron fuera una verdad irrefutable. Creo que la falta de una crítica académica profunda, seria, en Colombia, sigue creando estas posibilidades de calificación y encasillamiento. Si bien yo participé un poco en el movimiento nadaísta en algunos años de la década del 60, lo hice no para buscar una escuela literaria sino para encontrar almas afines en mi rechazo a la “inteligencia” colombiana del momento. Es por eso que todavía me asombra que se siga considerando a Jaime Jaramillo Escobar como el mejor poeta de los nadaístas. No puede haber un  poeta mejor en el nadaísmo porque todos son diferentes, así como no hay un poeta mejor en la generación de Mito, o en los poetas de lo que se denominó “generación sin nombre”, etc.
         Esto me lleva a lo que decía antes sobre la falta de una crítica académica seria, profunda, en Colombia. Creo que es necesario decir ¡basta! a los que continúan con nuestro inocente y cándido analfabetismo que proclama que la crítica se debe hacer desde el café, desde la poltrona que amerita buenos y malos. Vemos entonces que se resalta a poetas mediocres como los más grandes poetas de América Latina o se demerita a otros porque no se los entiende o porque no son amigos, etc. Creo que este fue uno de los males que trajo la vociferación nadaísta al ser interpretada como crítica literaria y no como proclama violenta contra la cultura colombiana en general. Lejos estaban los nadaístas de ser críticos literarios ya que la improvisación y la ignorancia los marcaba. Debemos reconocer que los nadaístas no se propusieron este camino porque estaba de frente contra sus prédicas libertarias, anarquistas, pero si lo tomó la generación siguiente, la encabezada por Juan Gustavo Cobo Borda, quienes buscaban retomar el juicio crítico de la generación Mito, hablo de Gaitán Durán o Charry Lara. Desafortunadamente estos poetas mezclaron la insolencia del nadaísmo con la autoridad crítica de Mito, y el resultado fue un enmascaramiento de la crítica, totalmente impresionista, como arma para establecer cánones, poderes en el campo literario, control de las instituciones culturales. Es por esto que podemos leer, con asombro, estas palabras de la profesora y poeta Piedad Bonnett: “Lo primero que celebro de Galería de espejos  es su tono, totalmente alejado de las jergas académicas que a menudo complican innecesariamente los textos críticos, como si partieran del supuesto de que la sencillez es enemiga de la complejidad.” . A pesar de que en ciertas ocasiones pudiéramos estar de acuerdo con estas palabras, especialmente con la crítica literaria que usa un multiculturalismo desprendido de lo literario propiamente dicho, ellas tienden a aprobar la improvisación, la falta de análisis, en el estudio de la literatura como vaso comunicante, “órfico”, como quería Lezama.
         Los norteamericanos, los franceses, los italianos, han construido su edificio en poesía gracias a la visión de sus grandes críticos, algunas veces desprendidos del acto mismo de crear. Northrop Frye, T. S. Eliot, John Crowe Ransom, Harold Bloom, Paul Valery, Roland Barthes, Gaston Bachelard, son nombres que recuerdo al azar. La pregunta es: ¿Dónde está nuestra exigencia crítica, si todavía pregonamos el sentimiento como juicio crítico? Yo sé que los poetas no tienen que ser críticos de poesía, y así lo veo en el caso de Juan Manuel Roca, quien no pretende de ello. El problema está en los que pretenden ser críticos sin  tener bases para ello, o en los que desde la academia deberían ayudar a fundar un pensamiento que se independice de los centros literarios, del amiguismo, y que por fin señale la educación como forma del conocimiento. Y este es un problema doble, porque bien sabemos que muchos no se atreven a opinar, a levantar un aparato crítico sólido, por miedo a las retaliaciones. Siempre le digo a mis alumnos acá en Cincinnati: uno de mis mayores miedos es tratar de opinar, decir lo que pienso, criticar, sobre lo que sucede en el mundo de la poesía en Colombia. Pocos son los que reciben la crítica sin considerar que esto no va contra la persona, sino que es un juicio con respecto a su oficio público.
         Como ven ustedes, amigos de NTC …, estos no son los pensamientos de un “crítico nadaísta” sino de un crítico académico colombiano.
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